OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Papel china y fe en las alturas

El pasado domingo 3 de mayo de 2026, mientras la mayoría de nosotros andábamos en lo nuestro; unos en el mercado, otros echando la siesta después de la comida familiar, miles de cruces de madera aparecieron de repente en las azoteas y en las obras a medio hacer por todo el país.
Usted las habrá visto de lejos, brillando con ese papel de china de colores, el mismo que sacamos para las fiestas patrias, o con celofán que tiembla al viento como si estuviera vivo. Y es que mucha gente pasa por debajo y ni se entera. Pero es importante saberlo porque para el que no está metido en el oficio, es solo una decoración más, un adorno bonito. Pero para los albañiles, ese día es suyo. Es su cruz, su protección, su manera de decir “gracias y cuídanos”.
Desde niño siempre fui muy observador y me daba cuenta de esas cruces desde ese entonces en las polvorientas calles de Torreón y ahora de adulto las sigo viendo hasta en las obras de Saltillo, he visto esto tantas veces que ya ni cuento. Y siempre me queda la misma espina: ¿por qué tan pocos saben la historia completa?
El Día de la Santa Cruz no nació ayer, ni siquiera en México. Se remonta al siglo IV, cuando Santa Elena, la madre del emperador Constantino, fue a Jerusalén y, según cuenta la tradición, encontró la cruz donde murió Cristo. De ahí el 3 de mayo. En la época colonial, aquí en nuestro país, se mezcló con todo lo nuestro.
Los campesinos que pedían a la cruz por una buena cosecha; porque antes de ser albañiles muchos eran del campo, empezaron a migrar a las ciudades. La urbe crecía, había que levantar casas, edificios, puentes. Y ellos se llevaron la costumbre: ya no para la milpa, sino para no caerse de un andamio, para que la varilla no se les viniera encima, para que el solazo y el cansancio no los tumbaran.
Pero el folklor tan mexicano les dio esa vida y toque propio de nuestro país. Esa cruz de madera, adornada con flores de papel o naturales, con listones de colores, se planta en lo más alto de la obra. Es como decir: “Aquí estamos trabajando, pero no solos”.
Los albañiles la llevan a bendecir a la iglesia o la santiguan ahí mismo, en medio del polvo y el ruido de las mezcladoras. Después viene la fiesta: carnitas, taquizas, cervezas frías, a veces un sonidero o nomás las bocinas con corridos.
El patrón o el arquitecto suele cooperar, porque sabe que es tradición. Yo recuerdo una vez, allá por los años noventa en una obra de la colonia Bellavista en Torreón, que un viejo maestro albañil y considerado como amistad de la familia de mi mamá y aunque nunca supe su nombre solamente su apodo, “el Prieto”, me invitó a la comida. “Mire, joven, me dijo, esta cruz no es adorno. Es para que Dios nos vea desde arriba y nos cuide”. Tenía las manos cuarteadas de tanto mortero, pero los ojos le brillaban de orgullo. Ese día comimos como reyes y platicamos hasta que se hizo noche. Cosas que uno no olvida.
La verdad, yo he visto cómo la tradición se mantiene, aunque el mundo cambie. En 2026, con todo el avance tecnológico y las máquinas que hacen el trabajo más pesado, los albañiles siguen poniendo su cruz. Según los datos más recientes del INEGI, del primer trimestre de 2025, que es lo que traemos como última actualización, andan alrededor de un millón setecientos cuarenta mil trabajadores en la edificación de construcciones en todo México. Nueve de cada diez en la informalidad, trabajando sin seguro, sin prestaciones, pero con una fe que no se rompe.
En el norte, en Coahuila, Durango, Nuevo León, se siente fuerte porque aquí la construcción no para: fraccionamientos, naves industriales, carreteras. Pero también en la Ciudad de México, en el Estado de México, en Yucatán, donde los reportes de este domingo pasado hablaban de cruces por todos lados y fiestas que se adelantaron un poco porque cayó en domingo. No es que esté bajando la celebración, como algunos murmuran. Al contrario. Sigue viva, aunque a veces pase desapercibida para el que va corriendo al trabajo en el metro o en la troca.
¿Y sabe qué es lo que más me impresiona? Que, para muchos ciudadanos comunes y corrientes, los albañiles son invisibles. Usted ve un edificio terminado, bonito, con sus ventanales y sus acabados, y no piensa en las manos que lo levantaron bajo el sol del norte, o en el riesgo de una caída, o en el polvo que se les mete a los pulmones. La cruz en lo alto es su recordatorio. Es fe pura, pero también es orgullo de oficio. Porque construir no es solo echar cemento: es levantar el país, literal. Casas para familias, escuelas para los chamacos, hospitales para cuando nos duele. Y ellos, con su cruz de papel china, piden que todo salga bien, sin accidentes, con trabajo para seguir adelante.
Sin embargo, en estos tiempos de redes sociales y prisas, todavía hay quien se toma el día para honrarla. En Mérida, por ejemplo, algunos adelantaron la fiesta porque el domingo era familiar. En el norte, en las obras pequeñas de los pueblos, sigue siendo igual de sencillo y sincero: una cruz, comida compartida, una oración.
No hay derrama económica millonaria que llene las bolsas de nadie porque no es como las fiestas patrias o la de Guadalupe, pero sí hay un gasto local que mueve taquerías, floristas de papel y hasta cohetes en algunos lados. Lo importante no es el dinero, sino lo que significa: un día para reconocer a los que sudan la camiseta sin que nadie les aplauda todos los días.
La verdad es que esta tradición me hace reflexionar. En un México donde todo se moderniza, donde los jóvenes prefieren a veces otros oficios, los albañiles siguen fieles a su Santa Cruz. No es nostalgia barata; es respeto a los que construyen con las manos lo que otros disfrutamos con los ojos.
Yo, si les puedo decir que la próxima vez que pase por una obra y vea esa cruz brillando arriba, deténgase un segundo. Piense en el albañil que la puso. Piense en el albañil considerado como amistad de la casa “el Prieto” y en miles como él. Porque mientras haya cruces de colores en lo alto, hay esperanza de que el trabajo duro tenga su recompensa. Y así, el pasado domingo se fue. Mañana seguiremos con la rutina, pero la cruz sigue ahí, recordándonos que hay oficios que no se ven, pero sostienen todo. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

