OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Sed que dejó la alfalfa lagunera

Uno anda por aquí, en Saltillo, bajo los árboles de la Alameda o sentado en el escritorio del centro, y de pronto le llega la noticia de que a finales del año pasado los proveedores de LALA en Cuatro Ciénegas devolvieron casi dos millones de metros cúbicos de agua para la reserva ambiental. Y uno dice: bueno, algo es algo.
Pero luego se queda pensando en todo lo que pasó antes, en cómo se llegó hasta acá, y la cosa ya no suena tan limpia.
Porque fíjense ustedes, la Comarca Lagunera tiene memoria. Y esa memoria no es de papel. Es de pozos que se fueron secando, de norias que ya no daban ni gota, de gente que tuvo que perforar más y más hondo mientras los campos de alfalfa seguían verdes y lustrosos.
Hace años, cuando LALA anunció que iba a frenar el crecimiento de su producción para no seguir exprimiendo el acuífero, con eso del arsénico que ya se venía acumulando, muchos laguneros se quedaron con la duda. ¿Ahora resultan los que salvan el agua?
Pues la historia cuenta otra cosa. La verdad es que para que La Laguna se volviera la cuenca lechera más importante del país se necesitó agua a raudales. Primero fue el algodón, el oro blanco de antaño. Uno plática con los viejos de Torreón o de Gómez Palacio y te cuentan de cuando se sembraban más de cien mil hectáreas en un solo ciclo.
La fibra salía buena, cotizada en China, en Estados Unidos, en la India. Esos campos se veían desde lejos, contrastando con el desierto de alrededor. Pero los pozos pagaban el precio. Cada año más profundo, cada año menos agua para los que venían después.
Luego vino el turno de la leche. La alfalfa, ese forraje que le da a la leche lagunera ese sabor que la distingue, se bebe el agua como si no hubiera mañana. Los ganaderos lecheros, grandes y chicos, expandieron todo lo que pudieron.
LALA, con sus plantas en Torreón y Gómez Palacio, fue creciendo fuerte. Y cuando ya no alcanzó el agua de por acá, algunos se fueron hasta Cuatro Ciénegas. Con permisos o con la vista gorda de quien correspondía, sacaron cantidades que la gente de por allá empezó a notar.
Los ejidatarios y pequeños propietarios vieron cómo sus pozos bajaban, cómo tenían que ir más profundo, y empezaron a protestar. Eso no es cuento de ahora; es lo que se platicaba en las juntas y en los caminos de terracería.
Imagínense nomás, un vaso de leche en la mesa de una casa de Saltillo o de Monclova. Detrás de ese vaso hay años de pozos perforados, de alfalfa regada a todo dar, de camiones que llevaban el forraje desde Cuatro Ciénegas hasta los establos de La Laguna.
Y también hay importaciones de leche en polvo que siguen llegando, y esa leche líquida de Estados Unidos que se vende en los centros comerciales. Los productores locales han sentido la competencia. En su momento hasta se habló de tirar sobrantes en colectores para no saturar el mercado y mantener un precio más estable. La cosa no era fácil. LALA, que es la más grande del ramo por estos rumbos, dijo en su momento que desde hacía un par de años ya había frenado el crecimiento.
Que lo hacían conscientes de la crisis de agua, del acuífero sobreexplotado y del arsénico que se iba concentrando. Suena bien en una conferencia de prensa. Pero los laguneros, los de Coahuila y los de Durango, no son de los que se olvidan fácil.
Saben que para llegar a ser lo que fueron, la industria lechera se sirvió del agua que era de todos. No solo de los grandes; también de los pequeños que vieron cómo sus tierras y sus pozos se resentían.
Ahora, en lo que va de este 2026, el proyecto federal de Agua Saludable para La Laguna sigue su marcha. Esas obras que buscan traer agua del Nazas para la gente de a pie, para que no sigan tomando del pozo con arsénico.
Inversiones fuertes, redes troncales que avanzan. Eso es necesario, porque la salud de más de un millón y medio de personas no puede seguir esperando. Pero uno se pregunta si las empresas que más se beneficiaron del modelo anterior están haciendo su parte completa, más allá de los anuncios y de las devoluciones de agua en Cuatro Ciénegas.
Devolver concesiones es un paso, y bienvenido sea si viene con inversión real en humedales y con tecnificación de riego que de verdad ahorre agua. LALA y sus proveedores lo han dicho: van a trabajar en eso, en coordinación con las autoridades.
Pero la sobreexplotación más fuerte no fue solo en Cuatro Ciénegas. Fue aquí mismo, en los campos de alfalfa de La Laguna, para alimentar las vacas que dan la leche que consumimos todos los días. El acuífero principal sigue resentido. El arsénico no desaparece con un comunicado.
La verdad yo he visto cómo cambia esto con los años. He platicado con ganaderos de Gómez Palacio que recuerdan los buenos tiempos y ahora hablan de hacer más con menos. He visto los campos donde antes era puro algodón y ahora es alfalfa o maíz, pero con sistemas de riego que todavía no llegan a todos. Y he escuchado a la gente de Cuatro Ciénegas que, aunque celebran cualquier alivio, no olvidan lo que vivieron cuando los pozos se iban secando.
No se trata de estar en contra de la industria lechera. LALA da empleo a mucha gente, mueve la economía de la región. El problema es pretender aparecer como los salvadores de un recurso que ellos mismos ayudaron a exprimir durante décadas. Las cosas hay que decirlas de frente. La memoria lagunera no es corta, y el agua tampoco perdona los olvidos.
Al final, el que paga el plato no es solo el acuífero. Son los pequeños productores que batallan con las importaciones y con los precios. Son las familias que por años tomaron agua con arsénico. Son las generaciones que vienen y que van a necesitar que este lugar siga siendo productivo sin secarse del todo.
Uno espera que las devoluciones de agua y los proyectos grandes no sean solo pa’ la foto, sino el principio de algo más serio. Porque si no aprendemos de lo que ya pasó, la sed va a seguir cobrando factura.
Y ustedes, laguneros, coahuilenses de a pie, ¿qué dicen? ¿Creen que estos pasos van a cambiar de verdad el rumbo, o seguimos repitiendo la misma historia con palabras nuevas?
La verdad, uno sigue esperando que sea lo primero. Porque el agua, al final, es de todos y no se puede seguir viviendo del pasado mientras el futuro se nos seca entre las manos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



