OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
El canto que la sierra mandó al asfalto

Quiero que sepan ustedes desde mi óptica que llevo casi los 40 años ejerciendo el periodismo y conociendo las 38 cabeceras municipales coahuilenses y todavía a la antigua con libreta en mano, y claro también grabando audio pero la mayor parte de las veces existen situaciones que quedan más marcadas en la memoria.
Tan solo recordar todavía se me hace un nudo en la garganta cuando veo a esos muchachos wixárika, o huicholes, como les dice la gente de a pie, tocando guitarra o violín en las banquetas de Torreón, Saltillo, o cualquier otro municipio coahuilense.
Sin embargo, el sol de la Laguna les pega de frente, igual que a nosotros los laguneros, pero ellos traen polvo de la Sierra Madre Occidental pegado en las botas. Vienen de lejos. De Nayarit, Jalisco, pedazos de Durango y Zacatecas. Y uno se pregunta: ¿por qué carajos siguen aquí, cantando por unas monedas, en pleno 2026?
Sinceramente es que la historia se repite como disco rayado. Cada presidente, cada gobernador, cada alcalde que llega promete atender a los más vulnerables. “Los sectores más pobres del país”, dicen con la mano en el pecho. Y usted, lector, cuando escucha eso, ¿en quién piensa primero?
Probablemente en las colonias populares de acá, donde falta el agua, la luz, el drenaje. Y está bien, no pasa nada que se acuerden de ellas. Pero hay un sector que ni siquiera entra en la foto.
Un sector que los mismos mexicanos hemos borrado del mapa. Esos que usted ve vestidos de indígenas, con morral y sombrero, ofreciendo una canción en lugar de extender la mano como hacen algunos migrantes de más al sur.
Piensen nomás. Yo los he visto en la Alameda de Saltillo, cuando el aire todavía es fresco por la mañana. En Monclova, entre el humo del acero y la gente derecha. En Piedras Negras, donde la frontera vive y respira. En Ramos Arizpe, en las sierras cercanas. Siempre lo mismo. Hoy aquí, mañana en otra plaza de la república. Nómadas por necesidad, no por gusto.
Y la diferencia es clara, ¿saben?. A diferencia de otros que solo piden, estos ofrecen algo: una melodía, un pedacito de su cultura. Aunque sea poco, al menos no roban a nadie. Pero también me digo silenciosamente, “¡Qué bárbaro, oiga! Eso todavía tiene dignidad”.
Porque la cosa viene de lejos. Siglos, no años. Desde que el gobierno voltea la cara a los pueblos indígenas. Antes se llamaba CDI, Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. Ahora es INPI, Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, desde el 2018. Cambió el letrero, carnal, pero la indiferencia sigue ahí, terca como las piedras de la sierra.
El pasado agosto de 2025, el INEGI soltó los números nuevos de pobreza multidimensional. La población indígena en pobreza bajó del 70.3 por ciento en 2018 al 60.8 por ciento en 2024. Suena a logro, ¿verdad?. Nueve puntos y medio menos. Medio millón de personas salieron de esa condición. Pero fíjese nomás usted querido lector, que todavía seis de cada diez indígenas viven en pobreza. Y en extrema, casi tres millones siguen atrapados.
Datos duros, no opiniones mías. Y en las comunidades wixárika la cosa es más cruda. Agricultura de temporal. Canastas. Artesanías. Punto. No hay capital para abrir un negocio. No hay crédito. Cuando necesitan granos básicos o medicinas, las puertas de las oficinas se cierran. Lo han dicho ellos mismos, una y otra vez. Solo en tiempos de campaña aparecen los políticos. Diputados, alcaldes, gobernadores, hasta presidentes. Se toman la foto, abrazan, prometen. Y al día siguiente… nada.
Como aquella vez que cubrí un mitin en la Plaza de Armas de Torreón, hace unos años. Llegaron dos huicholes jóvenes, tocando. La gente aplaudió, dio unas monedas. Los candidatos se retrataron con ellos. Al rato, ya ni quien los recordara.
Pues la verdad, yo he visto de todo en estas calles del norte. Inundaciones en la Laguna. Sequías en Arteaga. Protestas en Acuña. Y siempre, en medio del polvo y el calor, aparece ese rostro indígena callado, digno, cantando. Ofreciendo arte en lugar de limosna. Mientras, las grandes ciudades reciben más atención. Los programas sociales se enfocan en los municipios grandes.
Las comunidades de la sierra se convierten en pueblos fantasmas. La gente joven se va. Se echa al camino. Porque no hay con qué cultivar la tierra. El gobierno estatal ni el federal voltea los ojos hacia los indios, como se dice en el norte. Solo cuando hay votos. ¿Y sabe qué? Eso duele. Porque estos muchachos no son solo “pobres”. Son portadores de una cultura milenaria. De la Sierra Madre Occidental.
Y México, que se dice pluricultural desde 1992, los manda a cantar en las esquinas. Hoy en Torreón, mañana en Guadalajara, pasado en Monterrey. Nómadas por la pobreza extrema que los obliga. Y uno se pregunta: ¿hasta cuándo vamos a seguir mirando para otro lado?
La verdad, yo he platicado con varios de ellos en estas banquetas. Me cuentan de las familias que se quedan allá arriba, de los niños que esperan las pocas monedas que mandan. De la esperanza que se va desgastando con cada canción. Y uno, como periodista viejo, no puede quedarse callado. Porque esto no es solo un problema de la sierra. Es un problema de todo México. De nuestra identidad. De nuestra deuda histórica.
Miren, desde que escribí esto por primera vez en septiembre de 2017, han pasado casi nueve años. Cambió el nombre de la dependencia. Bajaron un poco los números de la pobreza, según el INEGI. Hay Planes de Justicia y programas del INPI para 2025-2030. Pero los huicholes siguen cantando en el asfalto. La indiferencia sigue. Las comunidades siguen vaciándose. Y las fotos de campaña siguen siendo solo eso: fotos.
Mientras haya un wixárika tocando violín en una esquina de Saltillo o de Monclova, con su dignidad intacta, hay un México incompleto. Un México que promete atender a los vulnerables pero que, siglo tras siglo, les cierra la puerta a los más olvidados. Un México que necesita voltear a ver su sierra antes de que solo queden los cantos… y un silencio que nos avergüence a todos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



