OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Factura que la Tierra nos pasa

Ayer, 22 de abril, se cumplió el 56 aniversario del Día Mundial de la Tierra. Fíjese usted, desde aquel 1970 que lo echaron a andar el senador Gaylord Nelson, el congresista Pete McCloskey y el activista Denis Hayes, la cosa ha seguido viva.
Siempre con un lema que pretende sacudir conciencias en todo el planeta. Este año volvió “Nuestro Poder, nuestro planeta”, el mismo del 2025, pero con un peso distinto, como si ya supieran que las palabras solas no alcanzan.
Y sinceramente es que campañas ha habido de sobra. Artistas, cantantes famosos, videos donde todos se agarran de las manos, lágrimas en los ojos y el corazón en la palma. Imagínense que intentan entregar sentimiento puro. Pero uno las ve y se pregunta: ¿y después qué?
Porque los que más ruido hacen para “concientizar” y vender productos son, irónicamente, los mismos países que más contaminan. Las potencias, las llamadas primeras del mundo, las que presumen su industrialización como trofeo.
El ejemplo más fresco lo vimos el año pasado. Con la administración de Donald Trump, en febrero del 2025 recortaron presupuesto y personal a la Agencia de Protección Ambiental. Y apenas cuatro días antes del aniversario, el presidente autorizó la pesca industrial en una de las reservas marinas más importantes del mundo: el Monumento Nacional Marino de las Islas Remotas del Pacífico.
Cinismo justo cuando se supone que celebramos la vida en los océanos. Países como ese, y otros que compiten por el podio de la grandeza, hacen lo que sea para guardar la imagen.
Utilizan la mercadotecnia como un somnífero colectivo. “Generamos empleos”, repiten. “Tenemos compromiso con la ecología”. Y la gente, medio dormida, lo compra. Mientras tanto, los productos “verdes” inundan los anuncios: aires acondicionados de bajo consumo, computadoras que respetan el ambiente, celulares fabricados con materiales reciclables, unidades móviles que presumen no dañar tanto. Todo muy bonito en el papel.
Pero ¿hemos hecho algo de verdad?. ¿O nomás campañas?. Somos parte de un ecosistema llamado Tierra. Aire, agua, suelo, animales. Todo debería andar en armonía.
Sin embargo, las actividades humanas le están metiendo un estrés brutal al sistema. Seguimos desarrollando tecnología de punta para vivir “mejor”, pero el precio lo paga el planeta entero.
El ser humano se porta como plaga. Peor, a veces. Dominamos la cadena alimenticia y ya se nos acabó. Por eso sometemos los cultivos a ingeniería genética, les inyectamos esteroides a los animales y les metemos químicos hasta el tope. Porque somos más cada día y la tierra ya no da abasto. Necesitamos más espacio para vivir y se lo robamos a la naturaleza. No hay que ser científico para darse cuenta. Basta con abrir los ojos y mirar alrededor. El mundo está cambiando, y no para bien.
El calentamiento global, los icebergs que se derriten, los mares que suben, inundaciones en ciudades donde antes ni una gota caía, huracanes más feroces, sequías que duran meses, maremotos, olas de calor que matan.
Desastres que antes eran noticia y ahora son rutina. La madre naturaleza nos está reclamando con cada golpe. Algunos lo quieren ver como señal apocalíptica de la religión. Para otros no es eso. Ya está pasando. No es futuro. Es hoy.
Estamos acabando con el Planeta Azul. Accidentes nucleares, derrames de petróleo en el océano. Empresas o países que creen que con una disculpa y una foto se arregla todo. Pero la factura llega. Siempre llega.
En cada país hay tragedias que lamentar. En cada rincón pasa lo mismo. Y muchas veces no movemos un dedo hasta que el problema nos explota en la cara y ya no sabemos ni cómo reaccionar.
Aquí en Coahuila, por poner el ejemplo que más duele, los incendios forestales siguen afectando la vegetación y la fauna como si nada. Las autoridades a veces minimizan: “son puros matorrales y plantas pequeñas”, como si eso consolara a alguien. Cuando el fuego se sale de control y quema hectáreas enteras, el silencio se vuelve ensordecedor.
Yo he cubierto varios de esos fuegos en mis años de reportero, desde las sierras hasta los llanos. El humo llegaba hasta Torreón o Saltillo, espeso, gris, y la gente salía a la calle con pañuelos en la boca, resignada. Duele. Duele de verdad.
Aunque hay que decirlo con justicia: esta es la primera administración del gobierno de Coahuila que sí anda tras los culpables. Investigan, castigan. Pero la Madre Naturaleza no lee boletines de prensa. Las zonas taladas clandestinamente o quemadas tardarán muchos años en volver a ser bosque. Años.
Por eso el Día Mundial de la Tierra y el del Medio Ambiente se sienten aquí como días de luto. Todas las tragedias que han pasado y siguen pasando en nuestra entidad, a pesar de los esfuerzos. Y uno se queda pensando: ¿realmente estamos cuidando algo o solo maquillando el desastre?
La Tierra no espera. No negocia. Nos pasa la cuenta, y la pagamos todos. La pregunta queda ahí, entre estas líneas: ¿seguiremos con la farsa o por fin haremos algo que valga la pena? (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



