OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
El agua cae y los nombres no se van

Hay un ruido que uno carga desde chico en Saltillo: el de los camiones por Venustiano Carranza, el silbato lejano del tren, la gente que se saluda fuerte en la Alameda. Por eso extraña tanto cuando un lugar enorme se le apaga a uno adentro. En 2024, parado frente a esas dos piscinas negras donde antes se alzaban las Torres Gemelas, sentí eso. El tráfico de Manhattan seguía ahí, a unos cuantos metros. Se oía. Y, sin embargo, frente al agua que se despeña hacia un hueco sin fondo, todo eso se volvía lejano, como si el sitio mismo le pidiera a uno bajar la voz.
Hoy se cumplen veinticinco años. Un cuarto de siglo. Fíjense ustedes qué pronto se dice y qué lento se vive para quien perdió a alguien aquella mañana. Yo andaba con mi cámara, como siempre, y me quedé un rato pasando la yema del dedo por los nombres recortados en bronce. No son letras pintadas. Están en relieve. Se sienten. Ann Walsh. Anthony Demas. Barbara. Crowe. Pouletsos. Cada apellido con peso de persona. Uno no los conoce y, aun así, entiende que ahí está lo que quedó de una vida. Alrededor, árboles y edificios con cúpulas verdes; el sol metiéndose entre torres de vidrio. Abajo, el agua no deja de caer. Esa es la obra: no un monumento que grita, sino uno que obliga a callar.
Todavía se siguen identificando restos. En agosto del año pasado nombraron a tres personas más: un comerciante de divisas de veintiséis años, Ryan D. Fitzgerald; una ejecutiva jubilada de setenta y dos, Barbara A. Keating; y una tercera cuyo apellido la familia pidió no publicar. El mes pasado, ya casi encima de este aniversario, las autoridades de Nueva York dieron otro nombre —una mujer adulta, también a petición de los suyos— usando por primera vez una técnica de genealogía genética que en 2001 ni siquiera existía. Van mil seiscientos cincuenta y cuatro identificados de los dos mil setecientos cincuenta y tres que murieron en aquel edificio. Quedan cerca de mil cien sin nombre científico, aunque todos están escritos en esos barandales. El tiempo no los borró. La ciencia, a trompicones, los va sacando del escombro.
¿Y saben qué? Para muchas familias el once de septiembre no es una fecha cívica. Es el día en que el reloj se atascó. Quienes sobrevivieron y quienes esperaron en vano siguen, en cierto modo, parados en aquella mañana. El ataque de dos aviones contra las torres, otro contra el Pentágono, el cuarto que no llegó a su blanco, no sólo derribó edificios. Le quitó a Estados Unidos aquella idea, tan de película, de que era intocable. Hollywood nos había acostumbrado a que al final siempre aparecía la solución. Aquel día no apareció. Pearl Harbor dejó de ser la herida más honda en suelo norteamericano. Y el mundo entero entendió, de golpe, que no había potencia a prueba de cobardía.
Desde entonces viajamos distinto. Quien haya cruzado a Piedras Negras o se haya formado en un aeropuerto internacional lo sabe sin que se lo expliquen: zapatos en la charola, el escáner, la cabina, las cámaras que lo miran a uno desde antes de entrar al edificio. No es capricho de aduana. Nació de aquel polvo. Cambió el abordaje, cambió la frontera aérea, cambió hasta la manera en que uno se sienta en un avión y voltea a ver quién viene atrás. La confianza no regresó del todo. Ni allá ni acá. El comercio se globalizó y una guerra, un gobierno o un atentado en otra latitud nos alcanza en la gasolina, en el dólar, en el ánimo.
Yo salí de ese memorial con una mezcla rara. Maravillado, sí, porque la obra es sobria y hermosa. Y al mismo tiempo con el pecho apretado, porque cada nombre es la prueba de que la calma de ahora está construida sobre un hueco. Pues la cosa es que uno, desde Coahuila, puede pensarlo lejano. No lo es. Aquel día también vimos las torres caer en la televisión de la sala, en el café, en la redacción. Y desde entonces aprendimos que la seguridad de un país no se presume: se cuida, se revisa y, cuando falla, se reconstruye con memoria, no con discurso.
Hoy van a leer otra vez la lista. Van a caer las dos cascadas. Van a prender esas luces que suben al cielo. Y nosotros, tan lejos, haríamos bien en no tratarlo como efeméride de otros. El fondo no es solo lo que le pasó a Nueva York. Es lo frágil que resulta la vida ordinaria —un vuelo, una oficina, un martes— cuando alguien decide usarla de proyectil. Por eso esos nombres siguen ahí, al sol y al agua, esperando que no los volvamos paisaje. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org




