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Guillermo Robles

Los años que ruedan sin pedir permiso 

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Los años que ruedan sin pedir permiso 

Me acuerdo de una tarde de estas, sentado en el parque cerca de mi casa de Saltillo bajo la sobra de los nogales grandes y ver pasar la vida sin prisa. Pasó un carro viejo, despacio, muy despacio, y el conductor, un señor de pelo cano y manos que temblaban un poco en el volante, dudaba en cada esquina. No era que tuviera prisa el tráfico, era otra cosa. Uno lo mira y se queda pensando, sin ganas de juzgar a nadie, si ese hombre todavía debía estar ahí, cargando no solo su propia vida sino la de quien cruzara enfrente.

El detalle es que uno lo ve seguido. En Saltillo, en Ramos Arizpe, en Torreón donde nací y crecí, en Monclova cuando uno va de paso. Conductores de la tercera edad que ya no coordinan igual, que se meten en sentido contrario sin darse cuenta, o que por la vista que ya no es la misma le echan el carro encima a una señora joven con su hijo de la mano. El grito, el frenazo que llega tarde, el susto que se queda pegado en el pecho de todos los que vieron. Y a veces, lamentablemente, pasa algo peor.

La ley en Coahuila y en todo el país no pone límite de edad para manejar. Y me parece correcto que sea así. No todos cargamos los años de la misma manera. Hay quien a los ochenta todavía tiene la cabeza clara y los reflejos que muchos de treinta envidiarían. Pero hay quien ya no, y ahí está el nudo. La norma federal habla de demostrar aptitud, de pasar exámenes que prueben que uno puede seguir en el camino con seguridad. El problema es si eso se revisa de verdad o si a veces se queda en trámite rápido, sin que nadie profundice cuando el conductor ya no ve bien o ya no reacciona como antes.

En lo que va de este 2026 uno escucha historias que no salen en las estadísticas grandes del INEGI, pero que duelen igual. Un conocido me platicó de un percance cerca de la carretera a Arteaga donde un conductor mayor confundió el pedal del freno y casi se lleva a una familia que iba caminando. Por suerte solo fue susto y un golpe de carro contra la banqueta. Pero el susto quedó, y la pregunta también: ¿qué hubiera pasado si en vez de banqueta hubiera sido alguien más lento?

Yo he visto en mi vida de reportero cómo la gente se aferra al volante. Representa libertad. Ir al doctor sin depender de nadie, visitar a los nietos en Piedras Negras o Acuña, sentir que uno todavía puede. Quitarle eso de golpe sería injusto y cruel. Pero también es injusto que una madre tenga que cruzar la calle con miedo porque un carro viene zigzagueando sin control. O que un peatón de la misma tercera edad salga lastimado por alguien que ya no distingue bien las luces. Todos compartimos las mismas calles. Todos merecemos llegar enteros.

En otros países la cosa se atiende de otra forma, sin quitar derechos pero poniendo más atención donde hace falta. En varios estados de Estados Unidos, por ejemplo, después de los setenta piden revisiones médicas más frecuentes, exámenes de vista obligatorios o renovaciones más cortas. En algunos países de Europa pasa lo mismo: la licencia no se renueva igual cuando uno pasa cierta edad. No es castigo, es prevención. Es reconocer que el cuerpo cambia y que el volante no perdona. ¿Por qué aquí no podemos pensar en algo parecido?

Fortalecer los exámenes médicos y periciales en las renovaciones, sobre todo después de los setenta, sin que sea un obstáculo imposible, sino una revisión seria que proteja a todos.

La verdad es que no se trata de estigmatizar a los adultos mayores. Al contrario. Muchos de ellos son los más cuidadosos cuando todavía pueden. Pero cuando ya no coordinan, cuando la vista falla o los reflejos se van, el riesgo no es solo para ellos. Es para el resto. Para los niños que van a la escuela, para las señoras que cargan bolsas, para los jóvenes que manejan apurados. Y también para ellos mismos, que muchas veces terminan siendo las víctimas principales de sus propios percances.

Solo pongamonos a pensar en un momento en la ciudad donde vives  familias en donde se platiquen con cariño, sin drama, con los papás o abuelos: “¿Cómo te sientes al volante últimamente? ¿Quieres que te lleve yo a veces?” O donde las autoridades de tránsito revisen cómo se aplican realmente las pruebas de aptitud cuando uno renueva. No para prohibir, sino para que el que ya no puede, lo sepa a tiempo y tenga opciones reales: mejor transporte público, rutas más accesibles, o simplemente el derecho a decidir con información clara.

Porque al final, en estas calles del norte, todos somos peatones en algún momento. Todos tenemos nietos o hijos que cruzan. Y todos, sin importar la edad que carguemos, merecemos que el camino sea más seguro para quien va caminando y para quien va manejando. El volante no es un privilegio eterno. Es una responsabilidad que se renueva cada vez que uno se sube. Y cuando los años pesan más, esa responsabilidad se vuelve de todos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org