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Guillermo Robles

Libertad bajo fuego

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Libertad bajo fuego

Ayer domingo, en Coahuila, mientras la gente metía sus boletas en las urnas para elegir a los nuevos diputados locales, otro ejército trabajaba desde antes del amanecer. Los compañeros de radio, televisión, periódicos digitales y hasta esos chavos que transmiten en vivo desde el celular. Cubriendo resultados, incidentes, todo en tiempo real. Y uno se pregunta, fíjese usted, ¿quién reconoce ese esfuerzo que se hace detrás de la trinchera? Porque el periodismo no es solo salir a la calle con libreta en mano; a veces es jugarse el pellejo para que la gente sepa qué está pasando.

Y casualidad o no, ese mismo domingo se conmemoraba el Día de la Libertad de Expresión en México. El 7 de junio. Aunque algunos todavía le dicen Día de la Libertad de Prensa, y pues la neta es que da lo mismo cuando el riesgo es el mismo.

He visto cómo esta libertad se ha vuelto cada vez más frágil. Una era de oscuridad, como la llamábamos ya en 2015, y la verdad, sigue aquí. No se ha ido. Y sin titubear puedo decir que el oficio ha cambiado mucho.

Antes, en los años ochenta y noventa, había una línea imaginaria: no te metías fuerte con el gobernador o con la imagen presidencial. Si lo hacías, te llegaba el famoso “amansa guapo” de Gobernación, esa forma elegante de decirte “cállate o te callamos”. Con el tiempo fuimos rompiendo esas cadenas. La prensa se volvió más atrevida, más necesaria para llevar la noticia a los hogares de Saltillo, de Monclova, de Piedras Negras, esa frontera viva donde todo se siente más crudo.

Pero los gobiernos, siempre ingeniosos, encontraron otras formas. Ya no era el golpe directo. Era apretar el estómago con los convenios de publicidad oficial. Usted sabe de qué hablo: ese dinero que mantiene a flote a muchos medios, municipal, estatal, federal.

La verdad, yo he visto cómo ningún periódico o estación en el norte, ni en el centro, se sostiene solo con pura publicidad privada. Es un hecho mundial, y presumir lo contrario es nomás echarse flores.

Pero no paró ahí. La cosa se complicó más. Leyes que parecen de transparencia y que terminan siendo mordazas legales. La vieja Ley Electoral y la de Telecomunicaciones de hace una década todavía pesan, y aunque los nombres cambien, el espíritu sigue: facultades para sancionar, suspender, controlar.

Y ahora, en este 2026, se suman otras sombras: el acoso judicial que ha crecido, las agresiones digitales, la autocensura que uno siente en el pecho cuando decide qué publicar y qué no para no meterse en problemas. ¿Y sabe qué? La violencia no ha bajado. Al contrario.

México sigue siendo de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Según los datos más recientes de Reporteros Sin Fronteras, en el Índice 2026 estamos en el lugar 122 de 180, con una puntuación de 45.23. Mejor un poquito que el año pasado, pero todavía en zona roja. Aunque mejoró un poquito su posición respecto al año pasado —del 124 al 122—, la verdad es que seguimos metidos en zona roja. Desde el año 2000 han sido asesinados más de 150 periodistas y 28 han desaparecido.

En 2025 cayeron alrededor de siete u ocho compañeros, y ya van dos en lo que va de este 2026. Ataques con granadas a oficinas de periódicos, amenazas, desapariciones. Todo ligado muchas veces al narco, pero también a esa complicidad que a veces uno sospecha con autoridades locales.

¡Ándele no! Uno piensa que, con tanto avance tecnológico, con redes sociales y todo, la libertad debería estar más protegida. Y pues la cosa es que no. La autocensura se ha vuelto cotidiana. No solo por miedo al plomo, sino por el miedo a perder los contratos de publicidad, a que te cierren el grifo.

Recuerdo una vez, allá por los noventa en Torreón, cubriendo una historia de corrupción en el municipio. Me llegó un recado discreto: “mejor no sigas por ahí”. No fue una amenaza directa, pero uno entiende. Y en Saltillo, en una cafetería del centro, platicando con un colega que acababa de perder su espacio en radio porque “ya no convenía” al gobierno de ese año, así que quedó fuera. La verdad, lector, duele. Duele porque el periodismo no es para aplaudir al poder; es para vigilarlo.

Y no se trata solo de los grandes medios. En Acuña, en Ramos Arizpe, en Monclova donde la gente es derecha y trabajadora como el acero que forjan, hay reporteros locales que arriesgan todo por contar la realidad de su colonia. Ellos son los que más sienten la presión. Porque están cerca. Porque la gente los conoce.

La democracia se presume mucho. Se habla de ella como si fuera un logro terminado. Pero una democracia sin libertad de expresión es puro teatro. Sin prensa libre, la sociedad se queda a oscuras. Y eso es lo que duele: ver cómo en lugar de avanzar, a veces parece que retrocedemos. Que se disfrazan las medidas de “justicia” o “transparencia” y terminan dejando a la gente sin saber la verdad completa.

Los coahuilenses, los mexicanos de a pie, merecemos algo mejor. Merecemos que el 7 de junio no sea solo una fecha para recordar, sino para exigir que se proteja de verdad a quienes informan.

Yo, que he cubierto de todo les digo con el corazón en la mano: el periodismo sigue siendo hermoso. Pero también sigue siendo peligroso. Ayer, mientras Coahuila elegía su Congreso, muchos compañeros estaban ahí, sin dormir, con el riesgo encima. Hoy seguimos aquí. Resistiendo. Porque si la tinta se calla, el país se queda ciego.

La era de oscuridad no ha terminado. Pero tampoco ha terminado nuestra terquedad de seguir contando la verdad. ¿Y saben una cosa?, en un estado donde el Nearshoring trae fábricas y empleos, el periodismo debería poder hablar sin miedo. Y sin embargo… pues ahí seguimos. Con la libreta en la mano y el pulso firme. Porque alguien tiene que hacerlo. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org