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Guillermo Robles

Ese 10 de mayo que ya no sabe a hogar

OPINÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Ese 10 de mayo que ya no sabe a hogar

Ya saben ustedes cómo se las arreglan los comerciantes para sacarle el jugo al tuétano a cualquier fecha que huela a billete. El Día de las Madres no es la excepción. Pareciera que las tiendas ya no le entran con el mismo entusiasmo de antes; la mercadotecnia sigue ahí, pero la gente pasa de largo y solo los restaurantes se llevan la mejor tajada. Ayer mismo, domingo 10 de mayo del 2026, uno podía ver las mesas llenas desde temprano y las filas de coches en doble fila, mientras las tiendas de regalos se quedaban con media mercancía en los estantes. Sinceramente es que el negocio cambió. Y uno se pregunta: ¿qué quedó de aquella idea original de honrar a la que te dio la vida?

La cosa viene de lejos, mis lectores. En la Grecia antigua le rendían culto a la diosa Rhea, la madre de todos los dioses del Olimpo. Después, en el siglo XVII en Inglaterra, los ricachones les daban un domingo libre a los criados para que fueran a ver a sus madres y les llevaran una tarta recién horneada; lo llamaban el Domingo de la Madre. En Estados Unidos, la escritora Julia Ward Howe lo impulsó en 1872 como una jornada pacífica para las madres que habían perdido hijos en la guerra.

Aquí en México, mucho antes de la conquista, los aztecas ya le rendían tributo a la madre de Coyolxauhqui, esa diosa representada por la luna. Esculturas de oro y plata, peregrinaciones por distintos puntos del país… todo con un aire religioso, profundo, casi sagrado. Los festejos por la maternidad no eran un comercial, eran un asunto del alma.

Los tiempos cambian, claro. Y los festejos también. Aquel chamaco que en la escuela se paraba en el escenario y le sacaba lágrimas a la mamá con la canción “Señora, Señora” de Denise de Kalafe, ahora llega con el mariachi a deshoras, medio ahogado en alcohol, pidiendo seis canciones y terminando la serenata para seguirle a la parranda. Yo he visto eso mil veces en Saltillo y Torreón. Recuerdo una vez, en una colonia de La Laguna, que me tocó llegar a una casa donde la señora estaba sola, con el mole frío en la mesa y el mariachi ya pagado y borracho en la calle. El hijo había salido “a seguir la fiesta”. Ella solo sonreía cansada y me dijo: “Al menos se acordó, ¿verdad?”.

Y luego está la palabra misma. “Mamá” se nos va deformando conforme crecemos. De chiquillos es “mami”, después “mamá”, luego “madre” cuando nos ponemos serios. En la adolescencia sale el “jefa” o “jefecita”, más tarde le hablamos por su nombre de pila y al final, cuando ya estamos grandes, se convierte en “mi viejecita”. O, como decía Gordolfo Gelatino en los Polivoces, “mi cabecita de algodón”. A algunas madres les da igual cómo les digan. A otras les duele en el alma. Después de tanto batallar para sacarlos adelante, lo único que piden es que les digan “mamá” de nuevo, no solo una vez al año, con un regalo caro y ya.

Ah, y no se me olvide la incongruencia de los esposos. El día es de los hijos, “…es tú mamá no la mía…”, dicen. Pero cuántos maridos el domingo pasado le prepararon a su mujer un desayuno con huevo sin sabor y pan quemado, y la pobre tuvo que tragarse el desastre con una sonrisa para no arruinar la “fiesta”. Otros optan por llevarla a comer fuera y terminan atorados en una fila interminable de coches, con los restaurantes reventados. La mesera agobiada, el marido gritando, y la señora escondida en su silencio, con dolor de cabeza y ganas de meterse debajo de las piedras. Lo único que quería era un poco de tranquilidad, un día sin ruido, sin tener que agradecer el desastre.

La cosa se pone más pesada cuando uno mira la realidad económica. Con la administración federal que llevamos, soberbia y miope como pocas, muchas madres han tenido que salir a trabajar para que no falte en la casa. Sacar adelante a la familia ya no es solo cuestión de cariño; es pura supervivencia. Y ahí queda el Día de las Madres, como un lujo que muchas no pueden ni permitirse. Ni un desayuno decente, ni un rato de descanso.

Pero lo que más duele, lo que realmente tuerce este día, es pensar en las madres que no tienen nada que celebrar. Las que perdieron a sus hijos en la ola de inseguridad que nadie pidió. Las que viven con violencia familiar día tras día. Solo en enero de 2026, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, Coahuila registró 2,628 llamadas de emergencia por violencia familiar. Piensen nomás: dos mil seiscientas veintiocho madres, hijas, esposas pidiendo ayuda en un solo mes. Maltrato físico, emocional, abuso sexual, explotación… y la lista sigue.

Y luego están las que cargan el luto por culpa de la negligencia. Como aquellas madres de la mina de San Juan de Sabinas, donde la falta de supervisión de las autoridades federales y la desesperación por falta de oportunidades han cobrado vidas inocentes, incluso de menores que terminaban trabajando donde no debían. El dolor de esas mujeres no se borra con un ramo de flores ni con una canción de mariachi.

Al final del día, cuando ya pasó todo el ruido, uno se da cuenta de que el 10 de mayo se ha vuelto el día más pesado del año. Ya no se sabe bien quién fue el festejado. Los hijos agotados, los maridos de mal humor, las madres con la cabeza hecha un nudo. Y al cerrar la puerta de la casa, muchas invocan a Dios en silencio y le dan las gracias porque, al menos, el día tormentoso ya terminó.

Eso es lo que queda, amigo lector. Un cariño que se nos deforma entre el comercio, el desmadre y la realidad que no perdona. Y uno, que ha visto de todo en estas cuatro décadas, solo puede pedirle a la vida que las madres de verdad, las de carne y hueso, las que lloran y luchan en silencio, sigan encontrando un “mamá” sincero aunque sea fuera del calendario. Porque al final, ellas no piden perfección. Solo que nos acordemos de verdad. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org