OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Papás en el asfalto: el grito que LEA se tragó

El pasado viernes 24 de abril, un grupo de unos cincuenta papás y familiares salió del Parque Las Maravillas y se plantó frente al Poder Judicial de Coahuila. Bloquearon el Periférico Luis Echeverría, el LEA de siempre, ese que parte Saltillo de sur a norte como una cicatriz de concreto. Traían pancartas, la voz ronca y un lema que duele: “Soy papá, no criminal”. No pedían lujos. Pedían que los dejaran ver a sus hijos. Que la justicia familiar dejara de ser un laberinto donde la obstrucción parental los convierte en delincuentes por querer cumplir su papel.
Fíjense ustedes. Estos hombres no llegaron de la nada. Vienen de separaciones complicadas, de procesos judiciales que se eternizan, de madres que, por razones que ellos juran injustas, les cierran la puerta. Algunos llevan años sin abrazar a sus chamacos. La neta es que duele leerlo, pero duele más vivirlo. Marcharon porque ya no creen en las promesas de los juzgados. Querían que alguien, al menos, los escuchara.
Y sí, causaron caos. El periférico quedó paralizado horas. Carros varados, cláxones, gente llegando tarde al trabajo, a la escuela, al doctor. La cosa se puso fea. Pero ¿sabe qué fue lo más triste? A unos cuantos metros, donde antes estaba la vieja comandancia en la calle Carlos Santana de la colonia Isabel Amalia, ahora la Comisaría de Seguridad y Protección Ciudadana opera justo ahí, pegada al periférico. Pues ni un solo elemento de tránsito ni un policía municipal salió a dirigir el tráfico. Ni uno. Apatía pura. Como si el desmadre vial no fuera asunto de ellos.
Ese mismo viernes, también se acumularon los accidentes. En la carretera Saltillo-Zacatecas hubo un aparatoso choque que dejó nueve lesionados, cinco en estado crítico. Otro involucró a veinticuatro trabajadores de Daimler que iban en un transporte; volcadura y heridos por todos lados. Además, una volcadura de tráiler en la Monterrey-Saltillo armó un atorón de los que hacen historia. Y el bloqueo de la marcha, claro, provocó un accidente múltiple más. Todo en un solo día. La ciudad colapsada y las autoridades… viendo para otro lado.
Piense nomás. Hace apenas unas semanas, el 8 de marzo, miles de mujeres, quince mil según algunos conteos, cinco mil según otros, pero miles al fin, tomaron las calles de Saltillo. Bulevar Venustiano Carranza, Allende, el centro entero morado. Familias de víctimas de feminicidio al frente, consignas que retumbaban, valla de policías mujeres separando contingentes para que no se armara bronca entre grupos. Fue grande, fue visible, fue emotivo. Y mire, en Coahuila muchas de estas marchas sí son atendidas por el gobierno pero obviamente las que pertenecen a casos de Coahuila. Hay testimonios claros de que el propio gobernador recibe en el Palacio de Gobierno a las mamás coahuilenses que buscan a sus hijas o hijos desaparecidos, y eso, la verdad, representa un avance que hay que reconocer. Pero ¿y después? En los casos más duros fuera de la juridisción coahuilense, los expedientes siguen empolvados, los feminicidios no bajan como quisiéramos y las promesas se diluyen en comunicados de prensa. No es todo negro, pero tampoco es el cambio que la gente espera.
Yo he cubierto marchas desde los ochenta, desde que Torreón y Saltillo todavía olían a carbón y esperanza. Recuerdo cuando una protesta movía algo. Una sola marcha por un desaparecido o por un salario justo y las autoridades al menos fingían que les importaba. Hoy las marchas se volvieron rutina. Los papás de “Soy papá, no criminal” lo sabían. Sabían que bloquear el LEA era un riesgo. Pero también sabían que, si no lo hacían, su grito se quedaría en un grupo de WhatsApp.
Y ahí está el cinismo que duele. ¿Cómo van a hacer caso a estos papás, un grupo chico, comparado con el peso mediático de las colectivas feministas; si ni siquiera a las marchas masivas del 8 de marzo les dan el seguimiento completo que merecen? ¿Para qué cerrar calles si al día siguiente todo sigue igual en muchos expedientes? Las autoridades locales, estatales, nacionales… se han deshumanizado en parte. Ya no sienten el peso de la gente en la calle como antes.
Antes una marcha era un llamado. Ahora muchas veces es un trámite que se archiva. “Ya marcharon, ya se desahogaron, a otra cosa”. Como si el dolor de un papá separado o de una madre que llora a su hija asesinada fuera un número más en el reporte diario.
La verdad, yo he visto de todo en mi profesión de periodista. He visto gobernadores prometer y olvidar. He visto comandancias que antes atendían y hoy solo custodian. He visto cómo la burocracia judicial en Coahuila antes conocido como Tribunal Superior de Justicia, ahora con sus nuevos nombres y mismos vicios, sigue tratando los casos familiares como pleitos de propiedad. Y los niños en medio, como rehenes.
El viernes pasado, mientras el periférico estaba cerrado, uno de los papás me dijo en una llamada: “Ya no pedimos que nos den la razón. Solo que nos escuchen”. Pero ni eso. Ni un solo funcionario salió a recibirlos. Ni un tránsito que pusiera orden. Solo el asfalto caliente, los cláxones y el mismo silencio de siempre. ¿Y después? Lo de siempre también.
Las organizaciones civiles respondieron, sí. Algunas defendieron la narrativa de que detrás de la “obstrucción parental” puede haber violencia o abandono. Tienen razón en alertar. Pero el punto central no cambia: la justicia familiar en Coahuila sigue siendo un campo minado para todos. Y las marchas, grandes o chicas, ya no mueven ni un papel en la mayoría de los casos.
Duele ver que ni los papás con sus pancartas ni las mujeres con sus pañuelos morados logran siempre que las instituciones reaccionen con la humanidad que se necesita. Se han vuelto de piedra en demasiados asuntos. Y mientras, la ciudad sigue su vida: accidentes, tráfico, niños que crecen sin ver a su padre, madres que cargan solas. Todo igual.
Ojalá me equivoque. Ojalá esta marcha de los papás sea la que rompa el molde. Pero la experiencia me dice que no. Que este lunes todo volvió a la normalidad. El LEA fluyendo, los juzgados trabajando a su ritmo lento, y los papás regresando a sus casas con el mismo vacío.
Porque así es Saltillo. Así es Coahuila. Así es este país que ya ni se inmuta ante las marchas. Y eso, amigo lector, es lo que más duele. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


