OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Mestizaje que no se borra: 449 primaveras de nuestra ciudad

En estos días de julio y siente que el aire tiene otro peso. No es solo el calor que ya empieza a apretar, es como si la ciudad misma se acordara de algo viejo y querido. El mismo punto de encuentro de siempre, el que ha reunido generaciones sin que el tiempo se las lleve del todo. Y uno, que lleva casi tres décadas viviendo aquí, no puede evitar pensar en todo lo que ha pasado desde que este valle empezó a llamarse Saltillo.
Porque esta tierra no nació de un decreto cualquiera. Nació de un descubrimiento sencillo: un pequeño salto de agua que brotaba entre ciénegas y manantiales, en el lugar donde hoy está la Iglesia del Ojo de Agua. Fue en 1577 cuando el capitán Alberto del Canto y sus hombres, buscando rutas hacia las riquezas del norte, llegaron hasta aquí y decidieron fundar la Villa de Santiago del Saltillo. No imaginaban entonces que ese salto de agua iba a dar nombre a una ciudad que, casi cinco siglos después, sigue latiendo con la misma mezcla de lo viejo y lo nuevo.
Resulta muy interesante cómo se fueron tejiendo las historias. Dos décadas más tarde llegó la vecina Villa de San Esteban de la Nueva Tlaxcala y empezó esa amalgama de sangres que todavía se nota en la forma de hablar, en el modo de recibir al forastero, en la manera de celebrar. Lo provinciano con lo moderno, el sarape que abriga y el pan de pulque que endulza, el clima que la gente de fuera siempre envidia. Todo eso sigue vivo, aunque la ciudad haya crecido tanto que ya su área metropolitana anda cerca del millón cien mil habitantes, sumando Ramos Arizpe y Arteaga.
La verdad es que uno ha visto cómo Saltillo se ha ido poniendo grande sin perder el alma. Sigue siendo esa “Atenas de México” que le pusieron hace tiempo por la cantidad de gente que ha dado letras, colores y pensamiento. Manuel Acuña con su poesía que aún emociona, Julio Torri con su fina ironía, Artemio de Valle Arizpe contando el pasado como si lo estuviera viviendo. Pintores como Rubén Herrera, gobernantes que marcaron época como Francisco I. Madero o Venustiano Carranza, y tantos otros que nacieron o se sintieron de aquí: Vito Alessio Robles, Carlos Pereyra, Ildefonso Villarello. Y no hay que olvidar a Eulalio Gutiérrez, que, aunque nació en Ramos Arizpe siempre se sintió parte de esta ciudad.
Y la cosa es que la historia no está solo en los libros. Está en el 25 de julio, cuando la gente sigue yendo al Ojo de Agua como quien va a visitar a un viejo amigo. Este año, como en otros, la ciudad se ha vestido de fiesta con el Festival Internacional de las Artes, ese FINA que trae música, teatro, danza y tantas expresiones que hacen que el valle se sienta más vivo. Uno camina por las calles y ve cómo lo antiguo y lo nuevo se dan la mano: edificios coloniales que conviven con fábricas modernas, colonias que crecieron rápido pero donde todavía se saluda en la esquina.
Imagínense nomás lo que ha visto este lugar. Desde los primeros pobladores que encontraron agua y tierra buena, pasando por el mestizaje que lo hizo único, hasta hoy, cuando la ciudad es referente de seguridad y limpieza en el país. No es que todo sea perfecto, pero hay un esfuerzo constante por cuidar lo que somos. Y eso se nota en cómo la gente sigue queriendo vivir aquí, en cómo los que nacimos en el norte o los que llegamos de otras partes terminamos adoptando este ritmo pausado pero firme.
Recuerdo cuando cubrí una de esas celebraciones de aniversario hace ya varios años. Estábamos en el Ojo de Agua y un señor mayor, de los que han visto pasar décadas, me platicó que él de niño iba a buscar agua ahí mismo con su mamá. “El salto sigue igual”, me dijo, “lo que cambia es la gente que lo mira”. Y tenía razón. La esencia provinciana, esa que mezcla hospitalidad con trabajo duro, no se ha ido. Sigue ahí, aunque las calles se llenen de carros y las colonias crezcan hacia todos lados.
Porque al final Saltillo no es solo una ciudad que cumple años. Es un punto de encuentro que se ha negado a borrarse. Es la tierra donde lo mestizo se volvió identidad, donde la cultura floreció sin pedir permiso y donde la gente, a pesar del crecimiento, sigue sintiéndose parte de algo más grande que ella misma. Cada 25 de julio, cuando nos reunimos otra vez en ese mismo lugar, estamos recordando que la historia no es cosa del pasado. Es lo que seguimos construyendo todos los días, con los detalles sencillos: un saludo en la calle, un pan de pulque compartido, una mirada al agua que sigue brotando.
Y uno se pregunta, mientras ve pasar la gente por la Alameda o por ese Centro Histórico que ha sido retocado varias veces, en los sesenta con la Plaza de Armas, después con los portales en los setenta, con el Paseo Capital que se abrió hace poco y ahora con estas obras de fachadas y banquetas que siguen llegando, ¿qué vamos a dejarle a los que vienen detrás?.
Porque si algo ha enseñado este valle en casi cinco siglos es que se puede crecer sin olvidar de dónde se viene. Que se puede ser moderna sin perder el aire colonial y provinciano que tanto nos define. Saltillo sigue siendo nuestro, con sus luces y sus sombras, pero sobre todo con esa capacidad de abrazar a quien llega y de mantener vivo lo que importa. Al cabo, 449 años después, el pequeño salto de agua sigue ahí. Y nosotros seguimos llegando a mirarlo, como quien regresa a casa. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



