OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
La manzana que ya no se regala

Hoy viernes 15 de mayo de 2026 es el Día del Maestro, y en buena parte del norte ya no se ven aquellos manteles largos ni las caras alegres de antes. Solo hay miradas cansadas, como si el festejo se hubiera quedado en el camino.
Algunos lugares del sur del país todavía arman su puente, con o sin permiso de la SEP, y los maestros se juntan a echarse un taco o a brindar entre ellos. Pero aquí, en el norte, la cosa anda más callada.
Y la verdad es que el año ha sido pesado, los días festivos marcados en la Ley Federal del Trabajo y en el calendario escolar se fueron volando, y este viernes 15 llega casi sin ruido.
Yo me acuerdo, cómo era esto antes. En las escuelas coahuilenses, los chamacos llegaban con su manzana reluciente o con un poema escrito a mano. El maestro la ponía en el escritorio como trofeo. Era un gesto sencillo, pero cargado de cariño.
Ahora las manzanas se cambiaron por bromas pesadas; una tachuela en la silla, un apodo que duele, un respeto que se fue diluyendo. La imagen del mentor que todo lo sabía, ese al que muchos soñábamos imitar, se ha ido desgastando poco a poco. ¿Y saben qué? La fiesta misma tiene sus orígenes humildes. Allá por 1917, en San Luis Potosí, un grupo de jóvenes festejaba el santo de un maestro muy querido que se llamaba Isidro. Casualmente caía el día de San Isidro Labrador, y alguien con buena cabeza dijo que el maestro también es sembrador: siembra ideas en el surco grande de la vida.
Al año siguiente, en 1918, se instituyó oficialmente. Desde entonces se ha celebrado cada 15 de mayo. Pero honestamente, uno se pregunta: ¿será todavía digno de celebrar con todo el corazón?. La verdad, yo he visto cómo ha cambiado la profesión. Antes, ser maestro era casi una vocación sagrada. Hoy, las evaluaciones que hace la USICAMM, esa unidad que antes operaba más directo bajo la SEP; siguen mostrando un panorama que preocupa.
No es que todos los números salgan a la luz como antes, pero las cifras que circulan y los reportes que uno consulta hablan de un porcentaje alto de aspirantes que no logran los niveles esperados. Y no se diga los que dan inglés; los estudios más recientes de organismos como Mexicanos Primero alertan que hay una escasez grande de maestros calificados en ese idioma, y que muchos alumnos terminan la secundaria sin dominarlo.
Es como si la fruta del conocimiento se estuviera quedando verde. No es fácil ser maestro. Y en verdad no lo es. Muchos entran con ganas, pero luego la realidad les pega duro. Algunos, viendo que no les alcanza el conocimiento para dar la clase como quisieran, prefieren pedir una vacante en lo sindical, en lo directivo o incluso en algo partidista.
Otros se quedan en la nómina como “maestros aviadores”, dejando huecos que luego llenan profesores improvisados, los llamados piratas, que se cuelan dónde pueden. Y mientras, el aula se queda sin quien realmente siembre con pasión.
Yo platicaba el otro día con un viejo amigo maestro jubilado de Torreón. Me dijo, con esa voz ronca de quien ha visto generaciones enteras: “Mire, licenciado, antes los niños llegaban con hambre de aprender. Ahora llegan con el celular en la mano y la atención en otro lado”. Y tiene razón. Se escucha mucho entre los docentes eso de “los niños ya no son los mismos”.
Pues sí, pero también es cierto que antes se decía lo mismo de nosotros. La cruda realidad es que muchos maestros, agobiados, terminan dando clase solo por el sueldo. No es lo mismo trabajar porque te apasiona que trabajar para sobrevivir. Las quejas suenan más a justificaciones que a soluciones.
Y ahí viene la parte dura. Dicen que puedes meter al caballo al lago, pero si no tiene sed, no beberá. Los maestros que piensan así se olvidan de algo importante: su trabajo es precisamente hacer que el caballo tenga sed, que corra hasta la orilla y beba con ganas. Hacer que el aprendizaje sea creativo, divertido, vivo. No solo copiar del pizarrón.
La costumbre bonita de la manzana se perdió. El respeto también se ha ido desgastando. Pero todavía hay maestros dignos, de esos que conservan intacta su esencia.
Maestros que aman enseñar a las almas inquietas, que buscan formas nuevas de despertar el interés. Esos sí merecen el reconocimiento. No solo un día al año, sino siempre.
Por eso pienso que hace falta una conciencia distinta. Revalorar la manera de festejar. Que las autoridades, junto con la sociedad, organicen homenajes reales a los maestros destacados de cada localidad. Que no se les olvide en los panteones, donde a veces ni la familia va porque la gente se muda buscando mejor vida. La sociedad en conjunto puede recordarles, hacerlos inspiración para los nuevos.
He entrado a salones polvosos de escuelas rurales en Coahuila, he platicado con profesoras que dan clase con tiza y ganas a pesar de todo. Y también he visto cómo el sistema se ha ido complicando. Los gobiernos cambian, los calendarios se ajustan como en este año hubo hasta megapuente en algunas ciudades, pero el fondo sigue siendo el mismo: el maestro es clave, y si no se cuida la semilla, la cosecha sale floja.
Al final, el Día del Maestro no debería ser solo un puente para descansar. Debería ser un espejo. Para mirarnos y preguntarnos: ¿qué estamos haciendo con la fruta de la sabiduría? ¿La estamos sembrando bien o la estamos dejando pudrir en el escritorio?.
Yo sigo creyendo en los buenos maestros. Los que todavía ponen el alma. A ellos, aunque sea con una columna escrita y luego publicada, les digo gracias. Y a usted, lector, le pregunto: ¿cuándo fue la última vez que le agradeció a su maestro? Piensen nomás. A lo mejor vale la pena regalarle una manzana, aunque sea simbólica. O simplemente un “gracias” de corazón. La profesión es dura, sí. Pero los que la viven con pasión siguen siendo la mejor inversión que tiene este país. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



