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Guillermo Robles

El agua que no se llevó solo los escombros

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

El agua que no se llevó solo los escombros

25 de octubre 2025.-Cuando las aguas empezaron a subir en Poza Rica esa primera semana de octubre, la gente no alcanzó a creerlo del todo. Uno ve las fotos y los videos que circulaban, familias subiendo a los techos con lo que podían cargar, niños en lanchas improvisadas, y parece una escena lejana, de esas que uno mira por televisión y piensa que pasa en otro lado. Pero era aquí, en este país que todo el año había estado hablando de crecimiento económico, de atracción de inversiones y de golpes contra el crimen organizado. El agua no preguntó por los titulares.

Las lluvias torrenciales que cayeron entre el seis y el once de octubre, impulsadas por la combinación de sistemas tropicales que se intensificaron más rápido de lo esperado, dejaron acumulados que en partes de Veracruz superaron los quinientos milímetros en pocos días.

El río Cazones se desbordó hasta alcanzar los ocho metros y medio en algunas zonas, cuando su umbral crítico anda por los tres metros. En la Huasteca veracruzana, hidalguense y poblana los cerros se soltaron en deslaves y los ríos se salieron de cauce sin dar tiempo a mucho.

El saldo que se fue confirmando con los días fue de más de sesenta y cinco fallecidos, decenas de desaparecidos y miles de personas que de la noche a la mañana se quedaron sin casa, sin luz y sin forma de salir de sus comunidades. Ciento doce poblados seguían incomunicados una semana después, según los reportes oficiales. Más de trescientas veinte mil personas se quedaron sin electricidad y casi mil kilómetros de carreteras sufrieron daños graves.

La región ya conocía este tipo de embates. En 1999 la Huasteca vivió inundaciones devastadoras que dejaron un recuerdo amargo. En 2007 y en 2020 volvieron a pasar cosas parecidas, aunque en menor escala. Lo que cambió este año fue la intensidad combinada de varios fenómenos atmosféricos al mismo tiempo, pero también quedó claro que las lecciones de aquellos desastres anteriores no se tradujeron del todo en obras de contención o en reglas de construcción más estrictas en las zonas de riesgo. La planeación territorial sigue llegando tarde, cuando ya hay colonias asentadas en cauces secos o en laderas que se vuelven inestables con la primera lluvia fuerte.

La respuesta, hay que reconocerlo, llegó con rapidez y con recursos. Las fuerzas armadas activaron el Plan DN-III-E en los estados afectados, la Marina participó en rescates y el gobierno federal anunció un paquete de apoyo de diez mil millones de pesos para atender daños en viviendas y caminos.

Se hicieron censos de decenas de miles de casas afectadas y se empezó a hablar de reconstrucción. Eso no se puede negar ni minimizar. Lo que sí duele es que otra vez estemos en el mismo ciclo de siempre: desastre, respuesta heroica, declaraciones de emergencia y luego el regreso paulatino a la normalidad mientras las lecciones se van diluyendo con el tiempo.

No es que falte capacidad técnica ni que no haya dinero disponible cuando la emergencia ya está encima. Lo que parece faltar es la decisión sostenida de invertir en prevención antes de que el agua suba.

Mientras tanto el país seguía celebrando otros números durante 2025. La atracción de inversiones por el nearshoring, los planes para mover la economía hacia sectores más dinámicos, las operaciones que reducían ciertas cifras de violencia en algunos lugares. Todo eso importa y tiene su peso. Pero cuando el agua se lleva el patrimonio de familias enteras, cuando comunidades quedan aisladas semanas enteras y cuando la reconstrucción depende de que llegue ayuda desde fuera, uno se pregunta qué tan sólido es ese crecimiento si no resiste el primer temporal fuerte.

No se trata de elegir entre economía o seguridad versus territorio. Se trata de entender que sin un suelo que aguante, sin gente que pueda quedarse en su lugar sin miedo a que se lo trague el río, todo lo demás se vuelve frágil con más facilidad de la que queremos admitir.

Me quedé pensando en eso al ver las imágenes de Alamo y de otras comunidades donde el agua llegó a más de dos metros en algunas casas. Gente que perdió lo poco que tenía y que ahora tiene que empezar de nuevo mientras las autoridades prometen que esta vez sí van a revisar los planes de ordenamiento.

Uno quiere creer que algo cambia después de cada tragedia. Que el censo de daños, los recursos anunciados y las promesas de revisar dónde se construye van a traducirse en algo concreto. Pero la historia reciente de la región nos ha enseñado que la memoria institucional también es corta cuando el agua se retira y las pantallas pasan a otro tema.

Quizá lo más difícil de estas inundaciones no fue el agua misma. Fue darse cuenta de que seguimos tratando el territorio como algo secundario, como si el desarrollo pudiera ocurrir en abstracto, sin importar cómo está hecho el suelo ni cómo vive la gente que lo habita.

Las cifras de inversión suenan bien en los reportes nacionales, pero no protegen a quien vive en una ladera que se puede venir abajo o en un barrio que se inunda cada vez que llueve más de lo normal. Y mientras no pongamos eso en el centro de las decisiones, vamos a seguir viendo las mismas escenas cada temporada de lluvias fuertes.

Lo que quedó después de octubre no fueron solo escombros y cuentas por pagar. Quedó también la evidencia de que podemos reaccionar con rapidez cuando algo se rompe, pero que todavía nos cuesta mucho anticipar y evitar que se rompa.

Ojalá esta vez el agua no se lleve también la posibilidad de hacer las cosas de otra manera. Porque el país que queremos no es el que presume números mientras la gente sigue subiendo a los techos cuando llueve de verdad. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org