Noticias Coahuila, Lideres de Opinión, Reportaje SIP

Guillermo Robles

Deserción: la herida que no cicatriza

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Deserción: la herida que no cicatriza

El tema del cambio del calendario escolar por motivos de la “logística del Mundial” y “las altas temperaturas” como justificación por parte de la Secretaria de Educación Pública nacional en donde se dicen y se contradicen, aunque en Coahuila como siempre tan firmes en mantener y no mover el calendario oficial para evitar rezagos educativos, sigue siendo un tema que sin duda alguna ha movido en donde literal le pegaron al avispero.

Y déjenme contarles lo que de verdad me tiene con el alma en un hilo. Ustedes y yo, sabemos que la educación en este país no es solo números en un reporte oficial. Es carne y hueso, es el chamaco que un día deja el lápiz y agarra el mandil en la maquiladora de Torreón, Gómez Palacio, Ramos Arizpe y la capital de Coahuila tampoco deja de ser la excepción ya que, si no es en la zona industrial, no falta el que se decide a vender elotes porque en la casa hace falta dinero.

Y la verdad, la deserción escolar se ha convertido en esa herida que no cierra, la que duele más porque nadie la ve hasta que ya es tarde. Solo como referencia en el ciclo escolar que apenas cerró, el de 2024-2025, según las cifras que andan dando vueltas entre la SEP, el INEGI y hasta organismos como Educación con Rumbo, desertaron casi 900 mil muchachos en primaria, secundaria y sobre todo en la media superior.

Algunos hablan de 864 mil, otros suben a 994 mil. La diferencia da igual cuando uno ve que la prepa es la que se lleva la peor parte: tasas que llegan al 30.9 por ciento a nivel nacional en ciertos reportes. Piense nomás. Treinta de cada cien chavos que entran a bachillerato no terminan.

En Coahuila, mi tierra, andamos en el 28.5 por ciento de pérdida en ese nivel. No es que estemos peor que otros, pero tampoco para echar las campanas al vuelo. ¿Y sabe qué es lo que más me revuelve el estómago? Que no es flojera, como decían los expertos de antes. Es la vida que aprieta.

El muchacho de dieciséis ve que en su casa no alcanza con lo que gana el papá en la fábrica, o la mamá en el servicio, y dice “pos yo me voy a trabajar”. Aunque sea en lo informal, aunque sepa que sin prepa completa va a ganar una miseria.

Años atrás, cuando empecé en esto del periodismo, platicaba con un director de secundaria en la Laguna. Me decía: “Mire, licenciado, aquí los chavos llegan hasta tercero y luego desaparecen. No es que no quieran estudiar, es que la familia necesita que traigan, aunque sea quinientos pesos a la quincena”. Y eso era en los noventa. Ahora, con todo lo que ha cambiado, sigue igual o, peor.

La pobreza es la que manda, la neta. La Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica y los datos del INEGI lo gritan clarito: los hogares más pobres son los que más desertan. En primaria la tasa es bajita, como 0.6 por ciento, porque los chamacos todavía son chiquitos y la ley obliga. Pero cuando llegan a secundaria ya sube a 3.7, y en la prepa… ahí es donde se rompe todo. El costo de oportunidad es brutal. ¿Para qué seguir en la escuela si puedo ganar algo ahora? Aunque ese algo sea sueldo mínimo que, aunque subió, sigue sin alcanzar para vivir con dignidad en el norte, donde todo está más caro.

Yo he visto casos que se le quedan a uno grabados. El año pasado, en una visita a una prepa técnica en Monclova, me topé con un chavo de diecisiete que estaba terminando el último semestre… pero a medias. Trabajaba de noche en una gasolinera para ayudar a pagar la luz y el gas. Y le había comentado que se veía muy chavo para andar trabajando y me respondió: “… sí me duele dejar la escuela, pero mi mamá ya no puede sola”.

Y así como él, van miles. Las causas no son solo económicas, claro. También está la falta de interés cuando la escuela no conecta con la realidad, los problemas familiares, el embarazo adolescente, o simplemente que el sistema no ha cambiado en décadas. Los planes de estudio siguen igualitos, mientras el mundo corre hacia otro lado.

Y no crean que es solo en el campo o en los barrios pobres. En las ciudades grandes pasa lo mismo. El gobierno pone el foco en la seguridad, y hace bien, porque hace falta, pero la educación queda de lado. Construyen aulas, sí, pero la deserción no se arregla con ladrillos. Se arregla con maestros bien pagados, con programas que realmente motiven, con becas que cubran de verdad el costo de quedarse en la escuela.

La SEP tiene su Plan Sectorial 2025-2030 que promete bajar la tasa en media superior, pero mientras tanto los números siguen hablando solos. He cubierto crisis peores, desde las devaluaciones hasta las pandemias que nos dejaron escuelas vacías. Pero duele ver cómo estos jóvenes se van quedando atrás.

La globalización nos puso el espejo enfrente hace rato, y ahora el cristal mundial nos muestra que competimos con chavos europeos o asiáticos que estudian más años y salen mejor preparados. Aquí, mientras, muchos terminan en la informalidad o buscando ese puesto en gobierno donde la nómina no falla. La deserción no es solo un dato. Es futuro que se nos escapa.

Cada chamaco que deja la escuela es un ingeniero, un maestro, un empresario que no va a ser. Y el país que se queda con menos gente preparada es un país que no avanza. Por eso, mis lectores, cuando usted y yo platicamos en reuniones sociales, no es para quejarnos nomás. Es para que se nos quede claro: la mejor manera de romper el círculo de la pobreza sigue siendo la educación.

Pero una educación que valga la pena, que no deje a los muchachos con los cuadernos en el polvo. Ojalá esta vez alguien en los escritorios grandes escuche antes de que sea demasiado tarde. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org