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Guillermo Robles

El fuero no es chaleco

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

El fuero no es chaleco

Hay palabras que en Coahuila se gastan más de la cuenta. Fuero es una de ellas. La oímos en el mercado, en la cantina, en el pasillo del Palacio de Gobierno y hasta en la banqueta de la Alameda, cuando alguien apunta con el mentón hacia un legislador y murmura que “ese trae fuero”. Como si el cargo viniera con un chaleco que detiene demandas, deudas y vergüenzas. No es así. Nunca debió ser así.

Hace dieciséis años mi padre, Carlos Robles Nava, escribió sobre esto mismo sentado en Saltillo. Ya no está. Quedaron sus libretas y aquella convicción que yo heredé sin pedírsela: el fuero nació para que el diputado subiera a tribuna sin miedo y dijera lo que su distrito no se atreve a gritar. No para que un proveedor de campaña se quedara con la cara larga y el cheque en el aire. En aquel entonces el que lo dijo claro, sin rodeos, fue Fernando de las Fuentes Hernández, presidente de la Junta de Gobierno del Congreso local. Hoy ya no ocupa esa curul. Pasó por San Lázaro, por la alcaldía de Saltillo, por la Secretaría de Gobierno, y el tiempo; como suele pasar en esta tierra, lo cambió de silla. Los de ahora tampoco serán eternos. En junio se votó un Congreso nuevo. En enero toman posesión otros nombres. El argumento, en cambio, sigue parado en la misma esquina.

Fíjense ustedes. El artículo 61 de la Constitución federal sigue diciendo, casi con la misma letra de siempre, que diputados y senadores son inviolables por las opiniones que manifiesten en el desempeño de su cargo. Eso es el núcleo. La voz. Lo demás —el procedimiento para procesarlos si hay delito— es otra cosa y se llama declaración de procedencia. En lo que va de este año el debate nacional volvió a encenderse. La presidenta Claudia Sheinbaum propuso quitar el fuero a legisladores. Hay iniciativas en San Lázaro que quieren dejar en pie solo la inviolabilidad de la palabra y sujetar al diputado al mismo código penal que al resto. Unos gritan que es justicia. Otros, que es trampa para callar a la minoría. Pues la cosa es que el pueblo, el de Torreón y el de Piedras Negras, el de Ramos y el de Acuña, hace rato que dejó de distinguir el matiz. Para mucha gente fuero suena a impunidad con sueldo.

Yo he visto esa confusión de cerca. Hace años, en una plática informal que mi padre contó y que yo después confirmé con gente del Tribunal, dos magistrados que en su momento también fueron diputados locales sostenían que el fuero cubría dentro y fuera del recinto. Uno se aferraba. El otro, y aquí me quedo con la tesis vieja de casa; insistía en que la figura se inventó para llevar a tribuna la queja del barrio, la del ejido, la de la colonia que se inunda cada que cae un nublado sobre Saltillo. No para responderle al acreedor con aquella frase de desvergüenza: hazle como quieras.

Imagínense nomás. En el pasado se sentaron en esas sillas hombres a quienes les gritaban el adeudo de la lona, del sonido, del autobús de la gira, y ellos, con la mano en la cintura, sacaban la palabra fuero como si fuera un amuleto. Eso no es derecho. Es abuso con diccionario. Y el abuso, cuando se repite, termina por pudrir el nombre del cargo.

¿Y saben qué? El Congreso de Coahuila no está muerto. Sigue recibiendo muchachos. El año pasado hubo Parlamento Estudiantil. Este agosto se convocó otra vez al Parlamento Infantil para 2026: niños de primaria escribiendo ensayos, subiendo a un recinto que para ellos todavía huele a serio. Está bien. Que vean la tribuna antes de ver el privilegio. Que alguien les explique, sin discurso de plástico, que representar un distrito no es esconderse detrás de una palabra.

No me vengan con que “siempre ha sido así”. Siempre ha sido mal entendido. El fuero no absuelve el cheque sin fondos, ni el golpe, ni el desvío, ni la amenaza. Si un legislador comete un ilícito civil o penal, la ropa del cargo no lo vuelve intocable. Lo que debe protegerse y esto lo digo con el mismo calor con que lo habría dicho mi padre frente a un café en el centro, es la libertad de decir en voz alta lo que duele en Monclova, en Arteaga, en la frontera. Sin tapujos. Sin miedo al Poder Ejecutivo de turno. Esa es la frontera fina. Del otro lado empieza la farsa.

Este septiembre, con el Grito todavía en la Plaza de Armas y el estado estrenando fama de seguro, conviene no confundir orden con olvido. Dignificar la legislatura no es ponerle más barniz al salón de sesiones. Es dejar de usar el fuero como tapete para no barrer la casa. Quien llegue en enero a esas curules, priísta, morenista, de donde sea; haría bien en aprenderse de memoria la distinción. La tribuna es para hablar. El juzgado es para responder. Si mezclamos las dos, el pueblo termina pagando las dos cuentas.

A mí me queda una pregunta que no se va con el café. Si el fuero se reduce a la palabra y se le quita el escudo procesal, ¿vamos a cuidar de verdad la voz de la minoría o solo vamos a cambiar de dueño el silencio? Piénsenlo. Porque el cargo se acaba. La desconfianza, esa sí, se queda. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org