OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Cuando la lluvia abre la puerta a la codicia

Hace varios años cuando llegué aquí a la ciudad capital coahuilense por allá en 1982 para hacer un semestre de secundaria y posteriormente me regresé a Torreón, pero desde ese entonces siempre se decía de Saltillo que nunca se inundaba porque estaba la ciudad arriba de un cerro.
Pasaron los años y me quedo pensando en ello en estos recientes años, pero siendo más en estos meses del presente año en donde llueve y llueve, la temporada apenas va a la mitad y ya hay zonas del norte de Coahuila donde el agua entró a las casas otra vez. Nueva Rosita, Piedras Negras, partes de Monclova, Acuña… la historia se repite, aunque con nombres distintos cada año. Y lo que no cambia, lo que sigue doliendo igual que hace lustros, es ver cómo la necesidad de la gente se vuelve oportunidad para algunos.
No es que uno sea ingenuo. El mercado es así, la oferta y la demanda mandan cuando no hay precios de control como los de antaño. Pero hay momentos en que la cosa se pasa de rosca. Cuando las familias están sacando agua con cubetas, cuando los niños duermen en colchones mojados y las tiendas de abarrotes o los minisúper suben el precio del agua embotellada, del pan, de la leche o de la harina como si nada, ahí ya no es negocio normal. Es otra cosa. Y la verdad yo he visto de todo en estos años recorriendo el estado, y siempre sale lo mismo: hay quien se detiene y hay quien aprovecha hasta el último peso.
En estos días de junio y lo que va de julio, con las lluvias que han dejado encharcamientos fuertes y hasta inundaciones repentinas en varios municipios, volvieron a circular las quejas. Garrafones de agua que normalmente andan entre quince y veinticinco pesos, según la marca y el lugar, de repente aparecieron en algunos lados a cincuenta, sesenta o más. No en todas partes, claro, pero sí en zonas donde la gente no tenía otra opción.
Lo mismo con el pan blanco o de azúcar, el aceite, las latas de atún o sardinas. Cosas de primera necesidad que de un día para otro duplicaron o triplicaron su precio. Y lo peor no es solo el encarecimiento: también hubo reportes de mercancía que “no había” hasta que subía el costo. Ya saben a qué me refiero.
Uno entiende que un pequeño comerciante también tiene que pagar su renta, sus empleados, el transporte que a veces se complica con el agua. Pero hay una línea. Y esa línea se cruza cuando se esconde lo que la gente necesita con urgencia o se cobra de más sabiendo que el que compra no puede ir a otro lado porque las calles están anegadas o porque el camión no pasa.
Me puesto a imaginarme cada vez que veo esos videos en donde las casas están rodeadas de agua y familias con chamacos chicos, con la ropa y los muebles perdidos, y encima tienen que pagar el doble por un litro de leche o por un kilo de tortilla. Eso no es sobrevivir, eso es medrar con la desgracia ajena. Hay veces que se ven tan vulnerables porque no tienen ni siquiera para dónde salir porque ahí están atrapados atrincherados dentro de sus casas todas inundadas.
Y ahora, fíjense, el asunto ya no se queda solo en los anaqueles. Con las lluvias de estas semanas ha venido otra oleada de “servicios” que aparecen como hongos después del temporal.
Impermeabilización de techos, por ejemplo. Todo mundo sabe, y las instrucciones de los botes lo dicen clarito, que la superficie tiene que estar bien seca para que el producto agarre y funcione. Pero hay quien llega ofreciendo el servicio, aunque el techo todavía chorrea, aunque las losas siguen húmedas. Cobran por adelantado, aplican lo que sea y a los pocos días las goteras vuelven, a veces peores. La gente, desesperada porque el agua no para de entrar, acepta. Y el que aplicó ya se fue con el dinero.
Lo mismo pasa con los que se ofrecen a “solucionar” los problemas de inundación en las casas o en los terrenos. Llegan ingenieros o arquitectos (no todos, hay de los buenos y de los otros) y te dicen que hay que hacer tal drenaje, tal muro de contención, tal canalización que cuesta una fortuna. A veces es necesario, sí. Pero otras veces es puro parche caro que no resuelve nada de fondo y que se cobra como si fuera obra maestra. La urgencia hace que la gente firme sin preguntar mucho. Y después viene el arrepentimiento, cuando la próxima lluvia vuelve a meter el agua por donde siempre.
Yo recuerdo, hace años, en una de las inundaciones fuertes del norte, cómo en Monclova y Sabinas la gente se organizaba para ayudarse entre vecinos. Alguien prestaba la bomba, otro la camioneta, las mujeres repartían lo que tenían. Eso también existe, y mucho. Pero siempre hay los que ven la oportunidad y la toman sin piedad. No alcanzan las cárceles para todos, como se decía antes, pero sí alcanzan las sanciones, las clausuras temporales, las multas que de verdad duelan. PROFECO y las autoridades locales tienen herramientas, aunque a veces parece que les cuesta actuar con rapidez cuando el agua ya bajó y la atención se va a otro lado.
La cosa es que seguimos en plena temporada. Faltan semanas, quizás meses, de lluvias posibles. Lo que pase en los próximos días en Ramos Arizpe, en Arteaga, en Castaños o en cualquier colonia de Saltillo donde el agua se acumula, puede volver a abrir la puerta a los mismos abusos. O puede ser la oportunidad para que las autoridades pongan reglas claras para estos momentos de emergencia: precios máximos temporales en productos básicos, inspecciones rápidas a servicios de reparación y, sobre todo, que la gente sepa a dónde denunciar sin tener que hacer largas filas bajo la lluvia.
Al final uno se pregunta qué clase de norte queremos. El que se ayuda cuando el agua sube, o el que cobra más porque puede. Porque al final del día, el que hoy encarece el agua o sella mal un techo, mañana puede ser el que necesite que alguien lo ayude a él. Y ahí se mide de verdad quiénes somos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


