OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Ríos crecen y culpas que se reparten

Aquí en Saltillo, ya tiene casi la semana completa en donde sale el sol y luego aparecen las nubes al atardecer, anunciando la amenaza de tormenta y aunque hay que reconocer que tanto las autoridades estatales, así como locales mandan alerta cuando se trata de lluvias continuos o peligrosas.
Sin embargo, cada vez que llueve un poco más fuerte en el norte, salen las imágenes de colonias anegadas, familias sacando sus cosas como pueden, y después vienen las declaraciones. De un lado acusan a los municipios porque permiten que la gente se meta donde no debe. Del otro lado responden que la culpa es federal porque no cuida lo suyo. Y mientras tanto el agua pasa y arrastra lo que encuentra.
Pero quiero que sepan ustedes, esto no es de ahora. Yo lo vi en mis años de reportero y lo sigo viendo. Allá por el 2010, en la Región Carbonífera, cuando vino el presidente de visita, el director de CONAGUA de aquel entonces salió a decir clarito que las inundaciones eran responsabilidad de las autoridades municipales. Que ellos permitían asentamientos en los márgenes de ríos y arroyos federales, que había contubernio con líderes de colonos sin escrúpulos que vendían terrenos baratos a sabiendas del riesgo, que no se podían dar servicios públicos en zona federal. Y en parte tenía razón. Los ayuntamientos controlan el desarrollo urbano y no deberían autorizar nada donde está prohibido.
Pero ¿y la otra cara de la moneda? La CONAGUA es la autoridad federal sobre las aguas nacionales y sobre esa franja que la ley llama zona federal o ribera, esa de diez metros a cada lado del cauce, o cinco en los arroyos más chiquitos. Esa franja es federal, es de ellos.
Ellos la delimitan, ellos deben vigilarla, ellos deben impedir que se invada. Si alguien se asienta ahí, es porque no los echaron a tiempo o porque no estuvieron presentes cuando debieron estarlo. No basta con decir “eso es problema del municipio”. Tienen inspectores, tienen presupuesto, tienen la obligación legal de proteger lo que es suyo.
Y como todo entre echándose la pelota cada uno, la cosa es que se lavan las manos. Y no es solo discurso. La CONAGUA cobra cuotas por el uso del agua en riego, por las norias, por el padrón completo de usuarios. Cobra también por la extracción de arena, cascajo y materiales de construcción que se sacan de los lechos. Tiene recursos de varios miles de millones para atender la red de ríos, arroyos, canales y acequias de todo el país.
En Coahuila, varios municipios sacan de su propio presupuesto dinero para desazolvar lechos, sacar basura y escombros que la gente tira sin conciencia. No es que no hagan nada. Pero la presencia federal en la vigilancia diaria de todas esas márgenes sigue siendo débil. Y cuando llueve fuerte, volvemos a lo mismo.
Solo por mencionar, en Torreón y la Laguna hay colonias que llevan décadas pegadas a los arroyos o a lo que queda del cauce del Nazas. En Saltillo, por el sur y por donde bajan las aguas de los cerros, hay zonas que se meten donde no deberían.
En Monclova, en la Carbonífera, en Piedras Negras o Acuña, siempre hay algún arroyo que se sale cuando las lluvias vienen más intensas. La gente que vive ahí muchas veces sabe el riesgo. No son tontos. Pero el terreno es barato, es lo que pueden pagar, y si las autoridades de los dos niveles no paran el asunto desde el principio, la colonia crece. Después viene la desgracia y entonces piden reubicación o regularización, como si el riesgo no hubiera existido antes.
Yo platicaba de esto con mi papá cuando era muchacho allá por el norte de Coahuila. Él me decía siempre lo mismo: “El problema no es solo el agua que cae, hijo. Es que dejan que la gente se asiente en las orillas sabiendo que es irregular. No aprenden hasta que pasa la desgracia y entonces quieren casa nueva”.
Y tenía razón. Muchas familias, la mayoría de escasos recursos, ven en ese lote a la orilla del arroyo la única oportunidad de tener algo propio. Los líderes ofrecen soluciones rápidas, prometen que después se arregla. Algunos funcionarios locales cierran los ojos porque esos votos cuentan. Del lado federal, a veces la atención se va a los grandes proyectos y la vigilancia diaria de cada arroyo queda en segundo plano.
Y no se trata solo de inundaciones. Está también el tema del agua que se va acabando. Recuerdo el caso de Cuatro Ciénegas. Durante años se permitió que productores lecheros de la Laguna sembraran alfalfa a gran escala en una zona que es única en el mundo por sus manantiales y su biodiversidad. Esa alfalfa se come mucha agua y fue abatir los mantos subterráneos. La CONAGUA tenía la obligación de poner freno antes de que el daño fuera irreversible. Y pasó lo que pasó. Hoy seguimos hablando de escasez en muchas partes del norte mientras se repiten patrones parecidos en otras cuencas.
La verdad yo he visto de todo en estos más de cuarenta años. Colonias que se formaron de la noche a la mañana en zonas de riesgo. Gente que me platicaba después de una inundación: “Nosotros sabíamos que podía pasar, pero ¿dónde íbamos a ir?. Aquí nos dieron el lote y nadie nos detuvo”. Y después venían las promesas de ayuda. El ciclo se repite porque es cómodo para muchos. Para quien vende el terreno, para quien necesita votos, para quien no quiere el costo político de desalojar. Mientras tanto la naturaleza sigue su curso.
En lo que va de este año, con la administración actual y el nuevo director al frente de CONAGUA, se habla de reformas y de más recursos para el agua. Está bien que se hable. Pero el problema de fondo no se resuelve con declaraciones. Se resuelve con coordinación real entre el nivel federal y los ayuntamientos. Con mapas claros de las zonas federales actualizados y públicos. Con vigilancia que no se quede en el papel. Con programas de vivienda digna en lugares seguros antes de que la gente tenga que invadir. Con mantenimiento constante, no solo cuando ya se desbordó todo.
Porque al final el río no vota, no promete regularizaciones, no entiende de jurisdicciones ni de quién es el culpable de turno. Solo baja por donde encuentra el camino más fácil. Si hay construcciones mal puestas, basura acumulada o márgenes descuidadas, arrastra todo sin preguntar. Y cuando eso pasa, ya no hay manos limpias que valgan. Solo queda la cuenta que pagamos todos, una y otra vez.
Uno se queda pensando si vamos a seguir así mucho tiempo más. Echándonos la culpa mientras las colonias siguen creciendo donde no deben y el agua sigue recordándonos que la naturaleza no negocia. Porque al final, la responsabilidad no se lava con palabras. Se asume con hechos, antes de que la próxima lluvia fuerte nos vuelva a poner el problema enfrente de los ojos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org




