OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Recargo para el que sí quería pagar

Uno oye hablar de modernización y ya no sabe si reírse o sentarse a esperar el siguiente aviso. En el papel todo suena limpio: sistema nuevo, pagos mejor identificados, menos errores en las cotizaciones, más control. En la calle, fíjense ustedes, la modernización llega hasta la pantalla. De la pantalla para abajo sigue el mismo país de siempre.
El jueves 17 se vio con claridad. No porque ese día alguien se hubiera despertado tarde, que también ocurre, sino porque era el último plazo para pagar la Modalidad 40 y el recibo no salía. Yo estuve en la subdelegación de Saltillo, la de Humberto Hinojosa. Desde temprano ya estaba.
No era un trámite menor. Era imprimir el formato para no perder el mes. Quien no paga el 17, al siguiente llega con recargos. Y aquí viene lo que a mí me parece el fondo, no el ruido de la fila: esa gente no iba a pedir un favor. Iba a dejar dinero. La Modalidad 40 es eso. Cotizar por su cuenta, mes con mes, para no terminar la vida con una pensión de hambre. En Saltillo, en Ramos, en Arteaga, en Monclova, en Torreón, hay quienes se aprietan el gasto precisamente para eso. No es capricho. Es miedo a llegar viejo con las manos vacías.
Por eso molesta más. Desde la primera semana de septiembre el formato no se podía bajar de internet. Tampoco en la segunda. Nadie mandó un aviso claro. Nada de “el sistema está en intermitencia, prorroguen, impriman en ventanilla, no se preocupen”. Entonces todos terminamos formados para la ventanilla 22 con copia del recibo anterior, copia del pago y el AFIL-02. Había noventa y tantos turnos adelante. El aparato ese, cuando llega al 399, se reinicia.
No se había ido la luz. Era el cambio que el Gobierno Federal ha venido metiendo para que cada aportación quede mejor referenciada, un esquema que ahora pasa por bancos como HSBC y que, en teoría, evita que un pago se pierda o se acredite mal. Moderno, sí. Útil, también, si funcionara el día en que tiene que funcionar. El problema es que ni el personal de la subdelegación podía entrar. Hasta mediodía no se restableció. Y los que estaban ahí —algunos desde el día primero— ya sabían la frase de memoria: “no tenemos sistema”.
Calculo unas trescientas personas adentro. Molestas, claro, pero más formadas de lo que uno espera cuando el calor y la espera se juntan. Salió el de la ventanilla 22 a poner orden porque la pantalla daba vueltas y los turnos se revolvían. Hay que decirlo: explicó con paciencia y se portó como se debe. No todos. Las que daban los números andaban de malas. Una cuestionaba, se irritaba, decía que ya eran muchos. La verdad no sé en qué le afectaba. Su trabajo es entregar el turno, no interrogarlo. Vi a otras dos mujeres cuya función nunca entendí del todo. Una se metía por una puerta y salía con papeles y turnos que iban a parar a gente llegada después. La otra quería ordenar y lo único que hacía era enredar más, de mala gana y hasta grosera.
Ahí está la impunidad chiquita. No la de los grandes escándalos. La de todos los días. La que no necesita titular. Mientras el Instituto presume plataforma nueva, en la misma oficina conviven dos filas: la que espera el número que le toca y la que se mueve por otro lado. Uno no puede probar lo que no vio por dentro. Pero sí vi la dinámica.
Lo más seco no fue la grosería. Fue la despreocupación. El sistema era problema del Instituto. El plazo, del asegurado. Si el recibo no salía, la respuesta de algunos era casi un encogimiento de hombros: que lo pague el mes que entra, con recargos. Como si no importara de quién había sido la falla. Imagínense nomás la lógica. Usted cumple, acude, lleva sus copias, se forma desde antes del 17, y cuando la máquina institucional no responde, el costo se lo come usted. El IMSS moderniza el cobro y deja intacta la costumbre de no hacerse cargo.
En Monterrey fue el mismo lío. Al final tuve que molestar a un conocido, explicarle la situación, y de pronto —como arte de magia— ya tenía el recibo. Salí corriendo al banco y alcancé apenas antes del cierre. Porque en línea tampoco. El SIPARE, curiosamente, también vive sujeto a los días y horarios del IMSS. ¿Y saben qué es lo que deja ese final? Que el trámite no se resolvió porque el sistema nuevo funcionó. Se resolvió porque alguien le habló a alguien. Esa es la modernización real de muchas ventanillas: el software adelante y la palanca detrás.
Uno sale de ahí con una pregunta que no es de sistemas. Si el Instituto cambia de plataforma, bienvenida sea. Si quiere que cada peso quede identificado, mejor. Pero no se puede pedir puntualidad al ciudadano y desordenarse dos semanas sin un comunicado, sin una prórroga, sin una ventanilla de contingencia. Hay gente buena. El de la 22 lo demostró. También hay quienes siguen ahí como si el que paga puntualmente les estorbara.
La pensión no espera. El recargo tampoco. Lo que debería esperar, y no espera nunca, es que el IMSS asuma su propia falla antes de cobrársela al que sí llegó a tiempo. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


