Noticias Coahuila, Lideres de Opinión, Reportaje SIP

Guillermo Robles

30 años volando y silencio en la pista

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

30 años volando y silencio en la pista

Fíjense ustedes lo que pasa cuando una empresa que lleva más de treinta años volando de repente se apaga como si alguien hubiera cortado el switch. No es que un día amaneció sin gasolina. Magnicharters, esa que nació en el 94 como Grupo Aéreo Monterrey y se ganó la vida cargando familias enteras a las playas, dejó de operar en abril de este año con un comunicado seco que hablaba de “problemas logísticos”. Y ya. Como si eso bastara.

La verdad yo he visto muchas quiebras en este país, pero esta tiene un sabor distinto. ¿Cómo es posible que de la noche a la mañana todo el personal de mostradores, de puertas de embarque, de maletas, se haya evaporado sin dejar rastro de quejas o de gritos?. En Cancún, en Monterrey, en el AICM… uno llega y ya no hay nadie con el chaleco azul. Y resulta que varios de esos muchachos que antes formaban las filas de Magnicharters ahora aparecen con el chaleco de otra línea. Se cambian el uniforme y siguen anunciando vuelos. ¿Alguien les preguntó algo?. ¿Alguien revisó si les pagaron para callar o si simplemente se acomodaron donde pudieron?. El silencio de la gente que trabaja dentro de los aeropuertos sobre todo en esos lugares controlados hasta el último centímetro por la autoridad federal, deja un mal sabor. Porque si ellos no hablan, ¿quién va a contar lo que realmente pasó en los últimos meses?

Y las agencias de viajes… pues la cosa es que muchas vendieron paquetes, cobraron anticipos, recibieron el dinero de la gente de Saltillo, de Torreón, de Monclova, de todos lados, y ahora las deudas con ellas ya rebasan los mil cien millones de pesos. Más de sesenta millones de dólares, según las cuentas que andan circulando en el gremio. ¿Dónde quedó ese dinero?. ¿Quién lo administró? Las agencias también tienen responsabilidad. No se puede decir “yo solo vendía” cuando el cliente depositó su ahorro de un año para irse a la playa y ahora no tiene ni vuelo ni reembolso fácil. Profeco ya lleva casi quinientas quejas, pero el camino para recuperar algo es largo y tortuoso.

Luego están los aviones. Esos Boeing 737 viejos, con sus matrículas XA- que el gobierno federal les asignó hace años. No desaparecen en el aire. Están estacionados en algún hangar, generando costos o esperando a que alguien decida qué hacer con ellos. ¿Por qué no se embargan de una vez para ir pagando liquidaciones a los casi quinientos trabajadores que se quedaron sin sueldo y sin finiquito? ¿O para devolverle algo a la gente que pagó su boleto?. En lugar de eso, se habla de concurso mercantil, de procesos que se alargan, y los dueños —los hermanos Bojórquez— parecen haberse vuelto ilocalizables. Imagínense nomás: una empresa que operaba vuelos chárter por décadas, con personal fijo en aeropuertos regulados, y de pronto todo se desvanece con una limpieza que da para pensar.

La AFAC actuó tarde. Primero una verificación en enero, luego la suspensión temporal en abril y la revocación definitiva a finales de junio. Mientras tanto, Volaris y Viva seguían creciendo con aviones más nuevos y costos más bajos, y Magnicharters se quedó con una flota obsoleta y un modelo que ya no daba. Pero eso no explica el apagón total. Una aerolínea no se cae de un día para otro sin que alguien adentro sepa desde antes que el final se acercaba. Los retrasos de sueldos, los adeudos con proveedores, los problemas de liquidez… todo estaba a la vista. Y, sin embargo, se dejó llegar hasta aquí.

Yo me acuerdo de otras líneas que también se fueron. Siempre es la misma historia: el pasajero paga dos veces, el trabajador espera meses por su liquidación, y los aviones terminan en manos de quien pueda comprarlos barato. El gobierno federal ayudó a reubicar a algunos varados, sí, pero eso no resuelve el fondo. La seguridad operacional no se separa de la salud financiera. Cuando una empresa pierde la capacidad de mantener sus aviones y de pagar a su gente, el riesgo ya no es solo comercial: es de todos los que suben a bordo.

Sabe a qué me refiero. En este país seguimos viendo cómo se apagan las luces de aerolíneas sin que las lecciones se aprendan del todo. Mientras no haya una supervisión que revise con la misma fuerza los números de la caja y el estado de las turbinas, mientras el personal de tierra pueda cambiar de chaleco sin que nadie pregunte, y mientras los aviones con matrícula federal queden en un limbo, estas historias se van a seguir repitiendo. Y los que pagan el costo siguen siendo los mismos: la gente que ahorró para un viaje y los trabajadores que dejaron la vida en las pistas. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org