OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Juventud en Saltillo: Entre el vacío y la oportunidad

Sin importar el lugar donde uno camine en la ciudad ya sea en la Alameda o el remodelado Distrito Centro de Saltillo, en estas tardes de julio y ve de todo. Familias con niños pequeños, parejas de la tercera edad sentadas en las bancas, y de vez en cuando, más lejos, en las esquinas de las colonias que rodean el centro, grupos de chavos que se juntan sin mucho que hacer.
No siempre arman escándalo. A veces solo están ahí, platicando fuerte, riéndose de cosas que solo ellos entienden, o simplemente mirando pasar los carros. Y uno, que ha visto pasar décadas en este norte, se queda pensando: ¿qué hay detrás de esos grupos?; ¿Qué los trae a la calle cuando podrían estar en otra cosa?
Porque el pandillerismo no es un invento nuevo ni algo que solo pase en las noticias grandes. Aquí en Coahuila, y sobre todo en Saltillo, ha existido desde hace años en las colonias populares. La diferencia es que, comparado con lo que uno lee o ve de ciertas ciudades estadounidenses, donde las bandas tienen nombres que suenan a guerra, estructuras cerradas y tiroteos que dejan muertos en la calle con regularidad, aquí la cosa suele ser distinta.
Allá muchas de esas pandillas andan armadas hasta los dientes y defienden territorio con balazos que terminan en funerales. Aquí, la mayoría de los grupos que se forman en Saltillo son de chavos entre trece y veinte años que buscan, más que nada, un lugar donde sentirse parte de algo. Hay riñas, sí, pleitos por una esquina o por un respeto mal entendido, y en los últimos tiempos se ha notado un poquito más de eso en algunas zonas. Pero no es la violencia sistemática, organizada y letal que se ve en otras latitudes.
Según lo que comentan las autoridades locales en estos tiempos, en Saltillo operan alrededor de ciento cincuenta de estos grupos. De ellos, solo una decena o docena dan dolores de cabeza de verdad, los que andan metidos en altercados más seguidos. El resto es más de juntarse, a veces tomar unas cervezas, probar alguna cosa, y pasar el rato.
Hay hasta un par o tres integrados solo por muchachas. Y la mayoría sigue concentrada en las mismas zonas de siempre: el sur y el oriente de la ciudad, colonias como El Tanquecito, Bellavista, Guayulera, Mirador, Valle de las Flores, Buenos Aires, Chamizal, Lamadrid y por ahí. Lugares donde las casas se fueron construyendo rápido, donde llegó gente buscando trabajo en las maquilas o en la industria, y donde los muchachos crecieron con menos espacios para jugar o para platicar en casa.
La verdad yo he visto de cerca cómo funciona esto. Hace años, cuando andaba reporteando por esas colonias del oriente, platicamos con varios de esos chavos. Uno me decía que en su casa el papá salía antes del amanecer y regresaba de noche, turnos dobles en la fábrica. La mamá llegaba cansada de su propio trabajo y apenas tenía fuerzas para preguntar cómo le había ido en la escuela.
Entonces el muchacho se iba a la esquina porque ahí, aunque fuera a pelearse o a pasar el rato, al menos lo veían, lo escuchaban, le decían “órale, carnal”. No es excusa, pero es la realidad que uno encuentra cuando se sienta a platicar sin micrófono ni libreta a la vista.
Y la verdad, no es que todas las pandillas sean inocentes. Algunos de estos grupos, en otras partes del país, sí se han metido de lleno con la delincuencia organizada, vendiendo droga o metiéndose en extorsiones. En Coahuila, afortunadamente, eso no ha prendido de la misma manera. Aquí sigue siendo más un fenómeno de jóvenes que buscan identidad y desahogo que una estructura criminal consolidada. Las autoridades locales lo saben y por eso, desde hace varias administraciones, mantienen equipos que se dedican exclusivamente a estos casos.
No es solo llegar y detener. Es acercarse, ofrecerles alternativas: un taller de boxeo, un curso de mecánica, una invitación a un torneo de futbol, pláticas con alguien que les hable claro, pero sin tratarlos como criminales en potencia. El objetivo sigue siendo el mismo de siempre, que vean que hay otra salida, que el gobierno y la sociedad no los tienen abandonados.
Pero hay que decir las cosas como son. Aunque el número no sea alarmante comparado con lo que pasa en Tijuana, Ciudad Juárez o Monterrey, tampoco podemos confiarnos. En lo que va de estos últimos años se ha registrado algún incremento en riñas y altercados en ciertas colonias. Un chavo violento siempre va a existir, y si no se atiende a tiempo puede terminar ligado a cosas peores. Por eso los programas de prevención siguen vigentes: el que ofrece alternativas de empleo, el que mete a los jóvenes en actividades deportivas y artísticas, y ahora también iniciativas federales como Jóvenes Construyendo el Futuro que incluyen capacitación en temas de paz, mediación y cómo evitar las adicciones. Todo eso ayuda, pero no basta si en la casa sigue habiendo vacío.
Porque al final del día la cosa es que el pandillerismo casi siempre empieza ahí adentro. Cuando un joven vive en un hogar donde el papá llega alcoholizado o la mamá está demasiado distraída con sus propios problemas, o donde los padres se separaron y ya nadie se sienta a comer juntos, ese muchacho busca en la calle lo que no tiene. Desquitar frustraciones, sentirse fuerte, pertenecer.
En cambio, cuando en la casa hay orden, cuando los papás predican con el ejemplo, cuando se habla de valores y se escucha al hijo, aunque sea por diez minutos al día, las probabilidades de que salga a hacer daño bajan mucho. He visto familias en Ramos Arizpe, en Arteaga, en Piedras Negras, donde los hijos crecieron con disciplina y cariño, y hoy son profesionistas, trabajadores honestos, gente que aporta. Pero también he visto lo contrario, es decir, hogares rotos donde el hijo terminó en la esquina y de ahí no salió fácil.
Las pandillas son parte de nuestra sociedad, no un cuerpo extraño que llegó de otro planeta. Son chavos de nuestras colonias, nietos de obreros que llegaron a trabajar al norte, hijos de gente que se levanta temprano todos los días.
Tratarlos solo como “el problema” genera distancia y a veces hasta rechazo innecesario. Lo que necesitamos es entender que detrás de cada grupo hay una historia de falta de atención, de oportunidades que no llegaron a tiempo, de soledad disfrazada de bravata. Y que sí se puede hacer algo: fortalecer la familia desde adentro, exigir que los programas de prevención lleguen de verdad a las colonias que más lo necesitan, y no dejar solos a esos muchachos cuando todavía están a tiempo de cambiar el rumbo.
Al cabo, este tema nos deja una pregunta que no se resuelve con una columna ni con una patrulla más. ¿Qué clase de Coahuila queremos dejarles a los que vienen detrás?. Uno donde los jóvenes de las esquinas sigan buscando en la calle lo que no encuentran en casa, o uno donde la comunidad, la escuela y la familia les tiendan la mano antes de que la esquina los atrape. Porque al final ellos también son parte de lo que somos nosotros. Y si no los abrazamos a tiempo, la cuenta la pagamos todos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


