OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Huérfanas y metálicas: Seguridad que nadie ocupa

Existen ciertas cosas en Coahuila que parecen condenadas a repetirse como si alguien hubiera echado un maleficio sobre ellas. Yo escribí sobre estas casetas policíacas por primera vez allá por el 2010. Ya entonces la gente se quejaba de que esas estructuras, supuestamente para vigilar, terminaban convertidas en guaridas de maleantes. Dieciséis años después, aquí estamos, finalizando abril del 2026, y sinceramente es que la historia no ha cambiado ni tantito.
El otro día, en una colonia de la Perla de La Laguna, un vecino me detuvo en la esquina y me dijo casi con resignación: “Otra vez cerraron la caseta”. No era novedad. Resurge el reclamo cada que cambia la administración. Las autoridades responden lo de siempre: “falta de elementos”. Y sí, pues la cosa es que varias de esas casetas llevan sin funcionar desde el primero de enero del 2010, desde la administración panista de José Ángel Pérez Hernández.
No es falta de dinero, ni de voluntad en el papel. Es el criterio personal de cada alcalde que llega. Piensen nomás. Uno cree que las casetas son un buen aliado para espantar rateros y pandilleros, que con dos elementos y una radio pueden ser el primer respondiente. El siguiente llega, las ve como gasto innecesario y las cierra. Así, de Administración municipal tras otra, se va improvisando.
No es que cambie el programa policiaco cada que hay nuevo presidente municipal; es un problema eterno, de muchos años atrás, por la descoordinación y la falta de una directriz única que realmente proteja a la gente.
La verdad, yo he visto esto en carne propia. Recuerdo una tarde de calor infernal del 2010 en una colonia popular de Torreón: la caseta estaba ahí, puerta entreabierta, colchón viejo tirado, olor a vicio. Los vecinos ya ni denunciaban. “Pa’ qué, si mañana la clausuran otra vez”, me soltó una señora que vendía tamales.
Y duele, porque uno sabe que los coahuilenses seguimos pagando impuestos para que al final nos dejen con la incertidumbre y el miedo.
Y no crea que es solo en las colonias de Torreón. En los 38 municipios del estado pasa lo mismo. Todavía están los vestigios en el ejido Emilio Zapata, allá en Viesca, convertidos en refugio de quién sabe cuántos indeseables.
Lo mismo en los linderos de la carretera federal 57, cruzando la región carbonífera: casetas que alguna vez costaron decenas de millones al erario y hoy son puro cascajo y maleza.
Yo pasé por ahí hace poco, libreta en el asiento del copiloto, y me dio un coraje que no le deseo a nadie, pero eso solamente lo sentimos quienes sí pagamos impuestos. Así también como el dinero de la gente que sí paga sus contribuciones fiscales federales o locales, tirado a la borda.
Sinceramente es que las casetas policíacas nunca fueron novedad de unos meses. En las zonas rurales, en las orillas de los caminos, se levantaban con bombo y platillo, se inauguraban con discurso y foto, y al poco tiempo quedaban solas. Porque el programa era del alcalde, no del municipio. Porque no había una política de Estado, una guía clara que trascendiera colores y sexenios.
Y lo que es la ironía de estos tiempos. En los últimos años, bajo la actual administración de Román Cepeda, han rehabilitado algunas y hasta inaugurado nuevas. El Plan Municipal 2025-2027 habla de 14 casetas fijas y 14 más entre casetas móviles y monocasetas al cierre del 2024. Han puesto a trabajar varias que llevaban años abandonadas, incluyendo esas casetas móviles que andan rodando por algunos municipios. Hasta instalaron una hace poco en la colonia La Dalia y otra en Tierra y Libertad que supuestamente protege a más de nueve mil habitantes.
Suena bien sobre el papel, ¿cierto? Pero la crítica no tarda en llegar, y es dura. Usted las ve y están vacías la mayor parte del tiempo. ¿Por qué? Porque están hechas a base de metal, como si fueran contenedores sobre ruedas. Con el sol del norte, adentro se vuelve un horno insoportable siendo un recordatorio más de que Coahuila tiene un clima desértico y muy seco. Lógico que los elementos prefieran quedarse afuera o ni acercarse.
Yo mismo he platicado con varios policías que me lo confiesan entre dientes: “¿Cómo voy a estar ocho horas ahí metido? Se me derrite hasta el uniforme”. Así que terminan siendo puro adorno móvil, bonitas para la foto de inauguración, pero inútiles cuando más se necesitan.
El calor del desierto no perdona, y menos a quien tiene que vigilar bajo un techo de lámina que parece sartén. Ya basta, como dice el clamor de la gente. Los tiempos de los programas personales, de las ocurrencias de cada quien, tienen que quedarse en el arcón del olvido.
Los dineros públicos son cada vez más escasos y no podemos seguir arrojándolos a la borda. Hace falta una directriz única, una estrategia profesional que no dependa del capricho del alcalde de turno. Que los cuerpos policiacos tengan una sola guía, clara y permanente, que dé certidumbre a las familias. Y que, de paso, piensen en casetas que de verdad se puedan habitar, no en hornos ambulantes. Porque al final, lo que queremos los coahuilenses es sencillo: seguridad total.
No más psicosis cada que cae la noche, no más miedo al abrir la puerta de la casa, no más casetas que, en lugar de proteger, se convierten en símbolo de lo que seguimos sin resolver después de más de quince años.
Yo, que ya llevo casi cuatro décadas recorriendo todas las cabeceras municipales coahuilenses con libreta en mano, sigo creyendo que sí se puede. Pero mientras sigamos improvisando, las casetas seguirán huérfanas… y las móviles, cocinándose al sol. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


