OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Cuando el poder devora el pasado

Cuando se ejerce una profesión como la mía, es decir, periodismo, la información siempre fluye o también cuando se busca siempre se encuentra. No existe ningún delito perfecto más que el que uno solo puede hacer porque siempre habrá un testigo involucrado directo o indirectamente que tarde o temprano habla.
Y lo anterior viene a colación, porque hay quien roba y roba, y nunca le alcanza. No es sólo el dinero. Es algo más profundo, una enfermedad que no se cura con billetes ni con propiedades. Es esa fiebre del poder que hace que, aun teniendo todo, sigan queriendo más. Hasta lo que no es suyo. Hasta lo que pertenece a la memoria de un pueblo entero.
Se pueden imaginar nomás en Cuatro Ciénegas. Ese rincón desértico de Coahuila que allá por el año 1800 fundaron con mucho esfuerzo y que hoy, en este mayo del 2026, ya pasa de los 226 años de vida. Tierra dura, tierra de ciénegas cristalinas y de historia gruesa. Ahí nació Venustiano Carranza, el Varón, en aquella casa grande del centro que todavía guarda, aunque sea a medias, el recuerdo del hombre que ayudó a parir una nueva manera de gobernar después de la dictadura porfirista.
La verdad es que Parras de la Fuente y Cuatro Ciénegas comparten ese sabor de cuna revolucionaria. Pero mientras uno conserva su acervo con orgullo, el otro… bueno, el otro lleva décadas con una herida que no cierra. Porque hace más de tres décadas, allá por los noventa, cuando uno todavía andaba con libreta y pluma en mano cubriendo los primeros escándalos de la transición, empezaron a desaparecer cosas de la Casa-Museo.
En su interior, la casa donde nació el Varón lució en otra época muchas de sus pertenencias originales: muebles, documentos, fotografías inéditas y piezas personales que daban peso y calor a la historia. Según reclamos que se hicieron públicos hace algunos años, varias de esas piezas habrían sido trasladadas a la Ciudad de México, algunas en figura de comodato, para enriquecer acervos federales. Aunque la mayoría de los dueños legítimos de los objetos prestados siguen reclamando su devolución, sabedores de que varios terminaron en colecciones particulares. Hoy el museo local exhibe, según sus propias páginas oficiales, muebles y objetos personales del Varón, uniformes, documentos importantes y fotografías originales de la época revolucionaria, pero aún persiste entre algunos visitantes y lugareños la sensación de que falta algo de esa alma completa que tuvo en otros tiempos.
Pero qué cosa tan curiosa. Los lugareños, cansados de exigir, vieron cómo parte de los vestigios del Varón se fueron quedando en la capital. La casa donde dice la placa “En esta casa nació Venustiano Carranza Garza” guarda todavía su historia, pero uno sale con la impresión de que algo se quedó incompleto. Adentro, lo que uno encuentra ahora son piezas que el museo presenta como originales, ampliaciones de fotografías, un viejo uniforme militar y el busto del Primer Jefe. Esa fue, al menos, la sensación que dejó aquel reclamo del pasado publicado en pocos medios entre los años 2017 y 2018.
Aunque también hay que decirlo que en las páginas oficiales del museo en Cuatro Ciénegas aún describen que en sus 11 salas se exhiben muebles y objetos personales originales del Varón, y lo mismo existe en el Museo Casa de Carranza INAH en CDMX, en la calle Río Lerma 35, Col. Cuauhtémoc, en donde se asegura que fue la casa donde Carranza vivió sus últimos meses teniendo una gran colección original de más de 3,400 objetos y documentos oficiales.
Así que todo queda igual en rumores y verdades o mentiras a medias, pero la percepción de los visitantes y los lugareños pueden marcar esa diferencia. Yo recuerdo y discúlpeme tanto rodeo, cuando en las tardes calurosas de Torreón uno se sentaba en alguna plaza a platicar con viejos periodistas. Siempre salía el tema de cómo ciertos políticos tratan lo público como si fuera su despensa particular. “Ande no, carnal, si ya agarraron el presupuesto, ¿por qué no se llevan también los papeles viejos?”
Y uno se reía con amargura porque sabía que no era broma. Así pasó aquí. La institución que antes se conocía como ICOCULT y que hoy opera bajo la Secretaría de Cultura de Coahuila tomó el museo, pero la verdad es que poco se ha movido el asunto. Solo algún museógrafo pasó por ahí hace años a tomar medidas, y el proyecto de devolverle el alma al lugar se quedó congelado, como tantos otros sueños en este país.
Y los dueños legítimos de algunos objetos prestados siguen reclamando su devolución, al menos eso es lo que se dice. Porque saben que muchas de esas piezas, según aquellos testimonios antiguos, terminaron en colecciones particulares. ¡Qué cosa tan triste, oiga! Con decreto o sin él, al final el pueblo se quedó con la percepción de que parte de su memoria se fue. Y esa es la herida que todavía duele en el sentir de algunos coahuilenses.
Y aquí viene lo que más duele. Han pasado administraciones, han cambiado los colores de los partidos, han llegado presidentes municipales, gobernadores y hasta presidentes de la República, y la cosa sigue igual. De la intención a la realidad hay un trecho más largo que la carretera de Cuatro Ciénegas a Saltillo. Porque para arreglar esto haría falta exigirle a la federación que devuelva lo que se llevó. Y ya sabemos cómo es eso: promesas, buenas intenciones y luego… el silencio.
La casa-museo sigue abierta, sí. Recibe visitantes que quieren conocer la vida del Varón. Pero le falta el peso de lo auténtico. Le falta ese olor a historia viva que uno siente cuando toca un documento que firmó Carranza con su propia mano o ve la fotografía que nadie más ha visto. En su lugar, queda un espacio que, aunque limpio y bien atendido, se siente incompleto. Como si le hubieran arrancado el corazón y le hubieran puesto una foto en su lugar.
¿Y sabe qué es lo más triste de todo? Que esto no es un caso aislado. Es la misma enfermedad que uno ha visto en tantas partes del norte. En Monclova, donde el acero, aunque sea de recuerdo, y la gente derecha conviven con promesas que se diluyen; en Piedras Negras, donde la frontera viva se come a veces los buenos propósitos; en Ramos Arizpe, donde las sierras cercanas guardan también sus propias historias de despojos menores.
Siempre es lo mismo; alguien llega, agarra lo que puede y se va dejando el hueco. Y el pueblo, acostumbrado ya a tanto, ni siquiera se sorprende. Se resigna, que no es lo mismo que aceptar.
La verdad, yo he visto cómo la gente de Coahuila es orgullosa de su tierra. Orgullosa de Carranza, de su Constitución, de ese México que quiso nacer más justo. Por eso duele doble que precisamente en la casa donde todo empezó, falte lo más valioso. No es solo por el valor material. Es por el valor simbólico. Es robarle al desierto su memoria. Es quitarle al Varón sus cosas y dejarlo, de alguna forma, desnudo frente a las nuevas generaciones.
Pues la cosa es que mientras algunos políticos siguen acumulando sin saciarse, ni con dinero, ni con poder, ni con herencias ajenas, los coahuilenses seguimos esperando que algún día regresen esas piezas. Que la casa vuelva a ser museo completo. Que el turista que llegue a Cuatro Ciénegas no solo vea copias, sino que sienta la presencia real del hombre que desde estas tierras áridas soñó con un país distinto.
Mientras tanto, el desierto sigue ahí, imperturbable. Las ciénegas brillan bajo el sol del norte. Y uno, desde esta mesa imaginaria de café en el centro de Torreón o bajo los árboles de la Alameda de Saltillo, sigue escribiendo a mano estas líneas, como siempre. Porque hay historias que no se pueden contar de otra manera.
Historias que duelen porque hablan de lo que somos y de lo que nos han quitado. Y al final, amigo lector, uno se queda pensando: ¿hasta dónde llega esa insaciable enfermedad del poder? Porque si ni el dinero los satisface… imagínese usted qué más serán capaces de llevarse.(Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) ww.intersip.org


