OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Cuando Monterrey prende las alertas al atardecer

Fíjense ustedes, uno pasa años cubriendo estas cosas y llega un momento en que ya no se trata de alarmar a nadie, sino de platicar con la gente de a pie que todos los días cruza la línea invisible entre Saltillo, Ramos Arizpe y la zona metropolitana de Monterrey.
Haciendo una actualización, la cosa es que, aunque las cifras oficiales de Nuevo León en lo que va de este año muestran bajas importantes en homicidios y delitos de alto impacto, la vida real de quien tiene que ir por negocios, por una junta o simplemente a comprar en esos grandes centros comerciales, sigue teniendo sus reglas no escritas.
Existen muchos casos tan solo por mencionar imagínense un ejecutivo de Ramos Arizpe que sale temprano, maneja la hora y media que se hace en tráfico normal, llega a una reunión en San Pedro o en Valle Oriente, y al salir, ya entrada la tarde, se encuentra con estacionamientos que se van quedando solos. No es que todo esté igual que hace quince o veinte años, porque la verdad yo he visto cómo han cambiado las cosas. Pero hay momentos y lugares donde la ciudad se pone más vulnerable, y eso no lo borra ninguna estadística.
La gente de por acá, los que tenemos familia o trabajo que nos lleva seguido al otro lado, sabemos que después de las cinco de la tarde el ritmo cambia. Los grandes supermercados y tiendas departamentales que antes estaban llenos de gente, de repente se quedan con menos movimiento. Los estacionamientos, sobre todo los de las zonas más concurridas como las que están por Las Torres o por Gómez Morín, se convierten en espacios donde un malandro puede elegir mejor su momento. No es teoría, es lo que uno ha escuchado de amigos, de conocidos que van y vienen, y de lo que las propias autoridades han señalado en distintos momentos.
Y ahí viene lo que más me llama la atención: no se trata de vivir con miedo, sino de no regalar oportunidades. Traer menos efectivo encima, dejar las tarjetas de crédito en casa cuando no son necesarias, eso parece cosa de sentido común, pero cuántas veces uno ve a alguien sacando dinero en un cajero automático solitario a esas horas. El tráfico ya bajó, la gente anda con prisa por llegar a su casa, y los que andan buscando problemas aprovechan justo esa ventana. Lo mismo pasa en las salidas de la ciudad: la avenida que va hacia el Country, Fundadores, ese puente que cruza como un hilo tenso hacia las Cumbres… hay tramos donde la circulación se adelgaza y cualquier cosa puede pasar más fácil.
Uno que ha manejado esas rutas mil veces sabe que no es lo mismo cruzar de día que cuando ya oscureció. Y no hablo solo de los que van hacia Laredo o hacia Reynosa para conectar con Texas. Hablo de la ruta diaria de quien vive en Saltillo, pero tiene su oficina o sus clientes en Monterrey. Esos trayectos se vuelven más largos en la mente cuando uno piensa en lo que puede pasar si se baja la guardia.
La verdad es que yo recuerdo, hace ya varios años, cuando las cosas estaban más complicadas por allá, cómo las empresas de ambos lados del límite empezaron a compartir información. No era para asustar, era para que el contador, el gerente de planta o el vendedor que viaja seguido supiera por dónde moverse con más cuidado.
Hoy, con todo lo que ha mejorado la coordinación y los resultados que presumen las autoridades de Nuevo León, sigue habiendo quien prefiere no hablar por celular mientras maneja de la oficina a la casa. No porque sea paranoia, sino porque distraerse un segundo puede ser lo que un grupo busca para acercarse.
Y luego está eso de no oponer resistencia si te topas con alguien que te pide las llaves del carro. Suena duro decirlo, pero uno ha visto casos donde la persona que se pone terca termina peor. Dar las llaves, separarla de las de la casa, quitar el control de la alarma… son detalles que parecen tontos hasta que te toca ver de cerca lo que puede pasar. He platicado con gente de las zonas industriales de Ramos Arizpe que tienen protocolos internos precisamente por eso: no exponer al personal que viaja, tener rutas alternas, no regresar solos de noche si se puede evitar.
¡Ande, no!… es que estemos en los peores tiempos. Al contrario. Quien ha cubierto seguridad en el norte durante décadas sabe distinguir entre una racha mala y una tendencia real. En estos años recientes se ha trabajado mucho, se han invertido recursos, y los números de delitos graves han bajado de forma que antes parecía imposible. Pero la inseguridad no desaparece de un plumazo. Se transforma, se vuelve más selectiva, más de oportunidad. Y ahí es donde entra la prevención de a pie: la que cada uno puede hacer sin esperar que alguien más lo proteja todo el tiempo.
Piensen en las familias de Saltillo que el fin de semana van a Monterrey a comprar, a comer o a ver a los parientes. O en los transportistas que recorren esas carreteras todos los días. O en los jóvenes que empiezan a manejar solos y todavía no miden bien los riesgos. A ellos también les llega, aunque sea de rebote, lo que pasa al otro lado. Porque la frontera entre Coahuila y Nuevo León no es solo un letrero en la carretera; es un flujo constante de gente, de dinero, de vida diaria.
Yo, que nací en Torreón y me crie viendo cómo se movía todo por estas tierras, sigo creyendo que lo más sano es platicar estas cosas sin dramatismo, pero sin ingenuidad. No se trata de encerrarse ni de dejar de ir a donde uno tiene que ir.
Se trata de ir con los ojos abiertos, de no convertir la rutina en un blanco fácil. De separar las llaves, de evitar el cajero solitario cuando ya no hay nadie alrededor, de pensar dos veces antes de sacar el celular en un semáforo o en un tramo solitario.
A fin de cuentas, lo que uno aprende después de tantos años reporteando es que la mejor historia es la que no se cuenta: la del que llegó bien a su casa, la del que evitó el problema porque tomó una precaución sencilla. Y eso, fíjense, no depende solo de que las autoridades hagan su trabajo y que lo están haciendo mejor que antes, sino de que cada quien ponga su parte.
El norte siempre ha sido así: duro cuando hay que serlo, pero también capaz de aprender de lo que pasa al lado. Monterrey nos sigue mandando, aunque sea de forma indirecta, recordatorios de que la prudencia no es debilidad. Es la forma más vieja y efectiva de cuidarnos los unos a los otros. Y mientras sigamos cruzando esa línea invisible todos los días, vale la pena tenerla presente. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


