OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Impunidad: el socio silencioso de las manos largas

Uno anda por estos rumbos, platicando con la gente en los portales del centro de Saltillo o esperando un trámite en alguna oficina de Ramos Arizpe, y tarde o temprano cae la plática de cómo se mueven las cosas cuando hay poder de por medio.
No es que uno ande con lupa buscando lo malo, pero después de tantos años metido en el periodismo, reportando por Torreón, Monclova, Piedras Negras y por acá mismo, una se da cuenta de que la tentación siempre está presente. El poder atrae, y quien lo tiene a veces decide usarlo para lo que debe o decide estirar la mano. Esa distinción la hace la gente de a pie, no los discursos.
La corrupción no es un invento mexicano ni un estigma que solo nos cargamos nosotros. Está en todas partes. Unos países la tienen más atada, casi como si fuera una rareza que apenas aparece. Otros la llevan como un lastre que frena todo. Y hay sitios donde ya forma parte del paisaje diario, que nadie se escandaliza.
México anda en un lugar intermedio, según las mediciones que sacan allá afuera. Hace unos meses, cuando Transparencia Internacional publicó su índice del año pasado, a nuestro país le dieron 27 de cien. Un puntito más que el anterior, pero todavía lejos de donde quisiéramos. Países como Dinamarca o Finlandia andan por los ochenta y más, y ni ellos presumen que ya la borraron del mapa. Nadie lo hace del todo.
Lo ideal sería que ni se pensara en eso. Pero el ser humano es el ser humano, es decir, no somos perfectos. Cuando hay margen para decidir sobre recursos, contratos o permisos, siempre aparece alguien que se tienta. Lo he visto desde que empecé a caminar reporteril por el norte, y sigo viéndolo. Lo que sí es cierto, y lo repito porque lo he comprobado mil veces, es que no todos somos iguales. La gran mayoría se levanta, trabaja, cuida lo suyo y ni se mete en cosas raras. Lo mismo pasa en el gobierno. Hay quien llega a un cargo y lo toma como un servicio. Hay quien lo ve como oportunidad. Y los segundos son los que dejan huella, aunque sean menos.
Fíjense ustedes cómo pasa en lo cotidiano. Uno va a sacar un permiso en Arteaga o en una dependencia de Saltillo y a veces te atiende alguien que te explica paso por paso, que hasta te avisa si hay algún atajo legal que no te complique la vida. Otras veces topas con el que te mira de reojo y te hace sentir que “se puede arreglar”. No son todos así, por supuesto. Pero los que sí, esos marcan. En el norte lo notamos más porque aquí las distancias son cortas y las caras se repiten.
Una obra pública que se retrasa sin explicación clara, un contrato que parece escrito para una sola empresa, un alumbrado que tarda años en llegar a una colonia. No siempre es el escándalo grande que sale en los noticieros nacionales. Muchas veces es la cosa chiquita, la de todos los días, la que va gastando la confianza poco a poco.
La cosa es que yo he visto contrastes que se te quedan grabados. Recuerdo una ocasión, hace ya varios años, cubriendo un asunto de obras en la zona fronteriza de Coahuila, por allá cerca de Acuña. Había un funcionario local al que le quisieron “facilitar” unos papeles con un detalle. Dijo que no, que las reglas eran las reglas. Después le complicaron la vida de mil maneras: le retrasaron sus propios trámites, le pusieron observaciones donde antes no había nada. Al lado de él, otro que sí aceptó el “detalle” y todo le salió más rápido. Esos casos no se olvidan porque al final no es teoría. Es gente concreta tomando decisiones concretas que afectan a otros.
Y eso pasa en cualquier nivel. Federal, estatal, municipal. En Coahuila hemos tenido de todo, como en cualquier otro estado. Lo que cambia es cómo se disfraza. A veces viene envuelto en “gestión eficiente” o en “prioridades del desarrollo”. Otras veces es más directo. La gente del norte, que es más llana y menos dada a rodeos, suele pillarlo rápido. No somos tontos. Sabemos cuándo alguien está sirviendo y cuándo está sirviéndose. Lo vemos en las colonias, en las carreteras, en las licitaciones que tardan o que aparecen de la nada.
Lo que más me sigue preocupando, y lo sigo viendo, es la impunidad. Si no hay consecuencias reales, ¿para qué va a cambiar alguien que ya está en posición de aprovecharse? Los discursos sobran. Programas también aparecen cada rato. El año pasado salió ese programa sectorial federal de anticorrupción y buen gobierno que va hasta 2030. Uno quiere creer que algo sirva, que no sea solo letra bonita. Pero la experiencia te enseña a ser cauto. Los papeles no bastan si después no hay seguimiento, auditorías que duelen de verdad y castigos que se cumplan. Sin eso, todo queda en intención.
¿Y saben qué es lo más triste? Que mientras unos pocos se benefician, siempre pagan los mismos: la gente común. El que necesita que su hijo vaya a una escuela decente en Monclova, el que tramita un permiso para abrir un pequeño negocio en Piedras Negras o en Saltillo, el que espera que le arreglen el alumbrado de su calle en alguna colonia de Torreón. Esos no tienen tiempo ni ganas de andar en juegos de poder. Solo quieren que las instituciones funcionen para lo que fueron hechas.
No se trata de pintar todo negro ni de defender lo indefendible. Los números siguen mostrando que México tiene problemas serios en esto. Pero tampoco se trata de decir que todo está perdido. Porque si uno presta atención, encuentra también a los que hacen las cosas bien. Funcionarios que se jubilan sin haber tocado lo que no es suyo. Gente que denuncia cuando ve algo raro, aunque le cueste. Ciudadanos que se organizan y exigen cuentas. Esos existen. Y son más de los que a veces uno cree cuando lee las noticias.
Al final, la corrupción no es un destino inevitable. Es una decisión de cada quien. Del que está arriba y decide no abusar. Del que está abajo y decide no callar cuando ve algo mal. Del que puede aprovecharse y prefiere no hacerlo. En el norte de Coahuila, donde la vida es más directa y las palabras pesan, uno aprende rápido a distinguir quién trae las manos limpias y quién ya las trae largas. Esa distinción parece pequeña, pero es la que al final decide si seguimos igual o si empezamos a cambiar de verdad.
Porque si algo he aprendido en todos estos años es que los países no cambian por decreto ni por programas bonitos. Cambian cuando la gente, una por una, decide que ya no quiere seguir tolerando lo mismo. Y esa decisión empieza en lo cotidiano: en cómo exigimos, en cómo denunciamos, en cómo votamos y en cómo nos negamos a ser parte del arreglo. El norte lo sabe. Solo falta que lo recordemos más seguido. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


