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Guillermo Robles

La cheve dominical ya no se esconde del todo

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

La cheve dominical ya no se esconde del todo

Uno se queda aquí escroleando la pantalla de su celular tranquilamente y quién soy yo para decir hasta de lo que puedes encontrar y más cada vez que anuncian “ley seca”, y te das cuenta que de seca no tiene nada.

Soy de la generación que cuando el calor se sentía como plancha en Torreón de cómo eran esos domingos de antes. No hace falta remontarse muy lejos. Durante años, en casi todos los municipios de Coahuila, la tal ley seca dominical se aplicaba más en el papel que en la vida real.

Todo mundo lo sabía, desde el más chiquito pueblo hasta las orillas de las ciudades grandes. La cerveza, que siempre ha sido la reina en estas tierras, circulaba igual, nomás que por otros caminos.

Fíjense cómo funcionaba el asunto. En las colonias, en los ejidos, en las rancherías que uno recorre cuando anda reportando, los domingos no se buscaba agua para pasar el calor. Se buscaban cubetas de chela bien fría, a veces revuelta con un tequila baratón o con esos aguardientes que saben más a fuego que a uva.

Y la botana tradicional al lado, claro. Eso no ha cambiado mucho. Lo que sí cambió fue la forma en que se conseguía.

Antes, el negocio clandestino andaba a todo lo que daba. Los llamados aguajes, esas casas particulares que vendían sin licencia, proliferaban porque la prohibición era a medias.

Los jefes policiacos de distintos niveles lo sabían perfectamente. Algunos hasta lo preferían así. Mientras la ley seca existiera en la letra, había espacio para la “colaboración” extra, la mordida discreta, el silencio que se paga. La cerveza que llegaba por esa vía costaba el doble o el triple. Nadie se escandalizaba porque era el pan de cada día en muchos lugares.

Yo he visto eso de cerca. En mis años recorriendo el norte, desde las afueras de Torreón hasta las rancherías que rodean San Pedro, Matamoros, Monclova o Ramos Arizpe, platicaba con la gente. Un domingo cualquiera, en un ejido cerca de Piedras Negras o en las colonias populares de Saltillo, te topabas con que la fiesta ya había empezado desde temprano.

Y los que vendían sabían a quién avisar y a quién no. Era un sistema que nadie desconocía, pero que pocos querían tocar porque movía dinero y callaba bocas.

Castaños, ese municipio chiquito, pero con carácter que está pegado a Monclova, fue de los primeros en decir “ya basta con la farsa”. Hace tiempo su cabildo decidió que la ley seca dominical se quedara en la historia. No la eliminaron de golpe sin más; le pusieron un cobro: cincuenta pesos por domingo al que quisiera vender legalmente.

Con el padrón de licencias que tenían entonces, la tesorería municipal podía sumar un ingreso extra que caía bien cuando las arcas venían golpeadas. Fue una decisión práctica, de gente que veía la realidad de frente.

El tiempo pasó y Coahuila fue ajustando las reglas a nivel estatal. Hoy ya no existe esa prohibición general y absoluta de los domingos como antes. Hay horarios específicos para la venta de cerveza y otras bebidas en envase cerrado, sobre todo en expendios, misceláneas y lugares autorizados.

En zonas vinícolas como Parras o Arteaga hay hasta excepciones más amplias para los vinos locales. No es que se abrió la puerta de par en par sin control; se buscó una regulación que reconociera que la gente va a tomar igual, pero que al menos parte de ese movimiento pase por canales formales.

Y sin embargo, la cosa no es tan sencilla como parece. Cuando llega una ley seca temporal, como la que aplicamos este junio por las elecciones al Congreso local, de repente todo vuelve al viejo esquema.

La gente se surte el viernes, los expendios legales cierran, y de pronto las redes sociales y los grupos de WhatsApp se llenan de ofertas de entrega a domicilio. “Te la llevamos hasta la puerta”, dicen algunos. Recomendados o no, el servicio existe y mueve dinero. La prohibición temporal revive el negocio informal, aunque sea por unas horas.

¿Cuál ha sido el saldo real de estos cambios? Por un lado, los municipios ya no pierden por completo ese ingreso que antes se quedaba en bolsillos particulares. El dinero de las licencias y los impuestos llega de forma más ordenada a las arcas públicas. Eso ayuda, sobre todo en pueblos donde cada peso cuenta.

Los vinateros y expendedores que operan legal pueden trabajar con menos sobresaltos algunos domingos. La hipocresía de la prohibición fingida se redujo un poco.

Por otro lado, la preocupación que siempre estuvo ahí sigue vigente. En muchas familias de Coahuila en Saltillo, en Torreón, en Monclova, en cualquier colonia popular o ranchería, el alcohol ya compite con la comida y con la tranquilidad desde el lunes hasta el sábado.

Cuando el domingo se facilita el acceso, aunque sea con reglas, hay quien prefiere la cheve antes que otras necesidades. He platicado con amas de casa que cuentan cómo el “domingo de descanso” termina siendo el día en que la violencia o la falta de recursos se agrava porque “doña cheve” se llevó lo que había. Eso no lo arregla ninguna regulación.

El negocio clandestino no desapareció. Solo se adaptó. Sigue habiendo lugares donde se vende fuera de horario o sin control, sobre todo en las zonas más alejadas. Y cuando la ley seca electoral regresa, como pasó hace poquito, los precios suben otra vez y las entregas a domicilio se disparan. La mordida ya no es tan cotidiana los domingos comunes, pero el sistema encontró otras formas de seguir existiendo.

Al final, lo que queda es una pregunta que no se responde con números ni con decretos. ¿Fue mejor dejar la farsa de la ley seca total o regular lo que ya pasaba de todas formas?

Para las tesorerías municipales y para quienes venden legalmente, parece que sí hubo un beneficio. Para las familias donde el alcohol ya es un problema estructural, el cambio no ha significado gran diferencia. La cheve sigue rodando, nomás que ahora con horarios y con algunos papeles de por medio.

Yo sigo pensando que la verdadera discusión no está en si se vende o no los domingos. Está en cómo hacemos para que esa venta no se lleve por delante lo más importante: la estabilidad de los hogares coahuilenses. Porque al final del camino, el tiempo ya nos mostró que la prohibición fingida solo enriquecía a unos cuantos.

La regulación, al menos, pone algo de orden. Pero el fondo del asunto, esa preferencia por la botella cuando falta para lo demás, sigue siendo el mismo reto de siempre. ¿Ustedes qué ven en sus colonias y pueblos?

Porque la cheve dominical ya cambió de piel, pero la cuenta pendiente sigue ahí, esperando que alguien la pague. La mordida dominical se modernizó, pero la cheve sigue rodando igual. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org