OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Cultura vial que se nos escapa

Aquí en el centro de Torreón, donde el calor de la Laguna aprieta desde las once de la mañana y los bulevares parecen ríos de fierros y prisa, uno se para en la banqueta y ve lo mismo de siempre. Semáforos que cambian de color, rayitas recién pintadas, agentes con chaleco reflejante… y nadie, o casi nadie, hace caso.
La neta es que se gasta mucho y avanza poco. Eso es lo que duele. Los ayuntamientos de Coahuila les meten lana a señalamientos, a capacitar agentes, a instalar semáforos nuevos, a pintar carriles, a hacer cajones para subir y bajar pasajeros, y hasta a contratar más personal para vigilar las vialidades.
Pero la gente, tanto el que maneja como el que camina, sigue cruzando como si las reglas fueran sugerencias nomás.
Yo he visto esto en Saltillo, con sus mañanas frescas de la Alameda, donde el tráfico se pone bravo en la Juárez; en Monclova, donde el acero y la gente derecha parecen hechos para el orden, pero a la hora de la hora nadie respeta el alto; en Piedras Negras o Acuña, donde la frontera vive su propio ritmo y las prisas se mezclan con el polvo. Y la verdad, uno se pregunta: ¿qué pasa aquí? ¿Por qué tanto esfuerzo municipal se queda en el aire como el humo de los escapes?
Miren, los municipios gastan y gastan. En pintura de líneas, en luces que parpadean, en cursos para los agentes de tránsito y vialidad. Contratan más personal, instalan más cámaras, ponen más letreros. Pero los resultados… pues ahí están. Según las cifras del SESNSP que salieron el pasado abril de 2026, en Coahuila los accidentes viales siguen subiendo: solo en enero y febrero de este año hubo 37 muertos y 299 lesionados. Un aumento del 44 por ciento en fallecidos comparado con el mismo periodo del 25. Y las lesiones subieron 18 por ciento. Todo eso pese a los semáforos, pese a las “rayitas” y pese a los agentes parados en los cruceros.
Porque hay que decir las cosas como son y la verdad tanto el peatón como el conductor no respetan ni madres. Veo peatones cruzando con el semáforo en verde para los coches, sin usar las cebras, zigzagueando entre los autos como si fueran invisibles.
Y conductores que se saltan el alto, que no ceden el paso, que usan el celular mientras manejan como si nada. Los dos lados tienen las mismas obligaciones, pero nadie quiere cumplirlas. Y de nada sirve multar solo al automovilista si al peatón lo dejamos pasar como si fuera dueño de la calle. O al revés.
Y luego están los agentes. La imagen se ha deteriorado tanto que la gente los ve como bultos nada más. Monigotes con uniforme. Los que están en los puntos clave, en las horas pico, a veces distraídos con el celular, otras dormidos dentro de la patrulla con las puertas abiertas para que entre el aire. No imponen respeto.
Y uno entiende que el calor pega duro en Torreón, que el turno es largo, pero… ¿así cómo? De nada sirve tanto reglamento, tanto semáforo, tanta capacitación si los que deben hacer cumplir la ley se quedan ahí parados sin mover un dedo.
Aunque tampoco es justo echarles toda la culpa a los ayuntamientos. La ciudadanía también tiene que meter las manos. En casa, con los chamacos, desde chiquitos. Enseñarles a respetar las señales, a cruzar por donde deben, a no correr entre los coches. Eso ayudaría un chorro.
Yo recuerdo cuando era reportero joven, cubriendo una nota en Ramos Arizpe, y vi a un agente de tránsito hablando con unos niños en la primaria. Les explicaba cómo cruzar seguro, con dibujos y todo. Los chamacos salían encantados, repitiendo las reglas como si fueran un juego. Eso sí pegaba.
Y fíjese que los ayuntamientos sí han intentado retomar esos programas viejos. En Torreón, por ejemplo, en lo que va del 2025 llevaron talleres de educación vial a más de 17 mil estudiantes y casi mil maestros en 81 escuelas. Programas en las prepas, pláticas en primarias, visitas de agentes que explican los básicos: semáforos, cebras, respeto mutuo.
En Saltillo también han reforzado con campañas preventivas. Pero parece que no basta. O no llega a todos. O se olvida rápido cuando los chamacos crecen y ven que los grandes no dan el ejemplo.
La cosa es urgente, irreversible, como dice uno cuando ya no hay de otra. Las autoridades municipales tienen que poner todo el empeño para que los servidores públicos de vialidad cumplan de verdad. Porque de nada sirve el gasto si los agentes siguen siendo simples adornos. Y la ciudadanía, por su lado, debe entender que no es solo cosa del gobierno. Es compromiso de todos.
En Arteaga, con sus sierras frescas, o en la Laguna polvorienta, la vialidad no es un lujo. Es vida diaria. Cruzar la calle, ir al trabajo, llevar a los hijos a la escuela… todo eso se juega en cada semáforo.
Yo no sé ustedes, pero a mí me da vueltas en la cabeza. Hay que considerar tanto dinero en pintura, en luces, en sueldos… y seguimos con los mismos problemas de siempre. Los peatones invadiendo, los conductores imprudentes, los agentes distraídos. ¿Y sabe qué? A veces uno siente que la cultura vial no se compra con presupuesto. Se siembra en casa, se refuerza en la escuela y se exige en la calle. De lo contrario, seguiremos gastando mucho y avanzando… pues nada.
La verdad, yo he platicado esto en muchas cantinas de Monclova y en cafés de Saltillo. La gente asiente, cuenta su historia de un casi-accidente, se queja del agente que no hizo nada. Pero luego cada uno sigue igual. Y mientras, los números de muertos y heridos no bajan. Por eso hay que insistir. Que los ayuntamientos no aflojen en los programas escolares. Que los agentes dejen el celular y hagan su trabajo. Que en cada casa se hable de respeto vial como se habla de no tirar basura. Porque al final, la vialidad segura no es solo rayitas en el asfalto. Es respeto entre fierros y personas. Y eso, lectores, todavía nos falta aprenderlo en el norte. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) ww.intersip.org

