OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Nopal que China ya cosecha por nosotros

La otra tarde andaba yo en carretera entre Torreón y Saltillo, viendo la típica vista desértica, así como su vegetación y ahí en la parada de Paila vi a un señor de la tercera edad cortando unas pencas de nopal que traía en una bolsa de plástico. Las limpiaba con una navaja despacio, como quien no quiere la cosa, y me acordé de tantas pláticas de cantina y de redacción. Porque el nopal no es cualquier planta. Es sangre y tierra. Y resulta que, después de tantos años de verlo crecer en los cercos de Torreón, en los potreros de Monclova o en las orillas de Ramos Arizpe, todavía no acabamos de entender lo que tenemos entre las manos.
Uno camina por el mercado de Abastos o por el tianguis de la colonia Centro y ahí está, fresco, tierno, listo para la ensalada o para el guiso con chile. En Coahuila lo hemos usado de siempre: de forraje cuando la sequía aprieta el ganado en La Laguna, de remedio casero cuando alguien anda con la azúcar alta. Yo mismo he visto a compadres de Piedras Negras hervir la penca y tomarse el jugo como si fuera medicina de abuela. Y no es superstición. Estudios de hace años, y los que siguen saliendo, confirman que baja la glucosa, limpia un poco las arterias, sirve de diurético. Hasta el Seguro Social lo recomienda en dietas. En la cocina norteña queda de maravilla en un desayuno con huevo o en un asado de domingo. Y la flor… pues la flor se vuelve tuna y esa tuna sabe a infancia para muchos de nosotros.
Pero aquí viene lo que me quita el sueño desde que empecé a escribir de estas cosas. Hace dieciséis años ya se veía venir. China, que no tiene nopal de origen, empezó a sembrarlo en sus zonas áridas y a sacarle productos como si fuera invento propio: cremas, champús, licores, tallarines, cosméticos, complementos. Hoy, en 2026, no solo lo cultivan en cantidades serias; lideran las patentes de mucílago de cactáceas y de derivados funcionales. Estudios recientes de patentes muestran que el país asiático va a la cabeza en registros de usos industriales de esa planta que nosotros tenemos en la bandera. Mientras tanto, aquí producimos cerca de ochocientas cuarenta y cuatro mil toneladas de nopalitos al año, según las cifras oficiales de 2024, y la mayor parte se queda en fresco o se va de exportación sin mucho valor agregado. En Coahuila ni siquiera somos líderes de verdura, pero sí de forrajero, y apenas este año la Sader anda impulsando viveros en zonas áridas del estado para que el ganado no se muera de hambre. Bien por eso. Pero ¿y lo demás?
Imagínense nomás. Hace poco, apenas el 12 de agosto, desde la Universidad Autónoma Chapingo volvieron a gritar lo mismo de siempre: urge patentar el nopal y sus derivados antes de que China logre una certificación de origen. Como pasó con la pitaya que se nos fue para Colombia o la grana cochinilla que ahora explotan en Perú. Los chinos ya elaboran un sinnúmero de productos y nosotros seguimos discutiendo si vale la pena invertir en investigación seria.
Universidades mexicanas han logrado algunas patentes, un biofertilizante aquí, un proceso de fibra allá, pero son gotas en el desierto. El gobierno federal y los estatales miran para otro lado. La pereza burocrática, la falta de visión comercial, esa costumbre de pensar que “como siempre ha estado ahí, nadie nos lo va a quitar”.
Y sabe a qué me refiero. En Saltillo, cuando uno plática con productores pequeños de Arteaga o de General Cepeda, te dicen que el nopal da, sí, pero el precio se cae y no hay industria que lo transforme en algo que pague mejor. Mientras tanto, del otro lado del mundo ya lo venden en polvo, en extractos, en medicamentos que nosotros podríamos haber registrado primero. Si se descuidan las autoridades, se pierden empleos, se pierden millones y, lo peor, se pierde un pedazo de identidad. Porque el nopal no es solo comida. Es el águila posada encima, es el origen que otros países envidian y nosotros dejamos que se nos vaya por desidia.
Pues la cosa es que llevamos más de una década y media con el mismo aviso y todavía no despertamos del todo. No se trata de odiar al vecino asiático; se trata de que nosotros, los que lo tenemos en la sangre, decidamos de una vez por todas sacarle el provecho que merece. Patentar procesos, impulsar la industrialización, proteger lo nuestro con hechos y no con discursos. Si no, un día de estos vamos a comprar crema de nopal hecha en Shanghái y nos vamos a quedar viendo cómo se ríen de nuestra indolencia. Y eso, créanme, nomás nos faltaba. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



