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Guillermo Robles

Cobros fantasmas

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Cobros fantasmas

Fíjense ustedes, lectores. Uno camina por la Alameda aquí en Saltillo, con la libreta en la mano y el café todavía caliente, y de pronto se topa con la misma historia de siempre. Un vecino que recibe en su buzón una tarjeta de crédito que jamás solicitó. No la pidió, no la firmó, ni siquiera la sacó del sobre… y ya le están cobrando una anualidad, intereses y, si se descuida, hasta recargos moratorios.

¡Ándale no! Se pasa de lanza, ¿verdad?, pues la cosa es que esto no es cosa de una sola colonia ni de un solo municipio. En Coahuila sigue pasando, y con más frecuencia de lo que uno quisiera. Hace años, cuando apenas empezaba a calentar el tema, la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros, es decir, la CONDUSEF, reportaba poco más de tres quejas diarias por cobros indebidos, tarjetas no solicitadas y arbitrariedades de ese estilo.

Hoy, en pleno junio de 2026, las cifras son bastante más duras. En todo el 2024 la CONDUSEF atendió 4,631 reclamaciones en el estado, un aumento del 4.2 por ciento respecto al año anterior. Y entre enero y septiembre del 2025 ya iban 4,062 quejas, un salto del 15.5 por ciento.

Imagínense ustedes. Eso equivale a más de quince casos diarios solo en Coahuila. Y lo peor es que la mayoría tienen que ver con tarjetas de crédito, de débito y cobranzas que terminan dejando al usuario con un hoyo en la cartera.

Yo, que llevo casi los cuarenta años recorriendo banquetas desde el calor de la Laguna en Torreón hasta las mañanas frescas del centro de Saltillo, he visto de todo. Recuerdo a un compañero de la vieja guardia en Monclova que me platicó cómo su suegra recibió una “tarjeta de regalo” de un banco. No la usó nunca. Ni una sola vez.

Pero al año le llegó el cargo por renovación, luego los intereses y, cuando quiso aclarar, ya la habían pasado al buró de crédito. La pobre señora, una señora de bien, de esas que pagan todo al día, tuvo que andar explicando por teléfono durante semanas. Y mientras tanto, las llamadas de cobranza no paraban. “¿Y sabe qué?”, me dijo el compadre. “Al final la aclararon… pero el susto y el mal rato nadie se los quita”.

Eso es lo que más duele, lector. No solo el dinero. Es el abuso descarado. Las instituciones financieras y algunos negocios departamentales siguen mandando plásticos sin que nadie los pida. Llegan por correo, sin firma, sin contrato visible. Y si uno no avisa a tiempo, empieza la cadena: comisión por emisión, anualidad, intereses y, si se atrasa, los famosos recargos que multiplican la deuda tres o cuatro veces.

¿Y qué hacen cuando el “cliente” se queja con razón? Pues lo mandan directo al buró de crédito. Doble castigo. Primero te cobran lo que no debes y luego te tildan de moroso delante de todo el sistema financiero. Se pasan de lanza, ¿no?

La CONDUSEF, hay que decirlo con justicia, ha sacado de apuros a miles de coahuilenses. En esos 4,062 casos de enero a septiembre del 2025 logró recuperar 18.3 millones de pesos, aunque el monto reclamado fue mucho mayor: 208.6 millones.

Y los productos más reclamados siguen siendo las tarjetas de crédito y débito, junto con las cobranzas. En la banca múltiple, que concentra más de la mitad de las quejas, el 39 por ciento tiene que ver con posibles fraudes: consumos no reconocidos, transferencias que nadie autorizó. Hasta las personas adultas mayores están en la mira: casi 27 de cada cien quejas en banca vienen de ellos.

Pero fíjese nomás qué cosa. A pesar de todo el trabajo de la CONDUSEF, el problema no se detiene. Sigue habiendo llamadas a deshoras, despachos de cobranza que amenazan y, sobre todo, esa costumbre tan fea de enviar tarjetas sin pedirlas. Uno pensaría que con tantos años y tantas quejas ya habrían puesto un alto más firme. Pues no. La voracidad sigue.

Y mientras tanto, la gente, el comerciante de Piedras Negras que cruza la frontera todos los días, la maestra de Ramos Arizpe, el jubilado de Arteaga o el mecánico de Acuña, termina pagando los platos rotos.

Yo he cubierto notas de banqueta desde tempranito, cuando todavía olía a tortilla recién hecha en las colonias de Torreón. Y una de las cosas que más me ha enseñado este oficio es que la gente no pide que le regalen nada. Solo pide que no la engañen. Que no le cobren lo que no debe. Que, si no pidió la tarjeta, pues que no le lleguen con el cuento de que “ya es cliente”. Porque al final del día, lector, el daño no es solo económico. Es moral. Te sientes burlado en tu propia casa.

Es tiempo, y ya va siendo hora, de que la CONDUSEF no solo atienda y concilie. Hace falta que ponga multas ejemplares, que sancione de verdad a los bancos, aunque contraten a terceros para cobranza o entrega de tarjetas, y a las tiendas que siguen jugando con el bolsillo ajeno.

Que detenga de una vez por todas esta tropelía. Porque ya no se trata de casos aislados. Es un patrón que se repite en el norte, en la frontera, en los valles y en las ciudades grandes. Y la gente de Coahuila, trabajadora y derecha como es, merece algo mejor.

¿Y sabe qué? Al final, cuando uno cierra la libreta y se queda mirando los árboles de la Alameda, se da cuenta de que la solución no está en discursos. Está en que las autoridades financieras aprieten de verdad. En que los bancos entiendan que el cliente no es un número para exprimir. Y en que cada uno, desde su casa, sepa que tiene derecho a decir “no pedí esto” y que le hagan caso sin tanto rodeo.

Por eso sigo escribiendo estas líneas, como siempre, a mano primero y luego a la computadora. Porque mientras haya un coahuilense que reciba una tarjeta que no pidió y termine pagando por ella, la plática no puede terminar. Hay que seguirle dando, lector. Hay que seguir exigiendo que se respete el bolsillo y la dignidad de la gente. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org