OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Lo que quedó flotando después del veintiuno de junio

Se pasó el domingo y uno se queda aquí sentado, con la libreta todavía abierta y el café de la mañana ya frío, repasando lo que se vio y lo que no se vio. En Saltillo las calles no estuvieron tan llenas de alboroto como el mes pasado.
Hubo carne asada en muchas casas, algún regalo sencillo, llamadas de hijos que viven lejos, pero el ruido fue menor. Y eso, después de que ya pasó el Día del Padre, deja una sensación rara. No de tristeza exactamente, sino de que algo sigue sin equilibrarse del todo, aunque el calendario ya dio vuelta la página.
La verdad es que ese día tiene una historia que vale la pena recordar cada vez que se acerca y se va. Viene de los Estados Unidos, de principios del siglo pasado. Algunos ubican el primer intento en una misa de Virginia Occidental en 1908, otros hablan de Vancouver, pero lo que más se cuenta es que en 1915 el Club de Leones de Chicago lo impulsó de forma organizada, cerca del cumpleaños de Harry Meek. El que le dio fuerza de verdad fue Bruce John Dodd, de Spokane, Washington. Un veterano de la Guerra Civil que enviudó y se quedó solo criando a sus seis hijos.
Él organizó una misa en honor a los papás, con comida de las que les gustaban y una fiesta sencilla pero llena de sentido. De ahí empezaron las presiones al Congreso. La idea se aprobó en 1916, pero no hubo nada concreto hasta 1924, cuando se estableció un evento nacional para que padres e hijos convivieran y recordaran las responsabilidades que tienen entre sí.
Aquí en México la celebración llegó décadas después, empujada sobre todo por las escuelas que buscaban un contrapeso al Día de la Madre. Y desde entonces se repite el tercer domingo de junio. El domingo que acaba de pasar tocó el veintiuno. Se celebró, claro, pero otra vez con menos bombo. Uno lo nota en las conversaciones, en lo que se publica, en cómo las instituciones se mueven. El diez de mayo es un acontecimiento que parece mover todo el país. El Día del Padre pasa más como un domingo cualquiera donde a lo mejor se descansa un rato más o se come algo rico en familia.
Fíjense ustedes cómo han cambiado las cosas en las casas del norte. Hoy un papá ya no es solo el que sale temprano y regresa con el sueldo. En Ramos Arizpe, en Torreón, en Piedras Negras, uno ve cada vez más padres que ayudan con la tarea por la noche, que cargan la despensa, que trapean o lavan la ropa cuando la mamá también trabaja fuera. Comparten el mandil, como decimos por aquí.
Antes el reparto era más claro: el papá proveía y la mamá se quedaba con todo lo demás. Eso dejó una huella fuerte, un cariño más expresado hacia las mamás. Ahora los roles se cruzan y los papás participan en casi todo. Por eso, después de que pasó el día, sigue doliendo un poco que las escuelas sigan inclinándose más hacia un lado.
En las instituciones educativas, tanto públicas como privadas de Coahuila, el diez de mayo suele ser todo un festival con bailes, poemas y hasta mariachis en algunos casos. Para el Día del Padre el domingo pasado, en muchos lugares hubo manualidades o algún acto sencillo, pero no siempre el mismo peso. Y hay papás que, por la ausencia de la mamá, cargan las dos funciones todos los días: llevan a los niños a la escuela, los alimentan, proveen, educan y dan el amor completo.
Hacen de mamá y de papá al mismo tiempo. La igualdad no puede ser solo para un lado. Tiene que incluir también a esos hombres que están haciendo doble jornada sin que nadie los vea tanto.
Imagínense un padre en la zona industrial de Saltillo que sale de un turno largo y aun así llega a revisar la tarea o a preparar algo de comer. O uno en la frontera de Acuña que trabaja cruzando y regresa a hacerse cargo de todo en casa. Esos casos existen y cada vez se ven más. No son la mayoría, pero merecen que el reconocimiento no se quede solo en un domingo.
Lo que más da vueltas después de que pasó el día es esto: casi todas las canciones que escuchamos sobre los papás como, “Mi Viejo”, “Mi querido Viejo”, las de Timbiriche o Alberto Cortez, hablan del agradecimiento cuando los hijos ya son grandes y el papá está en la tercera edad o ya no está. Es bonito oírlas, sí, pero también es triste que el reconocimiento llegue tan tarde. ¿Por qué esperar a que pasen los años o que falte la persona para decir lo que se siente? Mejor que los hijos aprendan desde chiquitos a valorar lo que el papá hace todos los días. Así el cariño se vive en el presente, no solo cuando llega la nostalgia.
Yo siempre voy a recordar a mi papá con admiración profunda. Fue mi mejor maestro, no solo en el periodismo sino en cómo enfrentar la vida con dignidad. Me enseñó más con lo que hacía que con lo que decía. Allá donde esté, sé que está contento de que uno siga hablando de estas cosas sin adornos. Escribir esto después del domingo pasado no es fácil, porque trae recuerdos, pero también porque uno ve que todavía falta camino.
No se trata de pedir que el Día del Padre se vuelva tan ruidoso como el de las mamás. Se trata de que el reconocimiento sea justo y que no se agote en un solo día. Que en las escuelas se sienta el mismo respeto por ambos padres. Que los hijos aprendan a agradecer en el día a día, no solo cuando ya es casi tarde. Que los papás que hacen doble función sepan que su esfuerzo se ve y se valora todo el año. Porque la familia se sostiene con los dos, no con uno que pasa más de lado.
El domingo ya se fue, la vida sigue su curso en las maquilas, en las calles de Saltillo, en los pueblos del norte. Pero la conversación no tiene por qué terminar. Los papás merecen que ese cariño se sienta todos los días, no solo cuando el calendario lo marca. Y eso, al final, es lo que realmente puede cambiar algo. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


