OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
La “4-2-4” que prometió velocidad: solo entrega golpes

Mi primera carretera que manejé en mi juventud fue la de Torreón a Saltillo. En ese entonces ni soñar con una autopista. Ni en sueños, la neta. Pero en esos años yo traía un Dodge Dart Sport, máquina 360 del 77, el primer y último carro que mi señor padre me compró de segunda mano.
No recuerdo cuántas veces la recorrí, ni cuántas otras de Coahuila, pero de lo que sí estoy seguro es que la disfrutaba de a deveras. Uno se sentía libre, con el viento entrando por la ventanilla y esos acotamientos amplios que no solo servían para emergencias, sino para parar un rato, estirar las piernas y admirar el campo lagunero o la sierra que se asomaba al fondo.
Los años no pasan en vano. Es entendible que como seres humanos uno se acabe por naturaleza. Pero lo material, la lógica dice que mientras se le dé mantenimiento no debería deteriorarse. Sin embargo, cuando por fin llegó la autopista Torreón-Saltillo, mejor conocida como la “4-2-4”, la cosa se complicó de una manera que ofende la inteligencia de cualquiera.
Originalmente era un diseño raro: cuatro carriles hasta La Cuchilla, luego apenas dos de La Cuchilla hasta poco después de Paila, y otra vez cuatro hasta Saltillo. La gente exigió años que se completara la vía, que se acabara esa aberración del tramo angosto. También recuerdo en pláticas de mi papá que también fue periodista que detrás de aquello se escondía un secreto que solo unos cuantos sabían y la verdad de ese tramo era para beneficiar a los locatarios de Paila, una exigencia solicitada directamente al gobernador en turno. Sin embargo, algo que siempre quedará en unos cuantos y rumores, pero nada oficial.
Pero ante los reclamos lo que sí hicieron las autoridades respondiendo con otra aberración: tomaron parte de la carretera libre para hacer los carriles de ida de la autopista. ¡Ande..No! A pesar de las críticas y del peaje que cada vez duele más, esa irregularidad sigue ahí, viva y coleando.
Porque la neta es que desde que salimos de casa, ya sea por la libre o por la cuota, uno se persigna, cuelga el santito en el espejo y reza para llegar entero. Yo lo he vivido mil veces, desde aquellas mañanas polvorientas de los ochenta hasta este mayo del 26, y la cosa no ha cambiado tanto como uno esperaría.
La carretera Saltillo-Torreón, esa que divide ejidos y comunidades, sigue siendo la misma historia de siempre. Los famosos reductores de velocidad, los “lavaderos” como les decimos por acá, están para proteger a la escuelita de un lado y la iglesia del otro, eso nadie lo discute.
Pero, fíjense nomás qué cosa es que parecen paredes más que topes. Altísimos, sin una sola señal que avise, y los vendedores de naranjas, melones, sandías o esas campechanas riquísimas que hacen las señoras del pueblo, ahí parados justo en la boca del monstruo.
Uno frena de golpe, el carro brinca, y ya sabe usted lo que sigue: el golpe seco en los amortiguadores, el rechinido de los rines. Y en la noche, ni se diga. Los reflejos tienen que ser de acero, porque ni pintura tienen esos topes.
La libre, pues, ya la conocemos. Recarpeteo a medias, baches que aparecen de la nada y te obligan a maniobrar como en una carrera de obstáculos. Pero muchos piensan que la autopista, la famosa “4-2-4”, es la salvación. ¡Qué va! La verdad, es que ahí también duele.
Desde que firmaron la concesión en septiembre del 2011 al Fondo Nacional de Infraestructura, FONADIN, se suponía que con los peajes se iba a mantener todo en forma. Operación, mantenimiento, conservación, explotación: eso dice el contrato, 114.8 kilómetros, 60 años de plazo hasta el 2071.
Y sí, ha habido revisiones, ha habido trabajos aquí y allá. Pero uno maneja y siente la vibración en los huesos. Los carros sedan se sacuden como si llevaran un martillo neumático debajo. Los rines se van ovalando, poco a poco, golpe tras golpe.
Yo recuerdo una vez, regresando de cubrir una nota en Ramos Arizpe, que casi se me desbarata la dirección. Tuve que parar en una vulcanizadora de Monclova y el mecánico nomás movió la cabeza: “Otro más por la 4-2-4, compa”.
Y no es que no se haya invertido nada. La concesionaria, con los recursos de los peajes, hace su parte. La SICT, antes conocida como la vieja SCT, fíjense ustedes cómo cambian los nombres, pero no siempre las soluciones, supervisan desde sus planos y sus vuelos.
Pero la realidad es otra. Tramos enteros con el asfalto levantado, baches que sacuden hasta las camionetas grandes, y esos pedazos de llanta reventada tirados por todas partes, peligrosísimos si se enredan en las ruedas. Ni acotamiento de emergencia decente hay en algunos puntos. Uno tiene que invadir el carril de al lado y rezar para que no venga nadie de frente.
¿Y el precio? Pues subieron otra vez las casetas hace poco, en abril del 26, tarifazo puro de Capufe. La gente reclama, los empresarios piden a gritos que se arregle, y ahí sigue la cosa. Especialmente en ese tramo La Cuchilla-Paila, que sigue siendo un dolor de cabeza lleno de accidentes, como lo denunció la iniciativa privada apenas el mes pasado.
Piensen nomás en lo que significa para la gente común. Un particular que sale de Saltillo a Torreón por trabajo o por familia, se lleva el susto, el brinco y al final la cuenta del taller. Rines ovalados, llantas nuevas cada seis meses, amortiguadores que duran menos que un café en la laguna.
He platicado con choferes de tráiler en Piedras Negras y con taxistas de Acuña: todos coinciden. El daño físico a los vehículos es real, constante, y se nota más en los carros particulares que en los camiones pesados. Esos al menos aguantan el castigo.
Y no solo es el bolsillo del conductor. El sector turístico lo resiente. La gente que viene a pasar las fiestas en Torreón, a conocer el centro histórico de Saltillo o a respirar el aire puro de Arteaga, llega estresada, con el carro golpeado y la paciencia hecha pedazos. ¿Cómo vas a disfrutar la Laguna si el camino ya te dejó molido?
Lo mismo pasa con los negocios. Coahuila ha crecido como nunca en estos años, con inversiones en la industria automotriz, en manufactura, que tanto orgullo nos da. Pero si la mercancía llega con retraso o dañada por los brincos, pues ahí están las pérdidas. Los empresarios lo han dicho clarito: una carretera en mal estado duele tanto como una mala política. Tiempo perdido, costos extras, accidentes que podrían evitarse.
Porque sí, los accidentes siguen. El año pasado cerraron la vía más de una vez por choques de tráileres, incendios, escombros. Y en épocas de alta afluencia, como las vacaciones de diciembre del 25 o estos puentes largos que se vienen, la cosa se pone peor. Uno ve familias enteras en sus sedanes, niños atrás, y piensa: ojalá lleguen sanos.
La verdad, yo he visto de todo en estas sierras y en este desierto. Y siempre, siempre, sale el tema de la carretera. No son malos los topes si salvan vidas en los ejidos. No está mal que haya cuota si sirve para algo. Pero cuando el mantenimiento no se siente, cuando los peajes suben y los baches se quedan, sobre todo en ese tramo que nunca terminaron de arreglar como Dios manda, ahora sí que ahí está el problema.
La SICT y la concesionaria tienen que bajar del avión y manejar de noche por la “4-2-4”, como lo hacemos nosotros. Sentir la vibración en el volante, oír el golpe en los rines, y entender que no se trata solo de números en un plano.
Porque al final, esta carretera nos une. Une Torreón con Saltillo, la Laguna con el centro, el comercio con la frontera viva de Piedras Negras. Pero mientras siga sacudiendo así, nos va a seguir costando caro. En rines, en llantas, en nervios y en tiempo.
Ojalá algún día, podamos decir que ya cambió la cosa. Por ahora, nomás queda manejar con cuidado, persignarse dos veces y agradecer cuando uno besa el suelo al llegar. Como siempre. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


