OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Fierro viejo que nos roba el paso

Uno anda por las avenidas de Torreón o por las del centro de Saltillo y de pronto se topa con lo mismo de siempre. Un carro viejo, una vagoneta oxidada o una pick-up que ya no se mueve desde quién sabe cuándo. Fíjense ustedes cómo esas unidades motrices chatarra se han ido apoderando de las calles en Monclova, Piedras Negras, Ciudad Acuña, Sabinas y hasta por Ramos Arizpe. Se convierten en estacionamientos particulares y le quitan espacio a todo el mundo. Pues la cosa es que esto no es de ayer. Viene de años y años, y las autoridades parecen no verlo o no querer meterle mano de verdad.
La verdad, yo he visto esas chatarras paradas frente a las casas como si fueran parte del paisaje. El dueño las deja ahí porque ya no sirven o porque no tiene dónde guardarlas, y se quedan para siempre. No es un rato. No es mientras se consigue un solar. Es definitivo. En Torreón y en Saltillo, que es donde más se nota el problema, hay unidades que llevan diez, quince años en el mismo lugar. Imagínense ustedes el calor de la Laguna lamiéndoles la carrocería y el polvo de Saltillo cubriéndolas como si fueran monumentos a la desidia.
Y no es sólo cuestión de imagen. Esas chatarras se vuelven guaridas de malvivientes, de viciosos, de quien anda buscando dónde esconderse. También se llenan de agua cuando llueve y se convierten en criaderos de mosquitos. En estos tiempos de lluvias, cuando el agua se encharca, el dengue no perdona. Sabe a qué me refiero. Uno camina por la banqueta y tiene que rodear el fierro viejo porque el dueño decidió que la calle es suya.
Para los ayuntamientos el asunto se complica. Hace falta un terreno baldío suficientemente grande para llevarse toda esa chatarra, y eso cuesta. Arrendar o comprar un predio no es barato. Pero se puede. En Ciudad Acuña, cuando empezó su administración en el periodo 2010-2013, el licenciado Alberto Aguirre Villarreal, se puso a limpiar. Empezó por las colonias de la periferia y fue retirando unidades en desuso. Más de quinientas sacaron de las calles.
El método fue sencillo y claro. Primero mandaban oficios a los dueños exhortándolos a que buscaran dónde llevar su chatarra. Les daban cinco días. Si no hacían caso, el municipio actuaba y se llevaba el vehículo a terrenos municipales. Muchos acuñenses respondieron. Unos vendieron el fierro viejo, otros rentaron un lote baldío para guardarlo por si algún día lo reparaban. ¡Qué bárbaro, oiga! Así de simple.
Eso es lo que se necesita imitar. Porque el problema se ha generalizado por años y años. Hay quienes toman las calles como propias y se olvidan de que son de todos. Hay reglas que respetar. Todo se puede cuando se quiere y se sabe hacer. Esa fue la filosofía del edil Alberto Aguirre Villarreal en sus acciones. Fíjese nomás qué cosa: con voluntad y orden se despeja lo que estaba atorado. Las calles volvieron a ser de quien las camina, no de quien las abandona. Sin embargo, como todo entran nuevas administraciones municipales y pierde la continuidad y ahora todo regresó al desorden y aparecieron nuevamente esas chatarras.
Uno se pregunta, caminando por la Alameda de Saltillo en una mañana fresca, cuánto más vamos a esperar para que otros municipios hagan lo mismo que alguna vez hizo en el pasado Acuña. Porque mientras la chatarra siga ahí, quieta, oxidándose, la ciudad se va achicando para los que sí la usamos todos los días. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


