OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Factura eterna de la democracia

Siempre he quedado sorprendido y no soy el único sino cada vez hay más mexicanos que solo vemos las noticias injustas sobre el destino de nuestros impuestos tal es el caso del INE que acaba de aprobar más de diez mil ochocientos millones de pesos para los partidos el año que entra. Diez mil ochocientos. Y uno se queda pensando, ¿de dónde va a salir todo eso si no es de los mismos impuestos que pagamos ustedes y yo cada vez que compramos un litro de leche o arreglamos el coche en el taller de la colonia?
Hace dieciséis años, cuando todavía se llamaba IFE, el gasto andaba por los cuatro o cinco mil millones en tiempos tranquilos y subía a seis o siete cuando había elección grande. Ahora, en este 2026, con ocho partidos nacionales ya registrados (Morena, el PAN, el PRI, el Verde, el del Trabajo, Movimiento Ciudadano y los dos recién llegados en junio, ese Partido PAZ y Somos México), la cifra se disparó. Y no es que hayan sobrado obras en Coahuila. Vayan a Torreón y vean las calles que siguen con baches desde la última lluvia, o a Monclova, donde el hospital general espera mantenimiento que nunca llega. Pues la cosa es que ese dinero se va primero a sostener las estructuras de quienes viven de la política.
Yo recuerdo una tarde, hará unos años, platicando con un gobernador de por acá del norte. Le pregunté por qué tanto partido si al final casi todos terminan desapareciendo o fusionándose. Me contestó lo de siempre: “Es para fomentar la democracia”. Y se quedó callado. Yo le dije que el costo era demasiado alto. No hubo más conversación. Desde 2010 para acá han aparecido y se han ido varios: el PRD perdió el registro nacional después de 2024, Nueva Alianza se fue en 2018, Encuentro Social, Fuerza por México y Redes Sociales Progresistas en 2021. Entre 2000 y 2024 se crearon once fuerzas nuevas y apenas una tercera parte logró quedarse después de su primera elección. En Coahuila lo mismo, en nueve años se esfumaron ocho partidos locales que costaron más de cincuenta y cinco millones. Aparecen, reciben su parte, no llegan al tres por ciento y adiós. Pero mientras estuvieron, de la ubre del erario no dejó de dar.
Los requisitos para armar uno no son tan simples como a veces se dice: hay que reunir más de doscientos cincuenta y seis mil afiliados, hacer asambleas en doscientos distritos o en veinte estados, y el INE revisa con lupa. Pero una vez que pasan, ya tienen derecho a su porcentaje, aunque sean nuevos. Este mes mismo se está hablando de cómo van a repartirse esos más de diez mil millones para 2027, incluyendo una rebanada para las candidaturas independientes. Y aquí es donde uno se rasca la cabeza. Nadie se opone a que haya independientes. Al contrario. Pero con su dinero, ¿no?. Que no vengan a esquilmar lo mismo que los partidos tradicionales. Porque al final el contribuyente es el mismo de siempre: el que trabaja en la industria de Ramos Arizpe, el comerciante de la Plaza de Armas en Saltillo, el ranchero de Arteaga que paga sus impuestos y ve cómo se destina una fortuna a mantener estructuras que luego no sirven para mucho más que enriquecer a unos cuantos fundadores o a candidatos que “rasuran” presupuestos.
Imagínense nomás. En tiempos de poca actividad el dinero sigue fluyendo para actividades ordinarias. En campaña se multiplica. Y mientras tanto, las obras de beneficio colectivo —ese drenaje que falta en colonias de Piedras Negras o el pavimento que se necesita en Acuña— esperan. Se habla de reducir períodos de campaña, de quitar las plurinominales para que solo queden los que ganan de verdad en las urnas. Sería lo más justo. Premiar con un escaño a quien no alcanzó votos suficientes es como regalarle el sueldo al que no corrió la carrera. Pero nadie se atreve a tocar eso de raíz.
La verdad yo he visto pasar muchas administraciones y muchos partidos. Unos chiquitos, otros medianos, unos grandes. Algunos fundadores se enriquecen, otros candidatos justifican gastos que nunca hicieron y el dinero termina en bolsas particulares. Y los ciudadanos de a pie, hartos. ¿Saben a qué me refiero? A esa sensación de que todas las pulgas se cargan sobre los mismos impuestos, año tras año. En Coahuila, donde todavía hay partidos locales que intentan y fallan, el patrón se repite. Aparecen, gastan, desaparecen. Y la democracia, que debería ser de todos, se vuelve un negocio de unos cuantos.
No se trata de acabar con los partidos. Se trata de que dejen de vivir exclusivamente de la ubre pública. Que se mantengan con aportaciones de sus militantes, con trabajo real, no con el dinero que ustedes y yo ponemos cada quincena. Porque si de verdad quieren más opciones, que las paguen ellos. Mientras tanto, el pueblo sigue esperando que ese presupuesto se use en lo que sí urge: escuelas, hospitales, caminos. Uno se pregunta, después de tanto tiempo, si tanta figura política ha servido para algo más que perpetuar el mismo círculo. Y la respuesta, me temo, la tenemos todos los días en las calles de nuestras ciudades del norte. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



