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Guillermo Robles

El horno de la vecina versus el SAT

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

El horno de la vecina versus el SAT

Saben ustedes mis lectores cómo en el calor que aprieta la Laguna desde que sale el sol, uno camina por el centro de Torreón y de repente huele a pan recién horneado.

No viene de la panadería de siempre, con su letrero grande y sus precios inflados. Viene de la puerta de una casa, donde una señora, con las manos enharinadas, vende bolillos y conchas que sacó del horno a las seis de la mañana.

Y para ser realista es que eso, que para muchos es “piratería”, para ellas es pura supervivencia. Andamos bien charros, como decimos por acá, y ese pan casero es el que le alcanza a la familia para la luz, la tortilla y el uniforme de los chamacos. Todavía recuerdo a unas de mis tías que gracias a esas ventas sacó adelante los estudios para mis tres primas y no solo educación básica sino también hasta para la universidad privada, aunque también tengo que reconocer que mis primas se ganaron una beca muy grande así que ese ingreso ayudaba bastante para pagar la diferencia. Que Dios tenga en su gloria a mi tía que tuvo la oportunidad de verlas realizadas tanto profesionalmente como madres que son al día de hoy.

La cosa no es nueva. Desde hace años la piratería anda suelta por todo México, y la verdad, yo he visto que no ha mejorado, al contrario. El mes pasado el IMPI sacó un estudio que habla de 148 mercados notorios en treinta entidades, donde más de la mitad de lo que venden es falsificado. Ropa, zapatos, cosméticos, juguetes, hasta comida y medicinas.

¡Ande no…eso sí es piratería!. Y no es solo en el Bajío o en la capital. Aquí en el norte, en Torreón, en Saltillo, en Monclova, la gente compra lo que puede. Porque el original cuesta el doble, a veces el triple, y con los sueldos que corren… pues la cosa es que no llega.

¿Y sabe qué? Casi todos hemos caído alguna vez. Usted mismo, yo mismo. Un pantalón “de marca” en el tianguis, un celular que parece original, un frasco de perfume que huele bien pero no es. No es cuestión de cultura, como dicen algunos. Es cuestión de que el peso no alcanza.

Las grandes compañías se quejan, y tienen razón en parte: les pega en las ganancias, les debilita la economía y hasta se vuelve delito fiscal. Pero fíjese nomás la otra cara. Para registrar una marca, una patente, un diseño en el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, que sigue siendo el mismo IMPI de siempre, se gasta uno un buen dinero. Y eso se refleja en el precio final. Entonces el producto se pone caro, y la gente voltea a ver lo barato. Así de sencillo.

Y aquí entra lo que pasa en las panaderías de la Laguna. La Cámara Nacional de la Industria Panificadora, la Canainpa, ha pedido una y otra vez que regulen el pan casero que hacen las amas de casa. Dicen que les baja las ventas, que es competencia desleal. Órale, pero fíjese nomás. Primero deberían echarse una revisadita entre ellos. ¿Todos sus socios tienen las marcas registradas en todas las clases que marca la ley? ¿Tienen patente para la formulación del pan, para los procedimientos, para los uniformes, para la papelería? Porque no nomás es poner el logotipo afuera del local.

Hay que registrar todo, y eso cuesta. Y no se diga aquellas panaderías reconocidas con sus logotipos muy posicionados en la que muestran su fecha de caducidad en venta y cuando son cuestionados la respuesta es la misma, “…no señor es la fecha de caducidad, es una fecha de control en donde dice que todavía es consumible una semana…”. Sin embargo, la ley no se anda con rodeos cuando se trata de la salud: el Reglamento de Control Sanitario de Productos y Servicios, en su artículo 21, prohíbe de manera tajante vender o importar cualquier alimento -pasteles incluidos- que ya tenga la fecha de caducidad vencida, porque pierde sus cualidades sanitarias y puede poner en riesgo a quien lo coma; la NOM-051 explica clarito que esa fecha de caducidad es el límite real, después del cual el producto ya no debe ni comercializarse ni consumirse, mientras que la de consumo preferente solo indica que puede empezar a perder sabor o textura pero aún es seguro si se guardó bien.

Y para los pasteles con crema, leche, huevo o frutas, la NOM-147 de productos de panificación es todavía más estricta: deben estar refrigerados a máximo 7 grados, y si no caben en la nevera, máximo 12 horas de venta; después de eso, ni un minuto más, y siempre con la leyenda “Manténgase en refrigeración” bien visible.

Siendo sinceros es que violar eso no es cosa menor: la Profeco y la Cofepris pueden decomisar el producto, multar al negocio y hasta cerrarlo, porque la Ley General de Salud pone la protección de la gente por encima de todo. Así que cuando vea un pastel con la fecha pasada en cualquier mostrador, sepa que ahí hay una infracción clara, y usted, como consumidor, tiene derecho a denunciarlo sin pena.

Y mientras, las señoras de la colonia siguen horneando con la receta de la abuela y vendiendo puerta por puerta. ¿Eso es piratería? Para mí es trabajo honrado. Es una manera digna de sacar adelante la casa cuando el marido gana poco en la maquiladora o cuando no hay empleo formal.

La neta, carnal, es que el comercio informal se ha hecho más grande. Según los datos frescos del INEGI de este año, ya anda por el 54.9 por ciento de la población ocupada. Más gente metida en lo informal que antes. No solo amas de casa con su pan. También jóvenes que venden en las esquinas, migrantes que arman un puestito de fayuca, hasta profesionistas que dan servicios por su cuenta porque en una empresa formal no les conviene. Y ¿por qué?

Porque formalizarse es un desmadre. Piense nomás en abrir una tiendita chiquita o una panadería sencilla aquí en Torreón. Usted invierte, digamos, doscientos mil pesos en horno, mostrador, refrigerador y mercancía inicial. Luego renta el local, paga luz, agua. Y si contrata, aunque sea a un solo muchacho para que ayude, porque la ley dice que hay que tener nómina, ya entra el SIPARE, las cuotas del IMSS, el Infonavit, el ISR, el IVA si aplica… Fácil se van ocho o diez mil pesos al mes solo en impuestos y cargas sociales, sin contar las declaraciones, el contador y las multas si se le olvida algo.

¿Y las ventas? Con la competencia del pan casero a la mitad de precio, pues apenas le alcanza para sobrevivir. Muchas veces cierra la cortina y se va a otra parte. O se va a China, que les da facilidades, incentivos y costos bajos. Ahí está el ejemplo: mientras nosotros complicamos todo con burocracia y tributos, otros países los reciben con los brazos abiertos.

Y no solo eso. En el centro de Torreón, los comercios establecidos a veces se hacen los ciegos. Hay puestos los fines de semana vendiendo de todo, fayuca china incluida, sin permiso ni impuestos. La Cámara de Comercio tampoco levanta la voz contra eso. Y las autoridades… pues ni se diga.

En lugar de cerrar fronteras por donde entran toneladas de piratería y hasta armamento, se dedican a pedir que regulen a las señoras del pan. ¿No será más fácil empezar por casa?

Exigir que todos cumplan, desde el más grande hasta el más chico. Porque si la Canainpa quiere justicia, que empiece por cumplir ella al cien por ciento. Y lo mismo las autoridades y las otras cámaras.

Yo, que he cubierto estas historias desde los tiempos polvorientos de Torreón hasta las mañanas frescas del centro de Saltillo, le digo que entiendo a las dos partes. Entiendo al panadero formal que ve cómo se le va el cliente.

Pero también entiendo a la señora que hornea a las cinco de la mañana para que sus hijos coman y estudien. Esa es la honestidad que no se ve en los papeles del SAT. Es trabajo, es dignidad, es lo que mantiene a muchas familias cuando el empleo formal escasea.

La piratería no va a desaparecer mientras sigamos siendo más un país de ensambladores que de creadores de tecnología propia. Mientras los incentivos fiscales sigan siendo complicados y la burocracia ahogue al que quiere emprender. Mientras el peso no alcance y “andemos bien charros”.

El tuerto, en este reino de ciegos, termina siendo el que vende el pan más barato y más sabroso. Y la gente, en verdad, lo sigue comprando. ¿Y usted qué opina, lector coahuilense? ¿Ha comprado alguna vez ese pan de la vecina? ¿O prefiere pagar más por el de la panadería con todo en regla?

La cosa está clara, mientras no haya un cambio de fondo en cómo tratamos al que quiere trabajar honradamente, la piratería o como le quiera llamar, seguirá siendo el rey. Y nosotros, los de a pie, seguiremos comprando lo que nos alcance. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org