OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
El desierto que susurra agua bajo la piel

Aquí nuestra tierra del norte se empeña en guardar secretos que ni los mapas ni los discursos grandotes logran atrapar del todo. Yo, que nací en Torreón cuando el ferrocarril todavía traía esperanza y no solo polvo, anduve el otro día por los caminos de Monclova, y un ranchero de bigote blanco me invitó un café en su portal. “Mire, compadre…me dijo mientras el sol caía como plomo…, aquí abajo, donde el mezquite se clava terco, hay agua que mi abuelo dejó guardada en las presitas de los años cuarenta. Nadie las nombra en los informes, pero ahí están, susurrando”. Lo sincero, uno cree que ya todo está dicho sobre la sequía, pero se equivocan, la cosa es más honda de lo que parece cuando uno se acerca de verdad.
Coahuila cerró el 2025 con una buena parte de su territorio bajo alguna condición de sequía, y al 31 de marzo de 2026 sigue con 22 municipios afectados, lo que representa el 57.9 por ciento del estado, según el Monitor que saca Conagua cada quince días. Se pueden imaginar nomás: Acuña, Piedras Negras, Múzquiz… once de ellos llevan más de dos años pidiendo agua a gritos.
Claro, a nivel nacional el panorama bajó al 7.5 por ciento en marzo, pero aquí en la Región Norte la herida sigue abierta, como si el desierto nos recordara que no todo se arregla con lluvias pasajeras.
Antes la Comisión Nacional del Agua era la que todo lo resolvía con planes que sonaban a futuro; ahora uno tiene que armar el rompecabezas con reportes de campo porque las actualizaciones diarias se quedaron en el aire desde hace meses. Pues la cosa es que esas presas menores, ¡sí!, esas las de riego chico, las que se hicieron para los ejidos cuando yo era chamaco todavía siguen ahí, medio olvidadas entre lomas pelonas y arbustos que parecen guardar un tesoro subterráneo.
Yo me acuerdo clarito de una tarde en los noventa, cuando cubría una sequía brava en la Sierra de la Encantada. Llegamos a una presa que parecía charco de lodo y un señor mayor, con las manos cuarteadas de tanto trabajar la tierra, me jaló del brazo. “Aquí abajo corre un río que nadie ve, licenciado. Nos salvó en el sesenta y ocho y nos va a salvar otra vez si alguien lo escucha”.
Esa frase se me quedó grabada como las cicatrices en la piel del desierto. Porque el agua no es solo un dato de Conagua ni un titular que se olvida al día siguiente. Es memoria viva. Es la forma en que los abuelos medían el tiempo por el olor que dejaba la lluvia de agosto en la tierra reseca. Hoy, con el cambio climático que ya no es noticia de mañana sino de ayer mismo, esas presitas podrían ser la clave para recargar los mantos subterráneos que tanto necesitamos en la frontera.
Solo piensen nomás en las comunidades que resisten con lo que tienen. En un ejido cerca de Nava, las mujeres siguen regando sus huertos con cubetas y mangueras viejas, contándose historias mientras el sol quema. Yo las vi el año pasado, riéndose entre ellas a pesar de todo, y me acordé de mi propia abuela de Cuatro Ciénegas cuando me platicaba que regaba las macetas con agua de lluvia guardada en tambos. Esa terquedad norteña no sale en las portadas, pero es la que mantiene vivo el estado.
Los políticos prometen presas gigantes y luego se van con la cartera llena a la Ciudad de México. Pero la gente del campo, la que se levanta antes del alba, sigue cuidando lo poco que queda. Y si no rehabilitamos esas presas olvidadas con un poco de sentido común, sin tanto estudio que se queda en el cajón, pues la verdad, un día el susurro se va a convertir en silencio total.
La verdad, yo he visto de todo en mis cuarenta años pateando estos caminos. Desde joven que mi señor padre me llevaba con él en su trabajo, a él le agradezco mis primeros pasos en el periodismo. He visto ríos que se secaron y otros que resucitaron gracias a la lluvia que nadie esperaba, como aquel año de 1991 cuando el agua del río Nazas volvió a correr después de su última vez en 1968. Yo tenía tan solo 22 años y con mi cámara Pentax K1000 fui el primer fotógrafo en capturar una composición que todavía guardo: el Puente Plateado al frente, el Torreón Moderno recortado contra el cielo y, arriba, iluminado como un faro de esperanza, el Cristo de las Noas. Esa imagen me enseñó que el norte siempre encuentra la forma de renacer.
He cubierto inundaciones en La Laguna y sequías que parecían eternas. Y siempre vuelvo a lo mismo: el desierto no es enemigo. Es maestro. Nos enseña a guardar, a esperar, a no tirar lo que tenemos. El problema es que a veces nos olvidamos de escuchar.
La semana pasada, en una fonda de Saltillo, un ingeniero hidráulico jubilado me platicó que con una inversión modesta en esas presitas menores se podría recuperar hasta el treinta por ciento de los mantos que se están perdiendo. No hace falta un megaproyecto que termine en foto de inauguración. Hace falta voluntad y memoria.
El ingeniero hidráulico replicó… ¿y sabe qué? A lo mejor la solución no está en construir más cosas grandes que luego se oxidan bajo el sol. A lo mejor está en volver a platicar con los que viven aquí desde siempre. Los que todavía miden la lluvia por cómo baja el arroyo después de las tormentas de verano.
Platicas así es lo que me motiva cuando me siento con la libreta en la mesa y mis apuntes en mi oficina antes de escribir, como siempre lo he hecho, antes de pasar a la computadora, pero antes de tanta modernidad era en mi máquina de escribir Olympia de la década de los 80. Porque al final, el agua no se arregla con decretos desde la capital. Se arregla con la gente que la cuida día con día, con las historias que se cuentan de generación en generación.
El desierto susurra, sí. Pero solo si uno se acerca lo suficiente para oírlo. Y mientras escribo esto, pienso en aquel ranchero de Monclova, en cómo sus ojos brillaban cuando hablaba de “su” presa.
Ese brillo es Coahuila. Ese es el norte que no se rinde. Si nosotros, los que escribimos columnas, no contamos estas cosas, ¿quién lo va a hacer? La sequía pasará, como siempre. Pero la memoria… esa sí hay que cuidarla para que no se seque también. Porque al final del camino, el verdadero valor no está en los grandes números de Conagua. Está en el susurro terco del desierto que todavía guarda esperanza bajo la piel. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

