OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
La herida que no cierra en el ranking

No es que uno ande buscando pelea, pero basta mirar alrededor para sentir esa molestia que ya se volvió costumbre. Hablo de esa sensación de que, por más que cambien los nombres en Los Pinos o ahora en Palacio Nacional, hay cosas que se quedan clavadas como un clavo viejo en la madera.
Fíjense ustedes… yo recuerdo cuando en 2010 andaba uno revisando los reportes del Banco Mundial y ya salía uno con cara de “otra vez lo mismo”. En aquel entonces los indicadores de gobernabilidad nos pintaban un México que retrocedía en control de la corrupción, en estabilidad política y en estado de derecho. La violencia nos había tirado a la mitad de lo que teníamos en 2003 y el miedo a que el gobierno se desestabilizara nos regresaba a niveles de 1998. Las policías no inspiraban confianza y cada sexenio llegaba pregonando que ya íbamos de subida. Vicente Fox se llenaba la boca con cifras y viajes al extranjero. “Ya estamos avanzando”, decía. Y uno, desde acá en el norte, se quedaba pensando: ¿será?
Pasaron los años. Calderón, Peña, López Obrador… y ahora vamos entrando al segundo año de Claudia Sheinbaum. Y los números del Banco Mundial, esos que actualizan cada tanto y que miran más de doscientos países, siguen contando la misma historia amarga. En los indicadores de 2025, con datos de 2024, el control de la corrupción se quedó estancado en 28.8 puntos de cien. Imagínense nomás: en el año 2000 estábamos en 46.8. Bajamos y bajamos hasta quedarnos abajo de casi tres cuartas partes del planeta. El estado de derecho anduvo por 37 puntos, también de los peores del siglo. La estabilidad política bajó un poco más. No es que el Banco Mundial sea el oráculo, pero con sesenta y tantos años de historia y casi doscientos países miembros, sus mediciones pesan. Y no es el único: Transparencia Internacional nos puso en 2025 con 27 puntos, lugar 141 de 182. Un puntito mejor que el año anterior, sí, pero todavía en el sótano de la OCDE y del G20.
Y uno se pregunta, mientras camina por la Alameda o por la Calle Victoria: ¿somos más corruptos? La respuesta, por desgracia, sigue siendo que sí, o al menos que no hemos sabido salir del hoyo. Cada gobierno llega con su discurso de “ya se acabó”, pero los escándalos siguen apareciendo, las policías se siguen asociando con lo que no deben y la gente de a pie sigue sintiendo que para trámites o para seguridad hay que echar mano de “la mordida” o de la suerte. En Coahuila lo vemos de cerca. En Torreón, donde nací, o aquí en Saltillo, donde llevo casi tres décadas, uno platica con comerciantes, con taxistas, con la gente de la plaza y siempre sale el mismo lamento: “pos la cosa es que no avanza”.
Hace poco anduve pensando en algo que parece lejano, pero no lo es tanto. La cadena Soriana, esa que nació en La Laguna y que tantos de nosotros vimos crecer desde los años setenta, anunció el cierre de veinte tiendas en todo el país durante este 2026. Ocho ya bajaron cortinas en el primer trimestre y otras doce van en camino; además van a achicar unas sesenta más, sobre todo hipermercados. Dicen que es reestructura, que los hábitos de compra cambiaron, que Walmart y Chedraui empujan fuerte. Puede ser. Pero uno, con años de ver cómo se mueve el norte, no puede evitar preguntarse si el clima de inseguridad, de reglas poco claras y de esa corrupción que se mete hasta en lo cotidiano no termina pesando también en las decisiones de las empresas. Cuando un negocio grande empieza a recortar, alguien se queda sin empleo, alguien pierde la tienda de la esquina donde compraba la despensa. Y eso se siente aquí, en Ramos Arizpe, en Monclova, en Piedras Negras.
La corrupción no se cura en un sexenio ni en dos. Es un cáncer que pide trabajo de años, de décadas, de instituciones que realmente funcionen y de ciudadanos que no se resignen. Yo he visto de todo en estas casi cuatro décadas de periodismo: alcaldes que prometían y no cumplían, gobernadores que llegaban con grandes planes y se iban dejando el mismo olor a sospecha. Y cada vez que un organismo serio como el Banco Mundial o Transparencia saca sus cifras, hay quien se enoja y dice que son inventos de afuera. Pero los números están ahí, duros, sin adornos.
¿Y saben qué? Lo que más duele no es el dato de hoy. Es pensar en los que vienen detrás. Los jóvenes de Saltillo, de Arteaga, de Acuña, los que todavía creen que las cosas pueden cambiar. Si seguimos repitiendo el mismo discurso y los mismos resultados, ¿qué les estamos dejando? Un país donde la confianza en las instituciones se derrumba y donde hasta las cadenas comerciales tienen que reacomodar sus piezas porque el piso no está firme.
Uno no escribe esto para echar más leña al fuego. Lo escribe porque, después de tanto tiempo viendo el mismo panorama, todavía cree que vale la pena señalarlo. Porque si no miramos de frente lo que los números nos gritan, vamos a seguir caminando en círculos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

