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Guillermo Robles

Título en la sala, espera en la calle

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Título en la sala, espera en la calle

Hay frases que se repiten tanto en Saltillo que uno ya las oye sin querer. Que el muchacho “sale y al día siguiente está colocado”. Que el ochenta por ciento, o el setenta y nueve, o el noventa y pico, entra de inmediato al sector productivo. Que el resto sigue estudiando o tarda poquito. Fíjense ustedes que esas palabras suenan bien en un auditorio. Suenan a alivio. El problema es que luego uno se topa, en alguna reunión con el papá que ya no sabe qué cara ponerle al título que cuelga en la sala.

Esta semana, como tantas de este septiembre, volví a escuchar la misma historia con distinto apellido. No hace falta nombrar escuelas. En el norte todos sabemos de qué estamos hablando. Instituciones de medio superior y de superior que se promocionan de un número. Un porcentaje redondo. Una promesa que cabe en una diapositiva. Y la cosa es que… el porcentaje no se sienta a la mesa cuando el hijo lleva meses mandando solicitudes y la respuesta no llega.

Yo he visto esa escena desde Torreón hasta Piedras Negras. Reunión de padres. Cifra alta. Aplauso corto. Y de pronto alguien, que no es empresario ni anda buscando pelea, levanta la voz. Dice que su hija lleva dos años con el papel en la mano. Que el hijo recorrió plantas de la región y nadie contestó. Que el único vástago, a cuatro años, sigue esperando. Imagínense nomás el silencio que se cae encima. Porque la verdad incómoda, la de toda la vida en Coahuila, es que una parte de quienes sí agarran chamba al otro día la agarran porque hay taller, empresa o conocido en casa. El resto se mide con el mercado de verdad. Y el mercado no lee boletines.

No niego que por Saltillo, Ramos Arizpe y Derramadero la industria todavía jala gente. Coahuila anda con una desocupación baja si uno mira el dato general, cerca del tres por ciento en los últimos recortes del INEGI. Formalidad alta. Plantas que sí contratan técnicos. El asunto es otro. Una tasa estatal no le consigue contrato al joven que salió de un nivel técnico o de una licenciatura y se encuentra con recorte de turno, con quince candidatos para el mismo puesto, o con que le piden lo que en el aula no le dejaron bien parado. Hay quienes a los dos o tres años no hallan ni en su ramo ni en otro. Y entonces se van. A Querétaro. A San Luis. A Puebla. Al sureste, a un hotel o a un restaurante. Lo logran algunos. No todos. Y casi nunca en lo que estudiaron con tanto sacrificio de la familia.

¿Y saben qué? Nadie tiene el censo. Esa es la parte que menos se dice. No hay padrón fidedigno, de ninguna casa de estudios de cualquier rama, que le siga la pista al egresado al tercer año, al cuarto, al quinto. Hay seguimiento de dos años y luego se pierde el hilo. Quedan encuestas, convenios, recuerdos de vinculación y un número que viaja muy bien en la nota de prensa. Hablar así, con tanta seguridad, alienta. También lastima. Porque el padre sale de la reunión con esperanza y meses después se queda con la decepción. Más vale una verdad a medias, que una cifra que consuela y no firma.

La verdad yo he platicado con mamás de Arteaga y de Acuña que guardan el título como quien guarda un vale que nadie les quiere cobrar. No es amargura. Es cansancio. En lo que va de este año las ferias de empleo de la capital ofertan de todo, sí, pero la mayor parte sigue siendo operativo y técnico de piso, con sueldos que no siempre alcanzan para lo que se soñó cuando se pagó la inscripción. Un buscador, dicen por ahí las propias oficinas del trabajo, puede tardar meses en recolocarse. El recién egresado no es la excepción. A veces es la regla que no sale en el discurso.

Sabe a qué me refiero. El norte ha sido tierra de oficio y de planta. También de orgullo familiar cuando el hijo “ya es profesionista”. Ese orgullo se vuelve piedra cuando el diploma no abre puerta. No se trata de negar que hay escuelas que forman bien y empresas que sí miran el expediente. Se trata de dejar de vender la inmediatez como si fuera ley de la región. Los tiempos de 2026 no son los de hace quince años, aunque la cantaleta se parezca. Hay inteligencia artificial, hay recortes, hay inversión nueva y hay incertidumbre en la misma cuadra. Lo que no ha cambiado es la tentación de presumir colocación para que la esperanza —y la matrícula— no se enfríen.

Uno puede entender a quien dirige una escuela. Quiere llenar salones. Quiere quedar bien con el sector. Quiere que el padre no se asuste. Pero el respeto a esa familia empieza cuando se deja la presumida para otro día. El que se sienta esta tarde bajo los árboles, con el comprobante de egreso en la bolsa y el teléfono sin llamadas, ya sabe cuánto pesa un ochenta por ciento cuando no cae el depósito. La cifra abraza. El sueldo, cuando no llega, enseña. Y entre una y otra, más nos valdría hablar claro. No para quitarle ilusión al joven. Para no cobrársela después en silencio. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org