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Guillermo Robles

Los “patitos” que llenan aulas

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Los “patitos” que llenan aulas

En este mayo del 2026, con tanto ruido de Nearshoring, inversiones que llegan y empleos del “futuro”, todavía me topo con escenas que parecen sacadas de otra época.

El otro día, caminando por el centro, el calor pegando como siempre, vi a un grupo de chamacos repartiendo volantes a la salida de una plaza. “Inscríbete ya, carreras innovadoras, título en tres años, IA, energías renovables, todo lo que el país necesita”.

El local se anunciaba con luces de neón y fotos de laboratorios que, la verdad, uno sospechaba que eran de stock. Platicando con uno de los muchachos me enteré, casi de casualidad, que ni siquiera tenían el RVOE es decir, la certificación oficial de la SEP. Otro patito más, nadando sin red en pleno 2026, usando Instagram y TikTok para vender ilusiones.

Pero fíjense la paradoja. Las universidades públicas siguen saturadas, no dan abasto para los miles de chavos que terminan el bachillerato con ganas de seguir. Las privadas cobran colegiaturas que dejan a las familias endeudadas por años y, aun así, no abren las carreras que realmente necesita el país. ¿Por qué?

Porque abrir una carrera nueva no es cosa de coser y cantar, mis queridos lectores. Cuesta una fortuna. Hay que invertir millones en laboratorios equipados solamente considerando nomás en equipo para ingeniería o ciencias de la salud, contratar profesores con maestría o doctorado que cobren lo justo, cumplir trámites eternos ante la SEP para obtener y mantener el reconocimiento oficial, pasar verificaciones, mantener instalaciones al día… Todo eso sin garantía de que los muchachos vayan a encontrar trabajo después.

Las universidades, públicas o privadas, se la piensan dos veces. No arriesgan si no ven retorno rápido. Y ahí, como hongos después de la lluvia, aparecen los patitos: baratos, rápidos, accesibles. Son un mal necesario, la verdad. Llenan el hueco que nadie más quiere o puede tapar. Pero el precio lo paga el chamaco que sale con un papel que después no le sirve ni para enmarcar.

Y no crea que es problema solo del centro del país. Aquí en Coahuila, por ejemplo, las escuelas normalistas siguen con control estricto. Saben exactamente cuántos maestros deben egresar cada año para no saturar el mercado.

Convocatorias cerradas, cupos limitados. La verdad, ojalá otras entidades copiaran esa forma de hacer las cosas. Porque en el resto de la república las normales siguen soltando docentes como si no hubiera mañana, y al final muchos terminan dando una o dos horas de clase nomás para tener algo que comer y un sueldo mínimo.

La cosa de fondo es más grave de lo que parece. El INEGI sigue reportando que la tasa de desocupación general ronda el 2.5 por ciento en estos primeros meses del 2026, pero entre los egresados universitarios el verdadero problema es el subempleo.

La mayoría termina haciendo cualquier otra cosa menos lo que estudió. Nadie en las alturas ha querido hincarle el diente al asunto de verdad. No hay una valoración seria de lo que pide el sector empresarial. No hay una investigación profunda que diga: “Mira, México necesita más especialistas en logística, más ingenieros en energías renovables, más técnicos en inteligencia artificial aplicada”. Entonces las ofertas de carreras siguen indiscriminadas, como si el mercado laboral fuera infinito.

Yo he visto de cerca cómo duele esto. Hace poco, reportando por La Laguna, me metí a una de esas “universidades patito” que prometía una ingeniería moderna. Sin laboratorios reales, sin equipo, puro pizarrón y promesas. Los muchachos pagaban mes con mes, familias enteras apretándose el cinturón. Salí de ahí con una tristeza que no se me quitaba fácil. Porque uno sabe que detrás de cada uno de esos jóvenes hay un papá o una mamá que confió en el sistema.

Y luego está la ironía que uno lee en el Portal del Empleo. Ahí publican la lista de las diez carreras mejor pagadas: medicina, inteligencia artificial, ingeniería eléctrica, industrial, finanzas… sueldos que hoy rondan los veinte mil pesos o más. Pero pura estadística bonita. No dicen en qué universidades se pueden estudiar de verdad, con calidad y con futuro. De nada sirven los números si no se traducen en acción.

¿Y qué hace falta para que las autoridades reaccionen y hagan algo al respecto? ¿Será necesario que sigan proliferando estos negocios ilícitos porque no dan votos ni salen en los reflectores como un decomiso grande de droga?

Es fácil ponerse un título bonito y prometer empleo, como aquel “presidente del empleo” de hace años que nunca aclaró si era para emplearse a sí mismo. La educación no puede seguir siendo puro negocio. Hay que ajustar las universidades privadas a las necesidades reales del país, cerrar el grifo a los patitos y, sobre todo, coordinar oferta con demanda. Que las carreras respondan al crecimiento, no al lucro fácil.

Muchachos con sueños rotos por un título que no vale. Familias sacrificadas. Autoridades que voltean la cara cuando no hay tragedia de por medio. Pero todavía creo que se puede. Que en lugar de andar de cacería solo cuando arde el polvorín, se haga el trabajo de fondo. Porque cada patito que flota sin permiso es un joven que se queda sin alas. Y México, en este 2026 de oportunidades, merece algo mucho mejor. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org