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Guillermo Robles

La cheve que resiste hasta el final

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

 

La cheve que resiste hasta el final

Uno anda por el centro de Saltillo en estas mañanas de junio que todavía refrescan un poco, se sienta en una banca de la Alameda y ve pasar la gente. Y no falta quien ya trae en la cabeza la idea de la cheve del fin de semana, o de la que se va a tomar hoy mismo después del trabajo.

La cosa es que esa bebida lleva décadas siendo la compañera que no falta, ni cuando todo anda bien ni cuando la vida se pone dura de verdad. Piensen nomás en el 2009. La crisis económica que empezó a finales del 2008 se tragó el año entero y muy pocas industrias salieron adelante. Con los dedos de una mano se contaban las que no solo resistieron, sino que crecieron.

Una de ellas fue la cerveza. Las cerveceras nacionales produjeron y vendieron un 10.4 por ciento más que en 2008. La venta total de cerveza nacional, de todas las marcas y presentaciones, llegó a 67 mil 600 millones de pesos en aquel año fiscal. Y fíjense ustedes que eso pasó mientras pegaba la influenza AH1N1, mientras bajaba el poder adquisitivo de la gente y mientras varios países que compraban nuestra cerveza también estaban en recesión y exportamos menos.

La producción nacional no se detuvo. Al contrario. La verdad es que los mexicanos bebemos cheve en cualquier ocasión y siempre ha sido así. En las bodas de Ramos Arizpe, cuando la fiesta está a todo dar y la gente baila hasta que sale el sol. En los divorcios o las reconciliaciones, cuando uno necesita desahogarse o celebrar que las cosas se arreglaron. En las victorias deportivas y también en las derrotas que duelen en el pecho. En las fiestas grandes y en las reuniones chiquitas de la cuadra.

Hasta en los sepelios, después del dolor y las flores, alguien saca una cheve para brindar por el que ya no está. Sea clara, morena o ámbar, el color casi no importa. Lo mismo da la ampolletita de 250 mililitros que la mediana o la caguama grande para abaratar la convivencia cuando hay mucha gente.

Los conocedores saben que pa’ eso está. Yo he visto eso de cerca. Una vez andaba reporteando en Monclova, en pleno calor que parece que derrite el acero de las acereras. Los trabajadores salían del turno y se iban directo a una cantina chiquita cerca de la entrada. La cheve helada era el primer alivio. Platicaban, se reían, se contaban cómo les había ido el día. Esa cheve no era lujo, era necesidad de ese momento.

Igual he visto en cantinas de la frontera en Piedras Negras, cuando la gente cruza o regresa y necesita un rato de respiro antes de seguir con la vida. O en Torreón, cuando el calor de la Laguna aprieta y una cheve bien fría bajo la sombra de un árbol se siente como bendición.

En el 2009 pasó otra cosa que también se nota todavía. Los que antes se iban por el güisqui, el tequila bueno, el coñac o el ron caro, bajaron el consumo de esas bebidas más caras. Y muchos de ellos se pasaron a la cheve. Euromonitor Internacional lo registró entonces y el INEGI lo confirmó: lo vendido en 2009 fue lo más alto en los últimos cuatro años de aquel entonces.

Hoy, casi diecisiete años después, la cosa no ha cambiado tanto en el fondo. Según los datos más recientes del año 2025 que maneja el INEGI y reportes de la industria, el consumo per cápita anda cerca de los 68 litros al año. Seguimos siendo un país cervecero.

La cheve sigue siendo la opción más accesible cuando el bolsillo aprieta, cuando hay que celebrar algo chiquito o cuando solo se necesita platicar con alguien sin gastar mucho. ¿Y sabe qué? No es que seamos los que más tomamos del mundo.

En varios países de Europa beben el doble o hasta el triple per cápita. En algunos de América Latina también nos rebasan. Aquí no andamos alardeando de eso, ni levantamos la cheve para presumir. Simplemente es parte de cómo vivimos.

Barata, refrescante, fácil de compartir. Sirve pa’ todo. En Saltillo, en la sierra de Arteaga, en la calurosa Monclova o en la frontera de Acuña, la escena se repite. Un grupo alrededor de una mesa, unas botellas o unas latas, la plática que fluye. A veces es para festejar un ascenso, un hijo que nace, un partido ganado. Otras veces es para soportar un despido, una enfermedad en la familia, una mala racha. La cheve está ahí. No juzga, no pregunta mucho, solo acompaña.

Y eso es lo que la hace diferente. No es solo bebida. Es costumbre, es ritual, es manera de estar juntos sin tener que decir mucho. En los casamientos, en los cumpleaños, en las tardes de domingo viendo el fútbol, en las noches de calor cuando nadie quiere estar solo en la casa. Siempre aparece. Claro que hay quien prefiere otras cosas. Y está bien.

Pero la mayoría, cuando se trata de algo sencillo y de todos los días, se queda con la cheve. Y cuando vienen tiempos duros, como aquel 2009, como otros años que vinieron después, muchos que antes gastaban en bebidas más caras terminan regresando a lo que siempre ha estado al alcance: una cerveza bien fría, compartida con quien sea.

Pues la verdad es que seguimos siendo cerveceros. Lo admitamos o no, lo celebremos o lo critiquemos, la cheve sigue siendo parte de la vida de mucha gente en Coahuila y en todo el país. No es que vayamos a cambiar de repente. Es lo que conocemos, lo que nos acompaña desde hace décadas y lo que, al parecer, va a seguir estando ahí. Arriba, abajo, al centro… pa’ dentro. Como siempre. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org