OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
La miopía del norte

Cuántas veces nos ha tocado toparnos con esa gente que señala con el dedo a todo el mundo, que critica al vecino, al compadre, al que sea, pero nunca se para un segundo frente al espejo a mirarse sus propios tropiezos. Y es que todos tenemos cualidades y defectos, ¿verdad?. Pero la vanidad les pone una venda en los ojos y de repente se convierten en seres de otro planeta, perfectitos ellos, con un aura que ni los santos.
Pues lo mismo pasa con las naciones, ¿saben? Y aquí el ejemplo más claro es el de los Estados Unidos. Cada vez que se les descompone algo en casa como el consumo de drogas, la violencia, lo que sea es cuando voltean la mirada al sur y nos señalan a nosotros como los culpables. “Candil de la calle y oscuridad de su casa”, como dice el dicho viejo que mi abuela repetía en la cocina de Torreón.
Critican las estrategias mexicanas contra los cárteles, las llaman inadecuadas, y ni se acuerdan de que para bailar el tango se necesitan dos. Uno que produzca y otro que compre. Y el que compra, el que abre la puerta, el que tiene la tecnología y los recursos… ese es el vecino del norte.
Recuerdo una vez, allá por el 2010, platicando con un agente federal en Piedras Negras después de un decomiso grande de armas. El hombre me dijo bajito, casi como confidencia: “Mire, licenciado, aquí llegan las pistolas como si fueran refrescos. Y vienen del otro lado, nuevecitas, con su cajita y todo”. No ha cambiado mucho. Al contrario. Los reportes más recientes del ATF siguen mostrando que decenas de miles de armas rastreadas cada año provienen de ventas en Estados Unidos, con Texas y Arizona como principales salidas.
Y mientras, los yanquis se rasgan las vestiduras hablando de perfección ideológica. Se olvidan o, hacen como que se olvidan de que ellos son de los principales proveedores de armamento ilegal en el mundo. Venden a regímenes sancionados, a grupos que después se voltean contra ellos mismos. Se meten en conflictos como “ejército de la salvación”, como les gusta llamarse, y al rato sus enemigos usan las mismas armas que les vendieron. Un tiro en el pie, como quien dice.
Lo hicieron con Al Qaeda en su momento, y aquí en México, con los cárteles. El programa Rápido y Furioso, aquel escándalo de hace quince años, fue solo la punta del iceberg. Ellos lo autorizaron, dejaron pasar armas a propósito para “seguir el rastro”, decían. Y es que el fin justificaba los medios. Y el mejor negocio del mundo, después del narco, siempre ha sido la guerra y la venta de fierros.
No lo niegan del todo, pero tampoco lo confiesan a grito abierto. Basta con ver las películas de Hollywood para entender el patrón. “La guerra de Charlie Wilson” cuenta cómo un congresista y la CIA armaron a los muyahidines contra los soviéticos. “El señor de la guerra” muestra a dos hermanos metidos en el tráfico de armas hacia África y el Medio Oriente. Historias reales, disfrazadas de cine, pero que dejan clarísimo quién mueve los hilos. Y aquí seguimos nosotros, recibiendo las balas que ellos fabricaron y las drogas que ellos consumen.
Porque sí, también son los clientes número uno. Los grandes consumidores de cocaína, mariguana, anfetaminas, fentanilo… de todo lo que se pueda imaginar. El mercado potencial es allá. México no es el destino final, es el puente. Somos el estorbo en medio del negocio entre los cárteles y sus clientes yanquis. Y el precio lo pagamos nosotros.
Desde que escribí sobre esto por primera vez en septiembre del 2014, la cosa no mejoró en lo esencial; al contrario, se complicó con el fentanilo. Ese polvo sintético explotó después de 2015 y convirtió la frontera en un matadero. Las muertes por sobredosis en Estados Unidos llegaron a más de cien mil al año en 2022.
Este 2026, según los datos provisionales del CDC que salieron en abril, han bajado a alrededor de setenta mil en los últimos doce meses. Una buena noticia, sí, pero siguen siendo miles de familias destruidas. Y las armas no dejaron de fluir: el Ejército mexicano decomisó más de doce mil en 2025, pero eso es solo una fracción de las que entran.
¿Y México qué hace?. La pregunta sale fácil. Pues mire, no es que no hagamos nada. Hemos pagado con sangre; más de trescientos mil homicidios en la última década, la mayoría ligados al crimen organizado. La tasa se mantiene alta, alrededor de veinticinco por cada cien mil habitantes según el INEGI más reciente.
Los gobiernos han cambiado varias veces en estas dos décadas, y la cooperación con Estados Unidos también ha tenido sus ajustes como la Iniciativa Mérida terminó en 2021 y dio paso a marcos de colaboración más discretos.
Hay extradiciones, inteligencia compartida, despliegues de la Guardia Nacional. Pero la raíz del problema no se toca de fondo porque es binacional. La demanda está allá, las armas vienen de allá. Y nosotros quedamos en medio, como el patio trasero donde tiran la basura que no quieren en su casa: los carros chocolates, los fierros usados, las drogas que consumen y luego nos echan la culpa.
Y a veces puede dar coraje y a su vez tristeza. He platicado con madres de desaparecidos, con policías locales que arriesgan el pellejo todos los días, así como miles de reportajes de medios nacionales en donde los empresarios que han pagan extorsión para no cerrar.
Todos sabemos que el problema no empieza aquí. Empieza en la miopía de quien se cree perfecto y no ve sus propios errores. Los yanquis tienen la tecnología, la seguridad, el dinero. Pero también tienen la adicción y el negocio de las armas. Nosotros tenemos el trasero. Y mientras no se mire el espejo de ambos lados, seguiremos bailando este tango desigual. ¿Y saben qué? Al final del día, uno se pregunta si algún día cambiará. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


