OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Ceniza grande, fe chiquita

Ahí va la cosa con la Cuaresma, ese periodo que arranca justo cuando el calendario eclesiástico decide, dependiendo de cómo se alineen las estrellas y la luna, o más bien, las fases lunares después del equinoccio.
Pensando en ello, no hay una fecha fija, es como si la Pascua jugara a las escondidas con el cosmos. Pero este año, en 2026, todo inició el 18 de febrero con el Miércoles de Ceniza, un día que marca el comienzo de estos cuarenta días de reflexión para los devotos católicos.
Es como si la Iglesia dijera, «oye, detente un segundo, limpia el alma, fortalece esa fe que a veces se tambalea, y sana lo que esté roto en tu espíritu». Para alguien que se considera católico, es un tiempo voluntario, casi como un desafío personal, para soltar esos apegos que nos atan al mundo material y carnal, y acercarse un poquito más a Dios.
No es obligatorio en el sentido estricto, pero ¿quién no ha sentido esa llamada interna?. Recuerdo en mi niñez cuando vivía en un barrio cercano a una vecindad donde tenía mis primeros amigos de la infancia, y cada año nos llevaban a la iglesia al amanecer.
Y todo era un ritual serio comparado a los días actuales en donde antes las prácticas principales como la oración, que es como un diálogo constante con lo divino; la misericordia, o sea, esa caridad que va más allá de dar una moneda; y el ayuno o abstinencia, que implica privarse de ciertas cosas para recordar que no solo de pan vive el hombre, como dice la Biblia.
En México, donde según el último censo del INEGI, alrededor del 77.7% de la gente se declara católica, es decir, alrededor de unos 97.8 millones de personas, nada menos, estas costumbres se entretejen con la vida diaria.
Pero las cosas han cambiado con el tiempo. La Iglesia ha tenido que adaptarse a épocas duras, como pandemias o crisis económicas, volviéndose más flexible para no perder a sus fieles.
Antes, las normas eran rígidas como un poste, pero ahora recomiendan que, del Miércoles de Ceniza en adelante, hasta la Semana Santa, los de 18 a 59 años practiquen el ayuno, una comida completa al día, y quizás algo ligero por la mañana y noche.
Los mayores de 14 años de edad se abstienen de carne roja los viernes, optando por pescado o mariscos, esa «carne blanca» que se ha convertido en el plato estrella.
Y para los de la tercera edad, o enfermos, es más suave; una comida principal y líquidos, nada que ponga en riesgo la salud. Hablando de eso, el ayuno no es solo sobre comida. Es desprenderse de lo negativo. como dejar el chisme, que en un país como el nuestro corre como pólvora en las reuniones familiares. También se trata de mejorar la relación con la pareja, soltar la negatividad que nos envenena el día a día.
También se puede tomar como referencia de una persona de Monterrey, que una vez cómo durante la Cuaresma de 2023 decidió ayunar de redes sociales. «Al principio fue un infierno», publicado después de cumplir su propósito de alimentar el alma. Sin embargo, reconoció que al final, encontró más paz, más tiempo para rezar de verdad.
Esa es la idea, no se trata de sufrir por sufrir, sino de purificar. Y la limosna, ofrecerlo de corazón. No es dar lo que sobra, como unas monedas olvidadas en el bolsillo, sino hacer obras de caridad con el corazón, sin fanfarria. ¿Por qué anunciarlo en redes o al vecino? Dios lo sabe todo. Como dice el Evangelio, la mano izquierda no tiene que enterarse de lo que hace la derecha. Ahora, sobre las cenizas esas que te ponen en la frente; mucha gente aún se pregunta de qué rayos están hechas. Bueno, en teoría, vienen de los ramos de olivo o palmas, dependiendo del lugar, que se bendijeron el Domingo de Ramos del año pasado.
Los queman en una ceremonia, y listo, se convierten en ese polvo gris que simboliza nuestra fragilidad: «Recuerda que eres polvo y al polvo volverás».
Aunque he oído versiones de que a veces usan biblias viejas o maltrechas, incineradas con todo el respeto. En el norte de México, donde las tradiciones se mezclan con el ajetreo moderno, esto se ha simplificado tanto que da qué pensar. En capillas de ciudades como Tijuana o Ciudad Juárez, abren temprano, dejan una charola con ceniza, y cualquiera entra a las ocho de la mañana, se la pone con el dedo, y sale corriendo al trabajo.
Algunos de generaciones como la que pertenezco recuerdo cómo antes era exclusivo del sacerdote. Solo él podía marcar la cruz en tu frente, con esa solemnidad que te hacía sentir parte de algo grande.
Hoy, hay hasta sellos con forma de cruz, lo mojas en la ceniza como si fuera tinta, y ¡pum!, un tatuaje temporal. Facilidad pura, cuestionándome ¿no se pierde un poco el misterio?
Y no hablemos de los restaurantes ese día. Se llenan hasta el tope por la mañana, especialmente de señoras y algunos caballeros, para ser justos, que desayunan con la cruz bien visible en la frente. Es como un desfile: «¿Ves? Yo sí cumplo». Pero a veces, la cruz es tan grande que parece una broma, o como si hubieras salido de una mina de carbón.
Y como siempre he dicho a mí mismo, “¿realmente mide la devoción el tamaño?, y me respondo yo mismo, “¡claro que no!, al menos eso es lo que pienso.
Es la fe, la convicción interna. La culpa, si hay que buscarla, cae en esa flexibilidad extrema de la Iglesia, que busca retener devotos en un mundo donde la religiosidad baja poquito a poco, solo como dato curioso en 2025, algunas encuestas hablaban de un 76.4% de católicos, según la UNAM. Pero sacerdotes sabios, como el padre Luis en una parroquia de Nuevo León, insisten; «Acérquense a la oración, vayan a misa. El ayuno es para soltar defectos, no solo comida. Y la caridad, háganla de corazón, sin presumir». Al final, la Cuaresma es eso, un recordatorio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.
En México, con nuestra mezcla de fe profunda y costumbres relajadas, sigue viva. Piensa en las procesiones en pueblos como Taxco, donde miles caminan con velas, o en las familias que cocinan capirotada, ese postre dulce con pan viejo o el famoso “Pan Frances” de la Comarca Lagunera, simbolizando la sangre de Cristo.
Es un tiempo para reflexionar, para preguntarte: ¿Qué apego suelto yo este año? ¿Cómo ayudo sin que se note? Porque, al cabo, Dios no mira el show exterior, sino el interior. Y en un país donde la fe católica aún une a tantos, a pesar de los cambios, esa esencia perdura. No importa si la cruz es chiquita o enorme, si ayunas de carne o de enojos; lo que cuenta es hacerlo con sinceridad.
Bueno, al menos eso pienso yo, sentado aquí mientras escribo esta columna a mis lectores, recordando historias de amigos y familiares que han vivido esto de formas tan variadas. La Cuaresma no es perfecta, como nada en la vida, pero nos invita a intentarlo, un día a la vez. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



