OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Tramos de grandeza: el ejido

Para quienes vivimos dentro de la mancha urbana de una ciudad uno piensa en todo lo que tenemos aquí. Servicios, transporte, escuelas cerca, hospitales que no quedan a horas de camino. Y de repente se acuerda uno de los ejidos que están apenas a un rato, pero que por años se sintieron como si estuvieran en otra entidad.
No es que la gente de las ciudades sea mala o egoísta por naturaleza. Es que uno se acostumbra. Se acostumbra a que el camión pase, a que la luz prenda con solo apretar el interruptor, a que si se enferma un chamaco, en media hora o menos ya está en el doctor. Pero allá afuera, en los ejidos, las cosas no siempre han sido así. Y aunque ahora se habla mucho de nearshoring, de fábricas nuevas y de todo el movimiento industrial que está llegando a Coahuila, hay detalles que siguen siendo los mismos de siempre: un tramo de camino pavimentado cambia más vidas de las que uno se imagina.
Pues la cosa es que estos caminos ejidales, estos tramos chiquitos que unen un ejido con otro o que conectan con la carretera federal, nunca han sido obras de relumbrón. No salen en las portadas grandes. Pero cuando llegan, de verdad que mueven todo.
Yo he visto, hace años cuando andaba de reportero gráfico recorriendo por los lados de Ramos Arizpe o más para el rumbo de Monclova, o el último que me tocó cubrir por allá antes de llegar a General Cepeda, cómo un camino de terracería se convertía en un problema diario.
La gente salía temprano para ir a la milpa o a la tiendita, y regresaba empolvada hasta los dientes. Los chamacos llegaban a la escuela con la ropa toda sucia, como si hubieran jugado en un montón de mazapán. Las amas de casa se pasaban la vida lavando y volviendo a lavar. Y cuando llovía… ni se diga. El lodo se tragaba todo y el camión de la leche o del pan ni se asomaba.
Ahora, cuando hay carpeta asfáltica, la diferencia se nota desde el primer día. Los camiones de refrescos llegan sin problema. Llegan también los de pan, de huevo, de leche. Y con ellos llegan oportunidades nuevas. De repente alguien del ejido se anima y pone una vulcanizadora. Otro abre un puestito de comida. Otro más vende lo que siembra directo, sin tener que cargar todo hasta la ciudad en camioneta vieja que se desbarata. La economía chiquita se empieza a mover. Y eso, aunque parezca poca cosa, para quien vive allá es todo.
En seguridad también se siente. Las patrullas pueden llegar más lejos y más rápido. No es lo mismo que antes, cuando el maleante sabía que la autoridad tardaba horas en asomarse. Ahora dan sus rondines con más frecuencia y la gente duerme un poco más tranquila.
Y en salud… ¡ánde no! Eso es de lo más importante. Una emergencia ya no significa esperar a que alguien consiga un vehículo y se arriesgue por el camino malo. Se llega al centro de salud en menos tiempo. Las mamás ya no tienen que cargar al niño enfermo por senderos que se vuelven ríos cuando llueve.
El mes pasado estuve platicando con gente de por allá cerca de Saltillo, en unos ejidos que el alcalde Javier Díaz ha estado atendiendo con mantenimiento de caminos rurales. Me contaban que desde que pavimentaron un tramo que conecta con la federal, los proveedores ya no se quejan tanto y hasta han aparecido nuevos clientes. Uno de ellos me dijo, con esa franqueza del norte: “Ahora sí parece que formamos parte de Coahuila, no nomás que estamos aquí esperando a ver si algún día nos acuerdan”.
Porque eso también pasa. Cuando el camino está malo, el ejido se siente aislado. La gente se queda esperando a que llegue el político de campaña, que promete y promete, y después se olvida. Con el camino pavimentado, aunque sea un tramo corto, se siente que hay conexión. Que uno puede ir a la ciudad, hacer trámites, visitar al doctor, o incluso que los jóvenes puedan ir a trabajar a alguna planta del nearshoring sin que el camino los mate en el intento.
Claro que aquí viene la parte que a uno le da vueltas. Porque inaugurar es fácil. Lo difícil es que el camino se conserve. He visto tramos que se hicieron con bombo y después de un par de años ya estaban llenos de baches otra vez. El mantenimiento cuesta, y a veces parece que se le va la mano al presupuesto en obras más vistosas. Pero pos mire usted: si no se cuida lo chiquito, al rato lo grande tampoco sirve de mucho.
En estos tiempos que tanto se habla de desarrollo y de inversiones que están llegando a Coahuila, estos caminos siguen siendo la base. No es que vayan a resolver todo solos, pero sin ellos las comunidades rurales se quedan viendo pasar el progreso de lejos. Con ellos, al menos tienen oportunidad de subirse al camión.
Y al final, eso es lo que cuenta. Que la gente de los ejidos sienta que no está sola, que forma parte de este estado nuestro. Que sus hijos puedan ir a la escuela limpios, que la ambulancia llegue a tiempo, que el camión del pan no se quede atorado en el lodo. Cosas simples. Cosas que para quien vive en la ciudad suenan a detalle, pero para quien vive allá afuera son la diferencia entre sentirse olvidado o sentirse parte de algo más grande.
No hay obras chiquitas cuando se trata de la vida de la gente. Hay caminos que pesan poco en los números grandes, pero que cargan mucho en el día a día de muchas familias coahuilenses. Y mientras sigan llegando, aunque sea de a poco, Coahuila se sigue haciendo más pareja. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


