OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
La recámara del fondo

Este viernes, en México le pondrán listón al almanaque y dirán que es el Día del Abuelo. En Saltillo van a verse ramos en el mercado, un desayuno en alguna casa de la Morelos o de la Zapalinamé, tal vez un grupo del DIF cantando en un salón. Está bien. Que se reúnan. Que se abracen. Lo que no está bien es que el cariño se agote el veintinueve, cuando el listón se guarda y el abuelo vuelve a la recámara del fondo, con el televisor y la pastilla de las ocho.
Agosto se ha vuelto el mes en que las instituciones recuerdan a la gente mayor. El veintiséis de julio, en otros países, es el día internacional. Aquí se formalizó el veintiocho de agosto. Políticamente ahora se dice adulto mayor, inclusión, derechos. Palabras que suenan limpias en un discurso. En la vida de a pie, fíjense ustedes, muchos siguen siendo el señor de la esquina, la señora que espera el camión con la bolsa del mandado, el que ya no rinde en la fábrica y tampoco cabe del todo en la casa de los hijos.
La verdad yo he visto de todo. En Torreón, en Monclova, en Acuña, en Saltillo donde vivo desde hace casi tres décadas, me he sentado a platicar con hombres y mujeres que ya no tienen la misma fuerza en las manos y, sin embargo, recuerdan con una lucidez que a más de un joven le haría falta. Cuentan cómo se levantó un barrio, cómo se aguantó una sequía, cómo se crió a media familia con un sueldo que hoy no alcanzaría ni para la renta. No hablo de nostalgia barata. Hablo de oficio. De gente que construyó pueblos y todavía se le ofrece, como gran oportunidad, el chaleco de empacador voluntario. ¡Ande… no!. Hay quienes sí quieren ese trabajo y lo hacen con dignidad. Pero reducir a una generación entera a la bolsa del súper es no haber entendido nada.
En Coahuila ya pasamos de trescientos mil adultos mayores. Saltillo envejece más aprisa de lo que crece el discurso: el índice de envejecimiento se triplicó en lo que va del siglo y hacia 2040, dicen las proyecciones, habrá más de sesenta personas de sesenta y cinco años por cada cien menores de quince. No es un dato para asustar. Es un espejo. Los que hoy andamos en edad productiva no somos eternos. Algún día nos va a tocar el tinaco, la cita del seguro y la pregunta de en cuál cuarto nos van a poner.
Hay pensión. Seis mil cuatrocientos pesos cada dos meses, si se tiene sesenta y cinco y se está en el padrón. Hay credencial del Inapam, descuento en el predial, en el agua, en algún restaurante. El DIF del estado junta grupos, da talleres, reparte raciones en decenas de centros. Nadie niega que eso alivia. ¿Y saben qué? Alivia a medias cuando el abandono no se paga con una tarjeta. He conocido casos —no voy a dar nombres, no hace falta— de abuelos que rotan de hijo en hijo como golondrinas, una temporada aquí, otra allá, encerrados en un cuarto chico “para que no estorben”. Comida hay. Trato, a veces no. Y la soledad come más que el hambre.
También he visto lo contrario. Un señor de Ramos Arizpe que sigue en el taller porque el oficio le late más que la pensión. Una señora de Arteaga que cuida nietos y todavía vende comida los domingos. Gente fuerte, más fuerte que muchos de treinta que se rinden a la primera. Tienen derecho a trabajar si quieren y pueden. A ser útiles no por lástima, sino porque les queda cabeza y ganas. La sociedad y el gobierno les deben respaldo, no un mes de fotografías.
Respetarlos no es un eslogan de agosto. Es no dejarlos mudarse de casa en casa como un mueble. Es una alimentación decente, un sitio digno, un médico que no los trate de “abuelito” como si ya no entendieran. Es escucharlos. Yo me siento afortunado de haber convivido con varios. Me dejaron consejos que no salen en ningún manual. Una anécdota de don Braulio, un dicho de la Laguna, la paciencia de quien ya vio caer gobiernos y no se asusta por un titular.
Este viernes, si usted puede, visítelos. No les lleve solo el pastel. Lléveles tiempo. Y el sábado, cuando ya no haya día oficial, no los suelte. Porque las manos que alguna vez fueron fuertes y levantaron Coahuila —sus pueblos, sus fábricas, sus escuelas— no pedían un monumento. Pedían no ser olvidadas entre una fecha y la siguiente. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


