OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
El canto que la sierra mandó al asfalto

25 Mayo 2026.-Quiero que sepan ustedes, desde mi óptica de casi 40 años ejerciendo el periodismo y recorriendo las 38 cabeceras municipales de Coahuila, que todavía trabajo a la antigua: libreta en mano, grabadora en el bolsillo, pero sobre todo con la memoria bien puesta.
Hay imágenes que no se borran. Todavía se me hace un nudo en la garganta cuando veo a esos muchachos wixárika, o huicholes como les dice la gente de a pie, tocando guitarra o violín en las banquetas de Torreón, Saltillo, Monclova o Piedras Negras.
El sol de la Laguna les pega de frente, igual que a nosotros, pero ellos traen polvo de la Sierra Madre Occidental pegado en las botas. Vienen de lejos: de Nayarit, Jalisco, pedazos de Durango y Zacatecas. Y uno se pregunta: ¿por qué carambas siguen aquí, cantando por unas monedas, en pleno 2026?
La historia se repite como disco rayado. Cada presidente, cada gobernador, cada alcalde llega prometiendo atender a los más vulnerables. “Los sectores más pobres del país”, dicen con la mano en el pecho. Y usted, lector, ¿en quién piensa primero? Probablemente en las colonias populares donde falta el agua, la luz, el drenaje. Está bien que se acuerden de ellas. Pero hay un sector que ni siquiera entra en la foto: esos que vemos vestidos de indígenas, con morral y sombrero, ofreciendo una melodía en lugar de extender la mano.
Yo los he visto en la Alameda de Saltillo por la mañana, cuando el aire todavía es fresco. En Monclova, entre el humo del acero. En Ramos Arizpe, en las sierras cercanas. Siempre lo mismo: hoy aquí, mañana en otra plaza de la República. Nómadas por necesidad, no por gusto.
A diferencia de otros que solo piden, estos ofrecen algo: una canción, un pedacito de su cultura. Y uno se dice en silencio: eso todavía tiene dignidad.
La cosa viene de lejos, de siglos. Antes se llamaba CDI, ahora es INPI desde 2018. Cambió el letrero, pero la indiferencia sigue terca como las piedras de la sierra.
El pasado agosto de 2025, el INEGI soltó los números: la población indígena en pobreza bajó del 70.3 por ciento en 2018 al 60.8 por ciento en 2024. Suena a logro, nueve puntos y medio menos. Pero fíjese usted: todavía seis de cada diez indígenas viven en pobreza. En extrema, casi tres millones siguen atrapados.
En las comunidades wixárika la cosa es más cruda. Agricultura de temporal, canastas, artesanías. Punto. No hay capital, no hay crédito. Cuando necesitan granos o medicinas, las oficinas se cierran. Solo en tiempos de campaña aparecen los políticos. Se toman la foto, abrazan, prometen. Y al día siguiente… nada.
Don Lupe, de la sierra de Mezquitic, Jalisco, me lo dijo hace un par de meses en la banqueta de Torreón, mientras afinaba su violín: “Aquí mando lo que canto, pero en mi pueblo mando hambre. Mis hijos esperan las monedas para comprar maíz y frijol. Si no canto, allá arriba no comen”. Otro joven, de unos 22 años, de la comunidad de La Yesca, Nayarit, me contó mientras guardaba las monedas en el morral: “Los políticos llegan, nos abrazan, nos prometen tierras y agua… y al otro día ya ni quién se acuerde. Mejor canto mi cultura que pedir limosna como otros”.
Y no es solo en nuestras plazas del norte; en muchas ciudades de América Latina, de los Andes a Centroamérica, los pueblos originarios terminan ofreciendo su arte en las esquinas porque sus tierras siguen olvidadas.
Yo he visto de todo en estas calles: inundaciones en la Laguna, sequías en Arteaga, protestas en Acuña. Y siempre, en medio del polvo y el calor, aparece ese rostro indígena callado, digno, cantando.
Mientras las grandes ciudades reciben más atención y los programas se enfocan en los municipios grandes, las comunidades de la sierra se van vaciando. La gente joven se echa al camino porque no hay con qué cultivar la tierra.
Desde que escribí esto por primera vez en septiembre de 2017 han pasado casi nueve años. Cambió el nombre de la dependencia, bajaron un poco los números de pobreza, hay Planes de Justicia y programas del INPI para 2025-2030. Pero los huicholes siguen cantando en el asfalto. Las comunidades siguen vaciándose. Y las fotos de campaña siguen siendo solo eso: fotos.
Mientras haya un wixárika tocando violín en una esquina de Saltillo o Monclova, con su dignidad intacta y el polvo de la sierra todavía en las botas, México seguirá siendo un país que promete pluriculturalidad… y entrega asfalto. La pregunta ya no es por qué siguen aquí cantando. La pregunta es: ¿hasta cuándo vamos a seguir mirando para otro lado? (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


