OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
La terminal escondida los domingos

Me senté con un viejo amigo contador ya jubilado a tomar un café en un restaurante del norte de la ciudad, y de pronto recuerda aquellos viajes por la carretera que une Torreón con Monclova o las vueltas que daba uno hacia Piedras Negras cuando el trabajo lo exigía. En esas rutas el bolsillo se vacía de billetes y, al llegar a casa, resulta que Hacienda no los quiere reconocer. La cosa no es nueva, pero este agosto de 2026 se siente más apretada que nunca.
Las autoridades hacendarias siguen siendo expertas en dictar cómo debe hacerse todo. Ordenan con claridad: pague usted con tarjeta, con transferencia o con cheque nominativo si quiere deducir. El efectivo, pues la verdad, casi no cuenta. Ya no es como hace quince años. Ahora el límite de dos mil pesos suena a poco y, en el caso de la gasolina, ni siquiera ese margen existe. Combustible en efectivo no se deduce, punto. Y cuando se trata de gastos que uno cree necesarios para seguir trabajando, aparece la frase mágica: “estrictamente indispensable”. Un criterio tan abierto que depende de quién revise el papel y de qué manual saque esa interpretación. Uno se pregunta de dónde sacan esos criterios tan abstractos cuando ni siquiera conocen a fondo el giro de cada contribuyente.
Fíjense ustedes lo que pasa en las gasolineras y los restaurantes de Coahuila. Todavía hay estaciones en Ramos Arizpe, en Arteaga o en el tramo hacia Acuña donde la terminal bancaria parece un objeto decorativo. “No hay señal”, dicen, o “la tenemos guardada porque es domingo”. En Saltillo lo mismo, en algunas de las de la periferia, el aparato se esconde los fines de semana. Y los restaurantes de carretera, esos que uno busca después de tres horas de camino, muchos siguen prefiriendo el billete porque la comisión les quita una parte que no quieren soltar. El viajero que necesita factura para comprobar el gasto se queda mirando el recibo simple y sabe que, más adelante, el sistema le va a decir que ese consumo no sirve.
La verdad yo he visto esa escena demasiadas veces. Un empresario de Monclova que se mueve entre municipios me contó hace poco, mientras esperábamos turno en una taquería cerca del centro, que lleva años guardando los tickets de efectivo y cada declaración anual es una pelea silenciosa. No porque quiera evadir, sino porque en muchos pueblos todavía el plástico no es bienvenido. Y cuando uno quiere quejarse de que el negocio no cumple con facturar desde el primer peso o de que se niega a la terminal, el camino lleva a la Profeco. Hacienda, por su lado, se limita a recaudar. Eso es lo que siempre ha dicho y lo que sigue haciendo. Las quejas de los organismos empresariales llegan, se archivan y la máquina sigue girando hacia el cobro.
Imagínense nomás la situación del contribuyente que cumple con todo lo que le piden: declara a tiempo, lleva su contabilidad en orden, pero se encuentra con que la mitad de sus gastos de trabajo no pasan el filtro porque fueron en efectivo o porque alguien decidió que no eran “estrictamente indispensables”. La norma busca trazabilidad, y en eso tiene sentido. Evitar que el dinero se esconda es una necesidad de cualquier país que quiera orden. Pero cuando la vigilancia sobre los negocios que no aceptan tarjeta o que facturan a medias brilla por su ausencia, la carga cae solo de un lado. El consumidor queda obligado a exigir algo que el establecimiento no está dispuesto a dar, y la autoridad se queda del lado de la recaudación.
En lo que va de este año he escuchado las mismas historias en conversaciones de café aquí en Saltillo y en llamadas de viejos conocidos de Torreón. Gente que viaja por trabajo y termina pagando de su bolsillo lo que debería ser deducible. La reforma digital avanzó, el CFDI se volvió casi sagrado, pero en las carreteras de Coahuila el efectivo sigue siendo rey en muchos puntos. Y el criterio de lo esencial se vuelve tan flexible que uno nunca sabe si su gasto va a pasar o no. ¿De dónde sale ese manual interno que define lo indispensable sin conocer el día a día de un transportista, de un comerciante o de un profesional que se mueve entre regiones?
Al final uno se queda pensando si el sistema no debería equilibrar un poco más la balanza. Que se vigile también a quien se resiste a poner la terminal o a facturar completo, no solo a quien llega con los papeles en la mano. Porque mientras la autoridad se concentre casi exclusivamente en cobrar, el contribuyente seguirá sintiendo que las reglas se aplican con una sola medida. Y esa sensación, la de que algo no termina de cuadrar, es la que más pesa cuando uno cierra la libreta y se prepara para la siguiente declaración. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



