OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Bronce sagrado, chatarra del pecado

Aquí en Coahuila está entre los más tranquilos del país. Tan solo en homicidios dolosos en 2025 fue de alrededor de 2.5 por cada 100 mil habitantes, es decir, el segundo más baja del país, solo detrás de Yucatán. En el primer trimestre de 2026, los homicidios nacionales bajaron 41% en 18 meses y Coahuila ni siquiera aparece en el grupo de los siete estados que concentran más de la mitad de los casos. El crimen organizado ya no manda como hace una década; la estrategia estatal y federal ha dado buenos resultados reales.
Pero no hay que confundir con el otro crimen que son los robos, hurtos, delitos del fuero común, ya que ahí si hay una gran diferencia. Uno lee las cifras oficiales y parece que todo mejora, pero sale a la calle y en ciertas colonias la precariedad se ve a leguas.
Calles que todavía no conocen el pavimento, puro polvo y baches. Casas levantadas con lo que se pueda: paredes de cartón, techos de lámina que suenan como tambor cuando cae la lluvia. Ahí vive gente trabajadora, gente de a deveras, que todos los días se levanta con lo justo y aun así encuentra fuerzas para soñar un poco.
En una de esas comunidades, aquí en Saltillo, la colonia Puerta de Oriente, ni la iglesia fue la excepción. No es templo de cantera ni de ladrillo fino, no señor. Tablas sueltas, cartón, lámina vieja. La cruz emblemática la armaron los mismos fieles con dos palos viejos amarrados con mecate o alambre, lo que encontraron a la mano. Pero con voluntad y con aportaciones de a poquito, de familias que apenas tienen para comer, primero levantaron un pilar. Luego, un buen día, juntaron lo suficiente para comprar una campana de bronce. La entregaron con orgullo. Imagínese la alegría. Las familias viéndola colgada ahí, oyéndola repicar para llamar a misa.
Era más que metal; era su esfuerzo hecho sonido, su fe hecha ruido en medio de la miseria. Repicaba y parecía que el cielo les contestaba. Pues un día no se oyó nada. Silencio absoluto. Acudieron extrañados, y se enteraron de la verdad: una rata de dos patas se la había llevado. La campana ya no estaba. Los fieles no daban crédito. Maldiciones, expresiones fuertes, lágrimas de coraje.
Al unísono repetían lo mismo: “No tienen perdón de Dios esos desgraciados”. Y la neta es que no lo tienen. No precisamente porque fuera parte de la representación de su fe, ni siquiera por el sacrilegio a lo que llamamos casa de Dios. No. Duele por dos razones más profundas.
Primero, el sacrificio económico de esas familias que dieron su donativo. Gente que no tiene piso de cemento, que vive bajo techos de lámina que calientan como infierno en verano, que surte agua de tomas colectivas y que aun así soltó lo poco que tenía. Esa campana representaba todo para ellos: solidaridad, apego a la religión, la prueba de que juntos podían levantar algo hermoso, aunque vivieran en la pobreza.
Segundo, porque estos malhechores roban por robar. Roban nomás. Sin necesidad, sin remordimiento. La campana de bronce tenía un costo modesto, pero para esa gente valía el mundo. Y ahora, probablemente ya la fundieron para venderla como cobre.
Para las autoridades o uno que otro funcionario incrédulo lo ve como cosa aislada. Sin embargo, están muy equivocados porque, la misma historia se repite en otros municipios como Monclova y Piedras Negras. Los amantes de lo ajeno no perdonan ni la casa de Dios.
Se llevan lo que pueden, lo que tenga valor en el mercado negro del metal. Recuerdo colonias parecidas en Torreón, hace tiempo, donde la gente también juntaba para poner una cruz o un altar. Y siempre el mismo patrón: el pobre da de corazón y el ratero llega sin alma. La verdad, duele en el pecho. Porque no es solo un robo; es robarle la esperanza a quien ya tiene tan poca.
Y la lógica es tan sencilla como cruel. Si hay quien compra cobre, alambre, fierros viejos sin pedir factura ni comprobante de propiedad, pues siempre habrá quien robe para vender. Las chatarrerías, las casas de compraventa, los negocios de “fierro viejo” siguen funcionando con esa facilidad que da impunidad. Entran y salen mercancía sin que nadie pregunte de dónde viene. ¿Hasta cuándo van a reglamentar y vigilar eso de verdad?
Mientras no se exijan normativas claras a quien compra y vende estos artículos, los latrocinios van a seguir prosperando. Unos cuantos ganan, muchos pagan. Y los que más pagan son los humildes, los que viven en esas colonias donde hasta la iglesia es de cartón. No crea que solo pasa con las iglesias.
Apenas esta semana, con el regreso a clases después de la Semana Santa que terminó el 5 de abril, en escuelas de Saltillo como la secundaria Margarita Maza de Juárez reportaron destrozos y presuntos robos. Ventanas rotas, cosas faltantes. Los muchachos llegando y encontrando el desmadre.
La SEDU ya integra el reporte de daños. Otra vez, en planteles de zonas vulnerables, donde los recursos son escasos y el esfuerzo de maestros y familias es grande. Es el mismo veneno. Roban por robar. Aprovechan la ausencia, la pobreza, la falta de vigilancia. Y uno se pregunta: ¿dónde queda la decencia? ¿Dónde queda el respeto por lo poco que tienen los que menos tienen?
Yo les digo con el corazón en la mano, estos robos no son solo delitos contra la propiedad. Son ofensas al esfuerzo diario de la gente buena. Familias que se levantan temprano, que trabajan bajo el sol, que aun así encuentran forma de contribuir a su iglesia o a la escuela de sus hijos. Y llega alguien sin escrúpulos y se lo lleva todo.
La campana de Puerta de Oriente ya no repica. Pero su silencio sigue gritando. Grita por justicia, por vigilancia, por un poco de decencia en este negocio sucio del metal robado. Porque mientras no hagamos algo de verdad, seguirán robando por robar.
Y Dios, que todo lo ve, seguramente estará tan cansado como nosotros de tanta sinvergüenzada. La verdad duele ver cómo en pleno 2026, con todo lo que hemos avanzado como país, todavía hay quienes no respetan ni lo sagrado ni lo humilde. Pero también da esperanza ver que la gente sigue creyendo, sigue aportando, sigue construyendo con lo que tiene.
Esa fe de cartón y ese bronce robado nos recuerdan que la verdadera riqueza no está en el metal, sino en el corazón de quienes, a pesar de todo, no se rinden. Ojalá algún día las campanas repiquen sin miedo. Mientras tanto, aquí seguimos contando estas historias para que no se olviden. Porque si no las contamos, ¿quién va a exigir que cambie algo? (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


