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Guillermo Robles

Ni gota, aunque se muera de sed

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Ni gota, aunque se muera de sed

Fíjense ustedes cómo andan las cosas por estas tierras del norte. Uno se sienta en la banca de la Alameda o frente al escritorio con el café todavía humeando y se pregunta hasta dónde hemos llegado con la desconfianza. Yo, que llevo más de tres décadas y media, escuchando historias de la gente de Torreón, Monclova, Piedras Negras y aquí en Saltillo, les confieso que a veces me cuesta trabajo creer lo que se vive en una noche cualquiera. Pues la cosa es que ya no se puede abrir la puerta así nomás, ni aunque el que llame diga que se le calentó el radiador y traiga cara de muchacho decente.

Hace poco, por allá del centro de Saltillo, un grupo de chamacas pasaba una de esas noches calurosas de agosto, de las que todavía nos regala este 2026, platicando anécdotas, riendo bajito, como se hacía antes cuando la confianza no pesaba tanto. Pasadas las doce, alguien tocó. Extrañó, claro. Pero el morbo y esa curiosidad que todavía nos queda a los coahuilenses pudo más. Se asomaron por la ventana y vieron a un joven bien plantado, de bigote respetable, vestido como para ir a una reunión, no a un atraco. Pedía una tina de agua para la camioneta, una Lobo reciente, decía que se le había calentado el motor y no quería dejarla tirada. Las muchachas, piadosas como la Martha de los cuentos, abrieron.

Tres pasos adentro y el individuo sacó el arma. Las bajó del macho, les quitó lo que traían: unos pesos, los celulares, lo que hubiera a la mano. Luego se largó en la misma pickup que, según él, necesitaba agua. Amargada la noche, las chavas se quedaron maldiciendo su buena voluntad. Imagínense nomás. Y no es caso aislado. Yo he visto en mis años de reportero cómo cambian las argucias, pero el fondo sigue igual. Antes era el pretexto del radiador o la sed del gallo. Ahora, en estos tiempos, los amantes de lo ajeno se han puesto más elaborados: fingen ser repartidores de esas aplicaciones que todos usamos, se hacen pasar por trabajadores que van a revisar algo, o hasta usan el teléfono para crear urgencias falsas. Pero el truco de siempre, pedir ayuda con voz suave, todavía funciona cuando uno baja la guardia.

Dicen por ahí que la burra no era arisca, sino que la hicieron. Y tienen razón. Con tantos atracos que se cometen, desde el más sencillo hasta el preparado con lujo de detalle, la gente del norte ha aprendido a cerrar no solo la puerta, sino un poco el corazón. Fíjense: en Saltillo, aunque las cifras oficiales digan que la percepción de inseguridad bajó y que somos de las capitales más tranquilas del país, todavía se escuchan historias de robos a casa habitación en colonias como las del sur o por Ramos Arizpe. Bandas que entran de noche, aprovechan cualquier descuido. Y uno se pregunta… ¿qué tanto hemos perdido de aquella humanidad que nos caracterizaba?

La verdad yo he visto, caminando por las calles del centro o por Arteaga, a gente tirada pidiendo auxilio y a los demás rodeándola con cuidado para no tropezar, como si el cuerpo ajeno fuera un obstáculo más del camino. Eso duele. Nos estamos deshumanizando, sí, y no desde ayer. Desde hace años llegó a las grandes ciudades y se quedó. Lo que antes nos removía el pecho, ahora es cotidiano. Por eso, aunque suene duro, más vale hacerse el sordo. No dar ni tantita agua, ni al que se muera de sed, ni al gallo de la pasión que tanto se invoca en estos calores. Porque el que pide con amabilidad puede ser el mismo que después saca el fierro.

Sabe a qué me refiero. En Piedras Negras, en Acuña, en Monclova, la misma historia se repite con variantes. Un desconocido que toca de noche, una historia creíble, y adentro el desastre. Las autoridades capturan a unos cuantos, bajan las carpetas de investigación en algunos rubros, pero los métodos se sofisticaron. Ya no basta con mirar por la ventana: ahora hay que pensar dos veces antes de responder un mensaje o abrir a quien dice traer un paquete. Mujer precavida vale por dos, y hombre también. No se trata de volvernos duros de piedra, sino de sobrevivir sin regalarle la entrada al que viene con malas intenciones.

No estoy diciendo que dejemos de ser solidarios del todo. Pero en la práctica, cuando suena el toquido a deshora, mejor fingir que no se oyó. Las chavas del centro aprendieron la lección a costa de una noche amarga. Y nosotros, los que leemos y escuchamos estas cosas desde hace décadas, tenemos la obligación de recordarlo. Porque la deshumanización no solo viene de los rateros: también nace cuando la precaución se convierte en indiferencia total. El equilibrio es difícil, lo sé. Pero mientras el que pide agua pueda ser el limosnero con garrote, más vale guardar la tina adentro y la puerta bien cerrada.

Al final, uno se queda pensando bajo los árboles de la Alameda: ¿hasta cuándo vamos a vivir así, midiendo cada gesto de ayuda? La respuesta no la tengo clara, pero sí sé que la confianza ciega ya no cabe en estos tiempos. Mejor prevenir que lamentar, aunque duela un poco el alma. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org