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Guillermo Robles

Cosecha que castiga 

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

 

Cosecha que castiga 

Hay cosas en esta vida que parecen talladas en piedra. Una de ellas es el eterno calvario del hombre que siembra la tierra aquí en Coahuila. Cuando hay cosecha a montones, el precio se viene al suelo.

Y cuando el precio anda decente, la cosecha se queda en nada. Así de sencillo, así de cruel. La verdad es que uno lo ha visto repetirse una y otra vez, desde los tiempos en que todavía escribía mis primeras notas y también pláticas de mi papá cuando cubría la fuente agropecuaria me tenía muchas anécdotas.

Uno de tantos relatos era precisamente el tema del algodón, ese que en sus años dorados llamaban “el oro blanco” por estas tierras de la Laguna. En sus mejores épocas llegaron a sembrarse hasta 120 mil hectáreas. Era un verdadero tesoro. Enriqueció a más de un productor particular, eso sí. Pero los ejidatarios, los que sudaban la gota gorda desde la madrugada, apenas alcanzaban las migajas.

Los líderes se quedaban con las rebanadas grandes, igual que los inspectores de campo y los funcionarios de aquellos tres bancos oficiales que había entonces: el Banco Ejidal o Banco Rural, el Agrícola y el Agropecuario. Hoy en día ya no se llaman así, claro; se integraron en lo que ahora conocemos como FIRA, el Fideicomiso Instituido en Relación con la Agricultura, pero la historia de siempre sigue igual.

Yo me acuerdo de esos relatos de mi papá y ahora lo comparto como una crónica hace años, de pláticas con viejos “pizcadores”, conocidos así coloquialmente, que se expresaban del “cultivo de luna”. Era la pizca clandestina de noche, a la luz de la linterna, para vender el algodón en el mercado negro y sacar algo más que las sobras oficiales. Antes de que existiera internet, antes de que todo quedara registrado en una pantalla, esa era la forma de sobrevivir.

Pues la cosa es que el gobierno tenía que meterse con precios de garantía para que el productor recuperara siquiera lo invertido. Y eso pasaba cuando la producción estaba por los cielos y el precio por los suelos.

Han pasado más de sesenta años de aquellos tiempos dorados y, el panorama no cambia ni tantito. A los nogaleros del Norte de Coahuila les pasa lo mismo. El pasado año 2025, por ejemplo, la cosecha se cerró hace unas semanas nomás, con precios internacionales decentes alrededor de los 3.85 a 3.90 dólares el punto, según los boletines que circulan entre los productores.

Pero cuando el precio anda bien, como ahora, la producción se resiente por las lluvias de más, las plagas o lo que sea. Y al revés: cuando hay nogal a montones, el precio se derrumba. Es el mismo vaivén de siempre.

Y no crea que los meloneros y sandilleros de la Región Lagunera se salvan. Apenas arrancó la temporada este abril de 2026 y ya están en la calle los primeros camiones, vendiendo en los puestos de Torreón y los alrededores. Generan millones, sí, y dan empleo a más de veinte mil almas, pero la lucha por comercializar es la de siempre. Muchas veces terminan tirando la producción porque les sale mejor que vendérsela a los monopolios de siempre. Imagínese: les ofrecen una miseria, y encima el productor tiene que seleccionar, enrejar y cargar los camiones de su propia bolsa. No hay palabras, ni opiniones al respecto hasta que cualquiera de nosotros viva esa experiencia.

El sureste tampoco se escapa de este laberinto. Los manzaneros de Arteaga, por ejemplo, se frotaban las manos hace poco con la esperanza de una buena cosecha. Pero el precio se derrumba otra vez por la entrada sin freno de la manzana americana. La “gringa”, como le dicen, llega grande, brillosa y barata, aunque la de aquí sea más chiquita y menos presentable… pero mucho más sabrosa, la meritita verdad.

Los consumidores, pues, se van por el precio bajo. Aunque en enero de este 2026 la Secretaría de Economía abrió una investigación antidumping precisamente por las importaciones de Estados Unidos que están hundiendo el mercado nacional. Veremos si algo cambia, pero yo, con los años que tengo, ya no me hago ilusiones tan fáciles.

Por decenas de años, y ¡vaya! mire que ya van más de cincuenta desde que esto empezó a repetirse como disco rayado, los productores coahuilenses solo escuchan promesas. “Vamos a combatir a los intermediarios”, dicen las autoridades. “Ahora sí vamos a organizar a los productores para que logren una buena comercialización”. “Combatiremos a esos voraces coyotes”.

Palabras, puras palabras al viento. Desde el 2010, cuando escribí la primera versión de esta columna después de una larga plática con un ejidatario de Matamoros, hasta este 28 de abril de 2026, el “ahora sí” sigue siendo lo mismo.

He platicado con el productor que se levanta antes del amanecer, que ve cómo su familia depende de que el cielo y el mercado se pongan de acuerdo por una vez. ¿Y la neta, sabe qué le digo?

Es duro o fuerte ver que el que tiene la audacia de sacarle fruto a la tierra termine pagando el eterno pecado de intentarlo. Porque al final, el castigo no es solo económico. Es el cansancio en la mirada, el “pa’ qué le sigo echando ganas” que se escucha en las reuniones de productores cuando ya no hay café ni esperanza.

Y, sin embargo, ahí siguen. Sembrando. Cosechando. Soñando que algún día el vaivén se detenga. Ojalá. Pero mientras, aquí estamos, contando la misma historia con diferentes números y la misma tristeza de fondo. Porque en Coahuila, como en todo el norte, la tierra da… pero el sistema, pues, quita. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org