OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
No es la cruz, es el proveedor

Uno puede observar pasar a las mamás con la bolsa del súper y el celular en la mano, y entiende que septiembre ya no es solo el mes de la bandera. Este mes, otra vez, es el mes del desembolso. El ciclo 2026-2027 apenas va en su tercera semana y en más de una casa de Saltillo, de Ramos Arizpe, de Torreón o de Monclova ya se armó la misma discusión de siempre: si el niño entra o no entra con el pantalón del año pasado.
Fíjense ustedes. Hace dieciséis años escribí casi lo mismo y me da un poco de pena reconocerlo. Entonces los papás de colegios particulares, sobre todo de esos que se anuncian con cruz, con himno y con discurso de formación humana, andaban con el Jesús en la boca porque les cayeron encima uniformes nuevos. Hoy la escena se repite, apenas con otros precios y con otra tela. La crisis no se fue. Cambió de nombre. Se llama colegiatura, libros, transporte y, encima, el paquete “oficial” que no se puede comprar en cualquier lado.
La verdad yo he visto de todo en esta profesión. He visto a una madre contar billetes en una banca del centro como si estuviera rezando. He visto a un padre de Arteaga decir, sin alzar la voz, que el chamaco sí entra a clases, pero que el jumper nuevo se va a quedar para después. Y he visto también cómo en las escuelas públicas del estado, por lo menos en las rurales y en las colonias más apretadas, el gobierno anda entregando útiles y, en varios planteles, uniforme y tenis. Uno puede discutir el programa, el color de la playera o si llega a tiempo. Pero el contraste está ahí, a la vista. Donde más se predica la caridad, a veces menos se practica.
En Coahuila está escrito, y no de ayer, que si una escuela —pública o privada— pide uniforme, tiene que dar hasta cuarenta días hábiles, que los papás puedan comprarlo donde les acomode y que no se puede amarrar a un solo proveedor. La Profeco lo volvió a soltar este mismo agosto, con guía y todo, para el regreso a clases de 2026: nadie puede condicionar la inscripción ni la entrada al aula a que usted compre en “la” tienda. ¿Y saben qué? Del dicho al hecho sigue habiendo un trecho largo, de esos que se miden en recibos.
No es que el uniforme sea el enemigo. Un niño identificado, un patio más parejo, una menos preocupación por la marca de la mochila: todo eso se entiende. Lo que no se entiende es el cambio de modelo a mitad de la carrera, o el cambio de proveedor cuando el anterior todavía tenía tela buena. Lo que no se entiende es que a un niño de reciente ingreso le pidan el juego completo cuando la familia acaba de comprar el otro hace unos meses. Eso, díganle como le quieran decir, pesa. Y pesa más cuando en la misma ciudad un pantalón genérico anda por doscientos o trescientos pesos y el “oficial” se va a casi el doble, o al triple, y el paquete entero —diario, deportivo, gala, chamarra, bordado y lo que se ofrezca— se sube a miles. En Saltillo se han documentado este agosto, conjuntos que rozan los ocho mil pesos. En algunos planteles, con todo y “opcionales”, la cuenta pasa de los doce. Imagínense nomás dos hijos. O tres.
Hay quien explica que la tela se decolora. Que el proveedor de siempre ya no da el mismo acabado. Que la imagen institucional necesita “renovarse”. Sabe a qué me refiero: esas razones que suenan serias en la junta y flojas en la cocina. Si el uniforme se destiñe a los ocho meses, el problema no es el papá. Y si el colegio cambia de sastre porque el nuevo “conviene más”, entonces ya no estamos hablando de formación. Estamos hablando de margen.
La autoridad educativa ha repetido hasta el cansancio que el uniforme no puede ser candado de la puerta. Que no se extraña al niño, que no se le sienta en la dirección, que no se le marca frente al grupo. Empero, mientras alguien no baje al patio un martes a las siete y media, la regla se queda en el papel y el miedo se queda en la casa. Los papás andan calculando quincenas. Las directivas andan calculando imagen. Y en medio está un niño que lo único que quiere es no llegar distinto.
No estoy pidiendo que los colegios particulares se vuelvan tienda de descuento. Cada quien cobra lo que cobra y cada familia elige, con lo que tiene, dónde pone a sus hijos. Estoy pidiendo algo más viejo y más simple: que no se convierta la ropa en un impuesto extra. Que si de veras se habla de sentido humano, se note en septiembre, que es cuando duele, y no nada más en la misa de inicio de cursos.
Al final uno se pregunta, y se lo pregunta a usted también, qué estamos formando cuando el primer aprendizaje del año es que hay que pagar para aparentar. Si la educación particular quiere seguir hablando de valores, que empiece por no castigar la economía de quien ya le confió al hijo. El problema, como siempre, no es la tela. Es quién decide que la tela de este año ya no sirve. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


