OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Cuando la vía pública tiene dueño y no es el municipio

Caminando por el centro de Saltillo cualquier fin de semana, o yendo a Torreón a visitar a la familia, uno se topa con lo de siempre, nomás que los carritos ya traen llantas más nuevas y los toldos de plástico han cambiado de color.
Las pulgas siguen armándose en los mismos sectores de siempre, y cuando se acerca agosto y las fiestas del Santo Cristo, las calles alrededor de la Catedral y sus alrededores se llenan otra vez de gente que viene de Ramos Arizpe, de Arteaga, de Monclova o hasta de más lejos, con la esperanza de vender algo en esos días de mucha gente.
La verdad yo he visto esto desde hace décadas. Cubrí fiestas patronales en los ochenta y en los noventa, y la escena no ha cambiado tanto como quisiéramos. Los ayuntamientos, pues la cosa es que siguen sin ser del todo autosuficientes. Los 38 municipios de Coahuila, sobre todo los más grandes, dependen todavía en buena medida de lo que les manda el estado y la federación.
Los gobiernos estatales en turno les repiten lo mismo de siempre: “Sean más ingeniosos, cobren lo que les corresponde, dejen de depender tanto”. Y algunos ediles lo intentan, de verdad que sí. Pero la mayoría, fíjense ustedes, dejan que las cosas sigan como están. Al final, cuando llega la hora de pagar deudas o de dar servicios decentes, quien termina poniendo de su bolsa es el mismo de siempre: el ciudadano de a pie.
Y ahí entra lo de los vendedores ambulantes y los llamados pulgueros. No es que esté en contra de que la gente busque cómo ganarse el pan. Muchos son familias enteras que no encuentran otro modo. Pero el detalle está en cómo se cobra el uso de la vía pública.
Hay una cuota oficial que marca la ley de ingresos del municipio. En Saltillo, para este año 2026, los puestos en fiestas tradicionales andan por los 245 pesos diarios, y para los ambulantes más pequeños las cuotas diarias van desde unos cuantos pesos hasta poco más de noventa, según el tamaño del carrito o si vienen de fuera. Eso se supone que entra a las arcas municipales. El problema es que entre la cuota oficial y lo que realmente pagan los vendedores hay un trecho bastante grande, y ese trecho casi nunca deja rastro en papel.
Los líderes de los grupos de vendedores, los que deciden quién entra y quién se queda afuera, quién se pone en la mejor esquina y quién se va más atrás, cobran su parte extra. En las pulgas de los fines de semana, en los eventos grandes, en las ferias, pasa lo mismo. El inspector municipal cobra lo suyo, pero el líder cobra lo otro, y muchas veces lo cobra enfrente de todos, sin recibo, sin comprobante foliado.
El vendedor paga porque sabe que si no paga no vende, o le toca el peor lugar, o le hacen la vida imposible. Y el dinero extra… ¿adónde va? Esa es la pregunta que uno se hace cada vez que ve la misma película.
Recuerdo una tarde, hace ya bastantes años, en las calles aledañas a la Catedral durante el Santo Cristo. Había cientos de puestos. Hablé con un señor de Monclova que traía un remolque con ropa y juguetes. Me contó que para tener un buen espacio tenía que “arreglarse” con el líder del grupo.
La cuota oficial era una cosa; lo que le pedía el líder era otra muy distinta. Y los inspectores estaban ahí, mirando. No decían nada. Nadie extendía recibo por esa parte extra. El señor me dijo, con esa resignación que uno conoce bien en el norte: “Así es la cosa, compadre, si quieres trabajar tienes que pagar el piso completo”. Esa misma historia la he escuchado en pulgas de Torreón, en tianguis de Piedras Negras, en las ferias de Acuña. Cambian los nombres, cambian un poco los montos, pero el mecanismo se parece demasiado.
Lo que más llama la atención, así como muy lamentable, es que ese dinero que no entra a las cajas oficiales podría estar sirviendo para algo concreto: alumbrado en alguna colonia, arreglo de una banqueta, apoyo a alguna obra pequeña. En cambio, se queda en el camino. Y al final son los mismos contribuyentes los que terminan pagando los platos rotos. Porque cuando el municipio no recauda lo que debería, tiene que pedir más al estado o subir otras contribuciones, o simplemente deja de dar servicios como se debe.
Los que tienen negocio formal también se quejan, y con razón: compiten con quien no paga impuestos completos ni tiene los mismos gastos. En Saltillo mismo, hace poco se volvió a escuchar la protesta de comerciantes del centro porque el ambulantaje ha crecido y la regulación no alcanza a controlar todo.
No se trata de criminalizar a quien vende en la calle. Muchos lo hacen porque no hay otra opción, sobre todo en tiempos donde la economía aprieta y las pulgas de Monclova, por ejemplo, han visto cómo cientos de vendedores ya no se registran porque ya no les sale rentable.
El problema es la falta de control real, la ausencia de transparencia. Cuando el cobro se hace sin recibo, cuando un líder se vuelve indispensable para poder trabajar en la vía pública, cuando los inspectores ven y no actúan, se genera un círculo vicioso que nadie termina rompiendo.
He platicado con regidores y con funcionarios de distintas administraciones. Todos coinciden en que hay que fomentar los ingresos propios de los municipios. Pero cuando llega el momento de aplicar reglas claras esos recibos para todo, padrones transparentes, sanciones reales a quien cobra de más, las cosas se complican. Porque detrás de esos líderes muchas veces hay arreglos, clientelas, o simplemente la costumbre de años. Y la costumbre, en Coahuila como en cualquier parte, es dura de quitar.
Al final de cuentas, lo que está en juego no es solo un par de cientos o miles de pesos en una fiesta. Es la confianza de la gente en que las reglas son para todos por igual. Es la certeza de que lo que se cobra en nombre del municipio realmente sirve para algo que se ve y se siente en la calle. Mientras eso no se resuelva de verdad, seguiremos viendo lo mismo cada agosto alrededor de la Catedral, cada fin de semana en las pulgas, y cada vez que un municipio tenga que explicar por qué le faltan recursos para lo más básico. La calle sigue cobrando. La pregunta sigue siendo la misma: ¿quién se queda con lo que cobra y para qué sirve realmente? (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



