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Guillermo Robles

Los kilómetros que no caben en un informe

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Los kilómetros que no caben en un informe

Las cosas en esta vida, rara vez llegan solas y nunca salen de a gratis. Tienen un costo. Y el costo casi siempre se paga con horas que no se recuperan y con recorridos que no aparecen en ningún boletín.

Hace un buen rato que Octavio Pimentel Martínez anda al frente de la Autónoma. Llegó en febrero del 24, salido de la Facultad de Sistemas, de esas que uno conoce de cerca porque ahí se formó y ahí dio clase durante años. No era un extraño. Había sido director de su propia facultad, había andado en vinculación, había visto la universidad desde adentro. Eso no lo vuelve infalible. Lo vuelve, cuando menos, alguien que sabe dónde le aprieta el zapato a cada plantel.

En estos meses que van de 2026 lo he visto, y he leido en publicaciones  oficiales, recorriendo otra vez la Unidad Laguna. La semana pasada apenas tomó protesta a un director en Sistemas de Torreón e inauguró un gimnasio de pesas en la Venustiano Carranza. Cosas chicas, dirán algunos. Cosas que un rector de escritorio se ahorra. Pero ahí está el punto. La universidad se sostiene, o se desmorona, en esos detalles que no dan titular grande.

La matrícula anda ya por los 41 mil y pico de estudiantes. No es un salto milagroso. Es un crecimiento contenido, de esos que se dan cuando no hay dinero extra de la Federación y aun así se busca no cerrarle la puerta a quien viene de una casa donde el gasto se cuenta diario. Se abrieron carreras que hace poco no existían: nutrición, organización deportiva, robótica, negocios internacionales en Piedras Negras, enfermería en el Norte. Posgrados que ahora suman veinticuatro reconocidos. Treinta planes certificados. Equipo que llega a cuentagotas: computadoras, mesabancos, minisplits. No alcanza para todo. Nunca alcanza. Pero llega.

Y aquí viene lo que a uno le queda dando vueltas, porque no se puede hablar de la casa de estudios fingiendo que el dinero no existe. El hueco de las pensiones no se ha cerrado. Sería mentira decirlo. Anduvo por los 650 millones y las proyecciones de este 2026 lo siguen colocando en esa misma orilla, a veces un poco más arriba, en el tramo que el propio rector ha llamado el más crítico. No es un invento de esta administración. Viene de atrás, de cuando se cayeron los fideicomisos federales y quedaron casi tres mil pensionados contra unos cuantos cientos de activos. Pimentel lo ha dicho sin vueltas: harán falta años, muchos años, para aplanar esa curva. Veinte, si se quiere ser honesto.

Lo que sí se ve, y eso también hay que anotarlo, es que no se sentaron a esperar milagros. Recortaron gasto corriente, dejaron de reponer plazas que se jubilaban, apretaron viáticos y gasolina, y con eso han ido cubriendo la quincena y el aguinaldo. Las auditorías federales salieron en ceros dos años seguidos. Las estatales bajaron de manera fuerte. Finanzas operativas más ordenadas. El déficit pensionario, en cambio, sigue ahí, como una piedra que ninguna universidad pública del país ha podido quitar sola. Confundir una cosa con la otra es de poco favor.

Yo he cubierto rectorías desde hace décadas. He visto a unos que se enamoran del cargo y a otros que se desesperan a los seis meses. Pime, por lo que se ve en el territorio, ha preferido el pasillo al comunicado. Ha andado en Saltillo, La Laguna y el Norte. Ha ido a México a pelear recursos que casi nunca llegan completos. Ha tenido que decidir qué se repara este año y qué se deja para el siguiente. Nada de eso es heroico. Es, simplemente, el trabajo sucio que alguien tiene que hacer si no queremos que la máxima casa se convierta en un cascarón.

¿Y la familia? Uno no pregunta esos detalles en voz alta, pero se imagina. Los fines de semana que se quedan en la carretera entre Arteaga y Monclova, las noches en que el teléfono no deja dormir. Lo mismo que le pasó a otros antes. La diferencia está en si uno se queda a medias o sigue.

Todavía le quedan meses de este periodo. Los retos no se van a desaparecer en diciembre ni en enero. El presupuesto seguirá corto. Las demandas de cada escuela seguirán llegando. Habrá quien diga que falta más, que se pudo haber hecho distinto, que las cuentas no cuadran del todo. Tiene derecho a decirlo. La universidad no es de un rector. Es de los que estudian en ella y de los que pagan impuestos en este estado.

Lo que a mí me queda, después de tanto tiempo viendo cómo se administra lo público en Coahuila, es una pregunta sencilla. ¿Queremos una universidad que solo se mida por el tamaño del hueco pensionario que nadie en el país ha resuelto, o también por el muchacho de la Comarca que sí pudo inscribirse, por la muchacha de Allende que encontró un posgrado cerca de casa, por el laboratorio que por fin tiene equipo aunque no sea el último modelo?

Eso no se resuelve en una columna. Se soluciona recorriendo otra vez los mismos kilómetros. Sin pose. Sin esperar que alguien aplaude. Porque la casa de estudios, la de verdad, nunca ha sido fácil ni ha sido gratis. Y el déficit que duele no se baja de un plumazo. Se sostiene, se ordena lo demás, y se sigue andando. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org