OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Prohibida la chatarra, pero los kilos no aflojan

Fíjense ustedes, hace algunos días pasados salí a caminar por la Alameda aquí en Saltillo, como suelo hacer cuando quiero ordenar las ideas antes de sentarme a escribir.
Era por la tarde en temporada de clases y los chamacos saliendo de las escuelas cercanas con sus mochilas al hombro y las mamás esperándolos en la banqueta. Uno se fija en esas cosas cuando ya lleva tantos años viendo pasar la vida por estas calles.
Muchos de esos niños ya traían esa carita redondita, esos brazos un poco más llenitos de lo que uno recuerda de antes. No es que antes no hubiera, pero ahora se ve más seguido, como si el tiempo no hubiera ayudado en nada.
Hace poco más de un año, desde marzo del 2025, entró en vigor esa prohibición nacional de vender comida chatarra, refrescos y todo lo ultra procesado dentro de las escuelas. La Secretaría de Educación Pública lo presentó como parte de la estrategia Vida Saludable, con mucho anuncio y la idea de que por fin se iba a cortar de raíz el problema en los planteles.
En Coahuila la Secretaría de Educación mantuvo la medida para el ciclo que acaba de terminar. El propio secretario estatal reconoció hace apenas unos días, al cierre de clases, que en algunos planteles todavía se cuelan alimentos que no deberían estar ahí. No es que todo sea desastre, dijo que hay buena respuesta general y que es un proceso de transformación cultural, pero que quedan casos aislados por corregir.
También mencionó que afuera de las escuelas siguen los vendedores ambulantes y que las cooperativas con opciones más sanas a veces no venden lo suficiente y hasta las suspenden.
Y pues la cosa es que uno se pregunta si de verdad estamos avanzando o si nomás estamos cambiando el lugar donde se compra lo mismo. Porque la prohibición está adentro, pero los niños siguen saliendo y comprando en la tiendita de la esquina o los papás les meten en la lonchera lo que encuentran más fácil y barato.
En Torreón, en Monclova, en Ramos Arizpe, en cualquier colonia de Saltillo se ve lo mismo. La chatarra es rápida, llena, cuesta poco y los chamacos la piden porque les gusta. Y los papás, cansados después del trabajo, muchas veces terminan cediendo.
Hace años, cuando todavía andaba recorriendo para el periódico, cubrí una jornada de salud del DIF en una primaria de Ramos Arizpe. Las maestras platicaban entre ellas que los niños llegaban con monedas para comprar botanas en el recreo. Ya en ese entonces había pláticas de alimentación sana, orientaciones para los padres, hasta algunos programas de actividad física.
Ahora, tantos años después, la prohibición es más estricta, hay lineamientos nacionales, el propio Seguro Social y las universidades siguen sacando campañas, el DIF Coahuila sigue entregando equipos de cocina y fortaleciendo sus programas de alimentación escolar.
Pero los números nacionales de la ENSANUT siguen mostrando que el sobrepeso y la obesidad en niños y adolescentes anda por encima del 36 por ciento en escolares y cerca del 40 en adolescentes. En adultos, más del 70 por ciento con exceso de peso. Aquí en el norte el tema siempre ha pegado fuerte, y aunque ya no se hable tanto de “primer lugar”, la realidad en las consultas y en las familias no ha cambiado tanto como quisiéramos.
Imagínense nomás cómo es la vida cotidiana por estos rumbos. El calor de Coahuila invita a quedarse adentro, con el aire acondicionado o el ventilador. Los chamacos pasan más tiempo con el celular o la tableta que corriendo en la calle. Las comidas familiares, que son sagradas, muchas veces giran alrededor de carnitas, quesadillas, tortas, todo rico pero cargado. Y la chatarra no es solo el paquete de papas; es también el refresco que acompaña cada comida, el dulce que se compra “para el antojo”. Uno entiende que para muchas familias es lo más accesible. El sueldo no siempre alcanza para frutas frescas todos los días o para preparar algo distinto cuando llegas cansado a las ocho de la noche.
Las autoridades solas no pueden. Nunca han podido. Lo que hacen está bien, es decir, los programas de orientación, las reformas a las leyes, ahora esta prohibición más firme que antes. Pero si en la casa no se pone el ejemplo, si los papás y las mamás no empiezan desde chiquitos a enseñar que hay otras opciones, pues el esfuerzo se queda a medias.
He platicado con maestros y con padres en diferentes colonias. Muchos dicen que sí, que entienden, que quieren lo mejor para sus hijos. Pero luego llega el día a día y la lonchera se arma con lo que hay en la nevera o con lo más rápido del súper. Y los niños aprenden lo que ven, no lo que les dicen en la escuela.
Saben a qué me refiero. Uno recuerda cuando se hablaba de que México estaba entre los primeros lugares mundiales en obesidad y aquí en Coahuila cargábamos con buena parte de esa fama. Los programas han venido y se han ido, gobiernos de todos los colores han anunciado estrategias. Algunos estados fueron más lejos en su momento con regulaciones locales.
Ahora la medida es nacional y más clara. Pero los kilos siguen sumando porque el cambio no es solo de decreto. Es de costumbre. Es de ver a los niños crecer sanos, no solo de medirlos en la escuela y darles una plática.
Y mientras tanto, las consecuencias ya se ven en las clínicas del IMSS y del ISSSTE: más jóvenes con prediabetes, más problemas de presión, más casos que antes se veían en gente mayor.
No es alarma barata. Es lo que uno platica con los vecinos, con los amigos que tienen hijos en edad escolar. La prohibición en las escuelas es un avance, nadie lo niega. Pero si no hay un equipo de verdad y me refiero con las autoridades, maestros, papás, mamás, hasta los propios chamacos cuando ya entienden, pues seguimos en lo mismo. Los kilos entran por un lado y, si no cambiamos el hábito en casa, salen por el otro convertidos en más peso y menos salud.
Al final, uno se queda pensando que la verdadera medalla no es la que nos pongan por estar primeros en alguna tabla. La verdadera medalla sería ver a los niños de ahora, dentro de quince o veinte años, con menos problemas de salud porque en su casa se les enseñó otra forma de comer y de moverse. Eso no lo resuelve solo una ley. Lo resuelve cada familia, cada día, con las decisiones pequeñas que parecen no contar pero que al final pesan más que cualquier programa oficial. Y eso, honestamente sí que depende de todos nosotros. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


