OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Cubeta contra el reglamento

Para cualquier conductor el llegar a su destino se convierte en un desafío al momento de buscar un estacionamiento. Le das vueltas a la misma cuadra o a la siguiente o varias cuadras, pero no encuentras. Lo único que ves, es en lugar de carros estacionados es una cubeta volteada. Una silla de plástico desvencijada. A veces un palo con un trapo. Y la raya amarilla, esa que alguien pintó de noche con la brocha prestada del primo. Y aunque la calle sigue siendo de todos, pero hay quien la trata como si le hubiera salido en la sucesión.
La cosa es que esto no es nuevo. Lo vengo viendo desde que andaba de reportero en Torreón, cuando todavía se peleaban el cajón a gritos frente a las tiendas de la Juárez. Lo vi en Monclova, en esas cuadras del centro donde el comercio se come la banqueta y el estacionamiento. Lo vi en Ramos Arizpe, donde este año las autoridades anduvieron amenazando con borrar toda raya que no trajera folio. Y lo sigo viendo aquí en Saltillo, que es donde vivo desde hace casi tres décadas y donde, imagínense nomás, el municipio ya cobra por el exclusivo legal… y aun así hay quien lo inventa por su cuenta.
La verdad yo he visto de todo. Comerciantes que extienden su “reservado” hasta la finca de al lado. Vecinos que, cuando no ocupan el espacio, lo rentan al mejor postor. Y si alguien se atreve a no pagar, ahí vienen los insultos. Amenazas de rayarle el coche. Una vez, hace años, presencié una discusión en Victoria que terminó con dos tipos empujándose porque uno juraba que “ese pedazo es mío desde que abrió el negocio”. El agente de vialidad estaba a diez metros. Miraba. No decía nada. Como si el reglamento se hubiera quedado en la guantera.
Hoy el panorama cambió un poco y, al mismo tiempo, no cambió nada. En Saltillo ya no se puede decir que el Centro Histórico no tiene reglas. Hay parquímetros. Hay tarifas publicadas para 2026: más de siete mil pesos el particular en el primer cuadro, más de once mil si es comercial. Quien paga, tiene derecho. Quien no paga y pinta rayas o pone tinas, está cometiendo una falta. Las autoridades dicen que levantan entre cincuenta y sesenta infracciones al mes por invadir cajones exclusivos, sobre todo en el Distrito Centro, y que la multa anda por los dos mil doscientos pesos. También dicen que retirar objetos de la vía pública aumentó el año pasado. Treinta y tantos cajones liberados en unos meses. Suena a avance. ¿Y saben qué? En la calle se siente a medias.
Porque el problema de fondo nunca fue solo la pintura. El problema es la costumbre. Esa idea arraigada de que el frente de mi casa, o de mi tienda, me pertenece. Como si el predial diera título de propiedad sobre el asfalto. La vía pública no se hereda ni se arrienda en lo oscurito. Si el municipio cobra un exclusivo, ese dinero entra a Tesorería y debería volverse banqueta, bache, semáforo. Cuando el cobro lo hace un particular con una cubeta, el ingreso se queda en el bolsillo y la calle se vuelve coto.
Torreón anda en lo mismo, con otros números: el parque vehicular se disparó y los exclusivos legales apenas llegan a unos cuantos cientos; detectaron decenas de “piratas” pintados sin permiso. En Monclova también se pelean el cajón, a veces con amenaza de por medio. En Acuña han salido a recoger sillas y puestos que apartan lugar. El patrón se repite de norte a sur del estado.
Lo más raro de Saltillo es Victoria. Calle transitada, con parquímetro y reglamento, y todavía aparecen esos “separados” que se comen hasta el frente colindante. Cuando el cajón está vacío, nadie más lo usa si no paga la cuota informal. El tránsito a veces actúa y a veces se queda de mirón. El reglamento existe. Lo que falta es el carácter para aplicarlo todos los días, no nada más cuando sale la nota.
He caminado esas cuadras. He oído al que paga su exclusivo y se enoja cuando se lo invaden, y al que no paga nada y se siente dueño porque “siempre se ha hecho así”. Entre unos y otros, la calle se hace estrecha. No solo de metros. De convivencia.
Uno entiende la desesperación: hay más coches y menos lugar. Pero de ahí a convertir la banqueta en taquilla hay un salto que no deberíamos normalizar.
A estas alturas de 2026, con tarifas oficiales, parquímetros y denuncias por WhatsApp, seguir viendo cubetas en la calle es casi una confesión: la ley se respeta cuando conviene. Si hay complicidad, peor. Tratándose de dinero y de un cajón que todos necesitamos, todo puede esperarse.
La pregunta que me queda no es si van a pintar más rayas. Es si algún día vamos a aceptar que la calle no tiene apellido. Que el exclusivo de verdad se paga en ventanilla, no con una silla y una mirada fea. Mientras eso no ocurra, seguiremos discutiéndonos el asfalto como si fuera solar propio. Y la ciudad, la de todos, se irá quedando un poco más chica. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


